UNA GOTITA DE ROCÍO QUE SE OCULTA EN EL CÁLIZ DE UNA FLOR

Jesús Martí Ballester

 

Cada santo ha dejado en la tierra una estela de luz, que le ha llevado a la comunión con Dios. No hay dos santos clonados, ni dos caminos iguales. Cada santo ha vivido la Vida divina de una manera, porque cada persona tiene su carácter particular, pues la gracia no destruye las propiedades naturales. Y cuando relata su itinerario, cada uno describe el camino que él ha seguido, como una variedad más. Santa Teresita sufrió una verdadera crisis cuando trató de elegir su vocación específica, porque su ambición era inmensa: quería ser guerrero, sacerdote, apóstol, misionero, profeta, doctor, mártir... El ardor la consumía. Tomó las cartas de San Pablo y leyó los capítulos 12 y 13 de la Carta a los Corintios. Yo os enseñaré un camino mejor: “el amor”. Había encontrado su vocación: En el cuerpo de su Madre la Iglesia, será el corazón. Sin el corazón no funciona ningún miembro. Siendo el corazón, la que quiere reunir todas las vocaciones, lo va a conseguir porque infundirá amor en todos. Yo ayudaré, a los sacerdotes, a los misioneros, a los doctores, a los mártires, a todos. Pero ¿con que modalidad vivirá ese amor? Con un modo muy sencillo, como su propio carácter; un camino que fuera reflejo de su espíritu, y orientación para otras almas semejantes a la suya.

Por el caminito de infancia espiritual, que es tan específico como su alma. Su pensamiento se inspiró en el convencimiento de que no todos los caminos son buenos para todas las almas. Al comenzar su vida espiritual, se encontró con una multitud de sendas, pero advirtió que ninguna resultaba a propósito para su espíritu, porque: “Eran caminos demasiado perfectos para mi alma”. Y volviéndose a Jesús, le dijo que su deseo era llegar a la cumbre de la montaña del amor. Que la condujese por donde fuera su gusto, pues a ella no le importaba la aspereza del camino con tal de llegar al término. Esta actitud entraña el secreto de su caminito de infancia espiritual. No escoge ningún camino determinado, y, en eso mismo marca el camino del abandono en los brazos de Dios, en el que predomina el abandono y la confianza, que tiene una ventaja sobre todos los demás, pues lo reduce al elemento esencial de toda santidad. Se entregó a Jesús para que la llevara por donde Él quiera, sin importarle que el camino fuera lleno de claridades o de túneles tenebrosos. Por eso, cuando anduvo por medio de oscuridades espirituales, que no la permitían saber donde se encontraba, si adelantaba o retrocedía, caminaba con la misma seguridad que si se viese conducida entre claridades divinas. En este estado de confianza plena en Dios el alma no necesita ver ni sentir nada para tener la más absoluta certeza de que va bien, sabiendo que va en los brazos de Dios. Se llama caminito porque prescinde de los caminos extraordinarios, y demuestra el estado de infancia ante Dios y porque es corto en cuanto renuncia a distancias que se pueden medir. No es caminito porque es el que recorren las personas imperfectas. Y su carisma será enseñar su caminito: “Presiento que voy a entrar en el descanso, pero sobre todo presiento que mi misión va a comenzar: la misión de hacer amar a Dios como yo le amo, de entregar mi caminito a las almas”.

 

El caminito de Teresa es el primer mandamiento cumplido con toda verdad.

Tras la anestesia puedes cortar lo que quieras. El amor de Dios adormece los apetitos. Ella nos cuenta que cuando ve a su Dios mendigo de amor no lo puede resistir. El crucifijo del patio le mendiga sacrificios. Pero su amor es tan delicado que quiere ser “imitación de la humilde violeta, que derrama su aroma sin que las criaturas sepan de dónde viene el perfume. Lo ha aprendido en su Maestro y consanguíneo, San Juan de la Cruz. Para no afligirle no llorará delante de Dios. “¿Llorar delante de Dios? No, para no entristecerle”. Por lo mismo sonreirá durante las disciplinas. Quiere coger a Jesús por el Corazón. Si un niño se echa al cuello de su madre... todo lo consigue. Y esto vale para todos, aunque fuera una gran pecadora como Magdalena o el buen ladrón.

 

Santa Teresa del Niño Jesús y las necesidades de nuestro tiempo.

El Papa Pablo VI, en carta dirigida al obispo de Bayeux - Lisieux, con motivo del Centenario del nacimiento de santa Teresa, quiso que el mensaje de la Santa de Lisieux, fuera expuesto de acuerdo con las necesidades espirituales de nuestro tiempo. “Formulando estos votos con un corazón ardiente, os alentamos, querido hermano en el Episcopado, a emplear todos los medios para que el mensaje de la Santa de Lisieux sea expuesto nuevamente, meditado, profundizado, de acuerdo con las necesidades de nuestro tiempo...” (Ecclesia, 20 enero 1973, pág. 11). Las necesidades de nuestro tiempo... unos se secularizan porque no encuentran aún bastante clara la identidad del sacerdocio... Otros apenas si tienen tiempo para las pequeñas tareas sin brillo, pensando que son ellos los que forjan la historia de la Iglesia... Otros, en busca de novedades, resucitan errores ya viejos en la historia multisecular de la Iglesia... Las necesidades de nuestro tiempo... Lo que está necesitando la Iglesia de hoy es el programa que Teresa del Niño Jesús nos propone: su caminito de infancia espiritual. A lo que menos nos resignamos es a ser niños. Ya somos muy mayores. Y se proclamará con voz ahuecada llena de soberbia que hemos llegado a la mayoría de edad. Con tanto como hoy se sabe... Con las cumbres tan altas que ha alcanzado a estas horas la inteligencia del hombre... hacernos niños... Y sin embargo Jesús nos dice: “Si no os hiciereis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18,3). Pero hacernos niños supone dar un golpe mortal a la soberbia en que se está destruyendo la vida humana. Dar valor a las cosas pequeñas. Porque no son las cosas las que tienen valor sino el amor con que están vivificadas. Dios no necesita nuestras deslumbrantes obras, nuestras retóricas huecas... Lo que Dios busca es nuestro amor. Y el amor puro puede vivificarlo todo: desde las recepciones de un Jefe de Estado hasta la acción tan trivial de pelar patatas en la cocina. He ahí las necesidades de nuestro tiempo.

Esta es la llaga que con dedo certero señaló el Papa Pablo VI cuando pidió “que el mensaje de santa Teresa fuera propuesto de acuerdo con las necesidades de nuestro tiempo”. Es el amor por lo pequeño, el cuidado de lo más opaco, la atención a las cosas más insignificantes, que son las que constituyen en mayor número la vida humana, lo que hay que hacer y además, hacerlo por amor de Dios. En eso es maestra Santa Teresa.

 

Santa Teresa del Niño Jesús, naturaleza tímida, y sus circunstancias.

Es muy joven, vive en un claustro, bajo una Regla, limitada para realizar acciones grandes. A ella no parece que le convenía un camino de penitencias corporales extraordinarias, ni siquiera de grandes obras externas. Cada persona ha de florecer en el lugar y clima en que está plantada. Hoy vemos a un Juan Pablo II, ya anciano, desbordado de actos multitudinarios. Y lo hemos visto durante casi 23 años derrochando todavía mayor dinamismo. El sintió vocación de carmelita descalzo y lleva el escapulario desde sus años de juventud. Antes de entrar al seminario, siendo estudiante universitario en Cracovia, pensó seriamente en entrar en el Carmelo, tras leer las obras de San Juan de la Cruz. Sus escritos místicos le apasionaron hasta el punto de que en ellos basó su tesis doctoral de teología, defendida ante la Universidad Pontificia de Santo Tomás, Angelicum, en Roma. El Cardenal Sapieha, su Arzobispo de Cracovia, desvió su vocación. Si hubiera seguido aquel camino, su vida y su trayectoria habrían sido muy diferentes. Teresa de Jesús, la Madre Fundadora del Carmelo de Teresita, siguió una senda muy distinta de la de su hija. Cada uno en su lugar ha de echar las flores de acuerdo con sus circunstancias, cualidades y talentos. Teresita sólo pedía unos brazos divinos que la llevaran a las cumbres de la montaña del amor. Se acaba de descubrir el ascensor, y ella quiere utilizarlo. Intuye que Jesús, con cualidades infinitas, tiene dos grandes lunares: no sabe cálculo y está ciego. Una señora confiaba a su confesor que tenía revelaciones, éste que no las creía, le sometió a una prueba: Si dices que hablas con Jesús, pídele que te revele algún pecado mío, y te creeré. Acudió a Jesús con el encargo, quien contestó: ¿Un pecado del padre? No recuerdo ninguno.

 

Teresita procede según el carácter infantil de que hablaba Jesús en su Evangelio, el caminito de infancia espiritual.

Su vida se desliza uniforme casi monótona, por claustros, celdas y oficinas. Por la mañana trabaja en la ropería; barre la escalera y el dormitorio. Por la tarde sale a arrancar hierbas en la huerta. Se encarga del comedor: prepara el pan, sirve el agua, distribuye la cerveza entre las hermanas. La nombraron sacristana y con gozo manejaba los vasos sagrados. A veces pinta o escribe poesías. Nada extraordinario. Dada su debilidad de enferma no puede seguir todos los actos de comunidad ni practicar las penitencias de la Orden; y, sin embargo, avanza velozmente hacia la santidad. ¿Cómo? Haciendo actos extraordinariamente pequeños pero vivificados por un amor purísimo. Ese es el secreto de su vida espiritual. Ese amor, que es, a la vez, confianza filial y desprendimiento de sí misma, es el ascensor divino, que la eleva, sin esfuerzo aparente, hasta los brazos de Dios. Este es el caminito suyo, el de su infancia espiritual; programa de vida para las almas pequeñitas a los ojos de los hombres; nuevo sistema espiritual, en el que han desaparecido los métodos complicados; santidad ingenua, sin matemáticas y sin alardes. Es la pura doctrina evangélica, despojada de todo aquello con que la habían ido recubriendo los hombres.

Una noche al salir del coro para ir a la celda se encuentra sor Teresa con que su linterna no está en el anaquel. Alguien se la llevó equivocadamente. ¿Irá a reclamarla? Si no lo hace tendrá que estar en la celda a oscuras una hora. Y sin poder trabajar, hoy precisamente que tenía mucho trabajo. Teresa calla. Se va a oscuras a la celda, y a oscuras se pasa una hora, ofreciendo gustosa aquella privación que ocasiona la pobreza. ¿Veis por qué he dicho antes que el Papa señaló con dedo certero las necesidades de nuestro tiempo? Cualquier joven de hoy creerá que así no se realiza, que es hora de protestar y de contestar. La contestación tan en moda, no entra en el camino sencillo, pero arduo, de la infancia espiritual.

Durante la oración de comunidad en el coro, al lado de Teresa una hermana hace ruido molesto y persistente moviendo su rosario grande. Teresa, que tiene un oído finísimo, afinado aún más por su misma enfermedad, se siente muy molesta. Ha sentido muchas veces el impulso de volver la cabeza para llamar la atención a la hermana del ruido, pero se ha dominado pensando que sufrir aquello por amor de Dios y del prójimo, es mejor que gozar de un místico recogimiento y se vence, aunque la violencia que tiene que hacerse le hace sudar copiosamente. Y en vez de taparse los oídos, los aplica al ruido desagradable con el mismo interés que si escucharía un concierto delicioso.

Otro día está en el lavadero. Frente a sor Teresa, que lava ropa, una hermana le salpica la cara con agua sucia de pañuelos. Siente un primer impulso de alejarse limpiándose la cara, como una manera de advertir a la hermanita su faena. Pero, no; aquellas gotas que son de agua sucia para el cuerpo, pueden convertirse en perlas para el alma, Teresa aguanta la aspersión con rostro sereno, y hasta con espíritu gozoso, mientras el natural siente la repulsa de aquella rociada desagradable.

 

Algunos se resignan con pasividad; otros se encierran en su egoísmo o en el goce inmediato; otros se endurecen o se rebelan; otros, se desesperan.

A unos y a otros Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz enseña a no contar con solas sus fuerzas, ya se trate de la virtud o de la limitación, sino con el amor misterioso de Cristo, el cual es mayor que nuestro corazón, y nos asocia a la ofrenda de su Pasión y al dinamismo de su vida. ¡Ojalá pueda ella enseñar a todos el “pequeño camino real” del espíritu de infancia, que es justamente todo lo contrario de la puerilidad, de la tristeza! Crueles pruebas de familia, escrúpulos, temores y otras dificultades, incluso parecía que iban a ser capaces de impedir su perfección; la enfermedad no perdonó su juventud; y lo más duro: tuvo que experimentar profundamente la noche de la fe. Y Dios le hizo encontrar en el fondo mismo de esa noche, el abandono y el valor, la paciencia y la alegría, en una palabra, la verdadera libertad (Pablo VI).

 

¿Su vida va a gozar de menor eficacia?

Nosotros medimos las cosas por su realidad física o por su trascendencia moral o social. Creemos que el esfuerzo realizado debe ser el principio que dé eficacia a la obra. Esto es lo que ocurre en el orden puramente natural. Porque en este orden es nuestro esfuerzo la causa total de la obra, y como el efecto no puede tener mas virtualidad que la que recibe de su causa, la obra realizada no puede tener más eficacia que el esfuerzo con que la hemos realizado. En el orden sobrenatural cambia el aspecto de la cuestión. Y no es que en este orden deje de ser verdadero el principio filosófico de que el efecto no puede exceder la virtualidad de su causa sino porque aquí interviene Dios, que suma su acción a la nuestra. Y entonces el mérito y la importancia de la obra no hay que medirla por nuestro esfuerzo, ni mucho menos por su realidad física, sino por la virtualidad que Dios quiera comunicarla. Los cincuenta céntimos de la viuda pobre del evangelio fueron considerados como más meritorios que las enormes cantidades de los que tenía mayor poder adquisitivo que el de la pobrecita viuda, llena de amor generoso. ¿Obras grandes u obras pequeñas? ¿Qué mas le da a Dios? El no necesita nada: “No aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños, pues las fieras de la selva son mías y hay miles de bestias en mis montes; conozco todos los pájaros del cielo... Si tuviera hambre, no te lo diría, pues el orbe y cuanto lo llena es mío. ¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de cabritos?...” (Sal 49). Cada obra producirá el efecto que él quiera, sin que lo estorbe ni la insignificancia del instrumento, ni la adversidad de las circunstancias, ni la mala voluntad de los hombres. El euro del pobre depositado en el tesoro público queda potenciado por esa riqueza. Sumado el amor de la persona humana que levanta un sobre del suelo por amor; mejor dicho, absorbido este pequeño esfuerzo del niño o del adulto, hecho niño evangélico, en el océano siempre activo de la omnipotencia divina, adquiere valor infinito.

 

“Somos una gotita de rocío”.

Así se lo escribía Santa Teresita a su hermana Celina: “Somos como una gotita de rocío que se oculta en el cáliz de la flor de los campos. Desconocidas de todos, no debemos envidiar ni siquiera al claro arroyuelo que serpentea por la pradera. Es verdad que su murmullo es muy dulce; pero, además de que por eso mismo no puede permanecer oculto, el arroyuelo no cabe en el cáliz de la Flor de los campos... ¿Es necesario ser tan pequeño para poder acercarse a Jesús...? Se dirá que el arroyuelo es más útil que la gota de rocío, la cual no sirve más que para refrescar un instante la frágil corola de una flor silvestre. Esto es ignorar la causa del mérito de las obras. Jesús no tiene necesidad de nuestras obras brillantes ni de nuestros pensamientos sublimes; si él quisiera concepciones elevadas, ¿no tiene sus ángeles, cuya ciencia sobrepasa infinitamente la de los más grandes genios de este mundo? No es, pues, ni la grandiosidad de las obras ni los talentos lo que Jesús quiere y aprecia. No pide más que una gotita de rocío que durante la noche de esta vida permanezca oculta en Él, en el cáliz de la Flor de los campos”.

 

Sublime concepción del valor real de las obras de los hombres.

Sublime y consoladora. Porque, ¿qué seria de tantas pobres criaturas imposibilitadas para realizar obras brillantes, que tienen que pasarse la vida tendidas en su cama, o envueltas en la oscuridad de un oficio ingrato y repugnante? Si el mérito de las obras se basara en las apariencias brillantes, Dios habría sido injusto. Infinidad de criaturas estarían condenadas a la desesperación. Pero Santa Teresita pone una condición para que las obras más insignificantes tengan ese mérito: el que estén hechas en Cristo, con Cristo y por Cristo. “Sin Mí no podéis hacer nada”. Sin Dios, las acciones humanas valdrán sólo lo que tengan de apariencia; porque como la razón de ese otro mérito es Dios, si se prescinde de Él, la obra se quedará en su raquítico valor natural. Y eso ¿para qué lo quiere Dios? En cambio, la obra realizada por Dios y para Dios, por muy insignificante que sea en el orden natural, unida a la virtualidad de Dios, tiene toda la dignidad y toda la trascendencia de una obra de Dios. Esa trascendencia no llegará a aparecer nunca a los ojos de los hombres en esta vida; pero algún día se manifestará, y entonces veremos cómo los grandes acontecimientos sociales, los grandes descubrimientos e inventos, han sido causados por una multitud de obras de almas pequeñas, más que por las grandes hazañas de los héroes y de los científicos, de los grandes estrategas y de los descubridores. Incluso en el orden físico, un ascua ardiente es capaz de producir un incendio voraz. ¿No estará el secreto de la esterilidad de tantos actos multiplicados en la escasez de ascuas de amor?