CARTAS

 

Cta 9

Parece que cuando Paulina era pequeña y se excusaba ante mi tía de Le Mans, ésta le decía: “Tantos agujeros, tantas clavijas”, pero yo soy todavía mucho peor. Por eso, quiero corregirme y en cada agujerito poner una linda florecita que ofreceré al Niño Jesús para prepararme para la primera comunión. ¿Verdad, querida Madre, que usted pedirá eso a Dios para mí? Sí, ese hermoso momento llegará muy pronto, y cuando el Niño Jesús venga a mi corazón, ¡qué feliz me sentiré de tener tantas flores hermosas para ofrecerle!

 

Cta 34

¡Encomiéndame mucho a Dios! Puesto que Monseñor no quiere, no me queda más remedio que hablar al Papa; pero no sé si podré hacerlo. Tendrá que ser el Niño Jesús quien se encargue de disponer las cosas de tal forma, que su pelotita no tenga que hacer más que rodar adonde él quiera.

 

Cta 36

Yo soy la pelotita del Niño Jesús; si él quiere romper su juguete, es muy dueño de hacerlo. Sí, acepto todo lo que él quiera.

 

Cta 49

Tú que eres un águila llamada a cernerte en las alturas y a clavar tu mirada fijamente en el sol, reza por esta cañita tan débil que está en el fondo del valle; el menor soplo la hace doblarse.

Pide que tu hijita sea siempre un granito de arena muy oscuro y muy escondido a los ojos de todos, que sólo Jesús pueda verlo. Que se haga cada vez más pequeño, que se vea reducido a nada.

 

Cta 54

El grano de arena, a pesar de su pequeñez, quiere construirse hermosas eternidades, y quiere construirlas también para las almas de los pecadores; pero, ¡ay!, todavía no es lo bastante pequeño ni suficientemente insignificante.

¡Sólo Jesús! Nada más que él. El grano de arena es tan pequeño, que si quisiese meter en su corazón a alguien que no sea Él, ya no habría sitio para Jesús...

 

Cta 74

¡Él me acribilla a alfilerazos, la pobre pelotita ya no puede más, por todas partes está llena de agujeros que le hacen sufrir más que si sólo tuviera uno grande...! Al lado de Jesús, nada, ¡sequedad...!, ¡sueño...! ¡Pero al menos, hay silencio...! El silencio hace bien al alma... Pero las criaturas, ¡ay, las criaturas...! ¡La pelotita se estremece a su contacto...!

¡Comprende a este juguetito de Jesús...! Cuando es él, el dulce amigo, quien pincha a su pelota, el sufrimiento no es sino dulzura, ¡es tan dulce su mano...! Pero las criaturas... Las que me rodean son muy buenas, pero hay en ellas un no sé qué que me repele... No sé explicártelo, comprende tú a esta tu pobre alma. Sin embargo, me siento muy dichosa, dichosa de sufrir lo que Jesús quiere que sufra. Si no es él quien pincha directamente a su pelotita, sí que es él quien guía la mano que la pincha... Si Jesús quiere dormir, ¿por qué se lo voy a impedir yo? Yo ya soy muy dichosa con que no se moleste por mí; tratándome así, me demuestra que no soy para él una extraña, pues te aseguro que él no hace el menor gasto por darme conversación...

¡Ruega para que el grano de arena se convierta en un átomo, visible únicamente a los ojos de Jesús!

 

Cta 89

¡Quisiéramos no caer nunca...! ¡Qué importa, Jesús mío, que yo caiga a cada instante! En ello veo mi debilidad, y eso constituye para mí una gran ganancia... Tú ves ahí lo que yo soy capaz de hacer, y por eso te vas a sentir más inclinado a llevarme en tus brazos... Si no lo haces, señal de que te gusta verme por el suelo..., y entonces no tengo por qué inquietarme sino que tenderé siempre hacia ti mis brazos suplicantes y llenos de amor... ¡No puedo creer que me abandones...!

 

Cta 95

Reza por el pobre granito de arena. Que el grano de arena se mantenga siempre en su lugar, es decir bajo los pies de todos; que nadie piense en él; que su existencia sea, por decirlo así, ignorada. El grano de arena no desea ser humillado, eso sería todavía demasiado glorioso, pues los demás se sentirían obligados a ocuparse de él. Tan sólo desea una cosa: ¡ser olvidado, ser tenido en nada...! Pero desea ser visto por Jesús. Si las miradas de las criaturas no pueden abajarse hasta él, que al menos la Faz ensangrentada de Jesús se vuelva hacia él... No desea más que una mirada, ¡una sola mirada...!

Si un grano de arena le fuese posible consolar a Jesús, enjugar sus lágrimas, ¡aquí hay uno que quisiera hacerlo...! Que Jesús tome al pobre grano de arena y lo esconda en su Faz adorable... Allí el pobre átomo nada tendrá ya que temer, estará seguro de no volver a pecar...

 

Cta 103

¿Sabes, “alondra ligera”, que tienes un hilo atado a tu pata y que, por alto que subas, tendrás que arrastrar tu carga...? Pero un grano de arena no pesa mucho, y, además, será más ligero si así se lo pides a Jesús...

¡Y cómo desea ser reducido a la nada, ser ignorado por todas las criaturas! El pobrecito no desea ya nada, nada más que el olvido...; ni siquiera el desprecio o las injurias, pues eso sería demasiado glorioso para un grano de arena. Para despreciarlo, tendrían que verlo. ¡Pero el olvido...! Sí, deseo ser olvidada, y no sólo por las criaturas sino también por mí misma. Quisiera ser reducida a la nada de tal modo, que no tuviera ya ningún deseo... La gloria de mi Jesús, ¡sólo eso! La mía, a él se la entrego. Y si parece olvidarme, pues bien, es muy libre de hacerlo, pues yo ya no soy mía sino suya... Antes se cansará él de hacerme esperar que yo de esperarlo a él....!

 

Cta 141

Cuando pienso en ti junto al amigo único de nuestras almas, se me presenta siempre la sencillez como la nota característica de tu corazón... ¡Celina...!, sencilla florecita-Celina, no envidies a las flores de los jardines. Jesús no nos ha dicho: “Yo soy la flor de los jardines, la rosa cultivada”, sino : “Yo soy la flor de los campos y el lirio de los valles”.

Pues bien, esta mañana, junto al sagrario, yo pensé que mi Celina, la florecita de Jesús, debía ser – y serlo siempre – una gota de rocío escondida en la corola divina del Lirio de los valles. Una gota de rocío, ¿qué hay de más sencillo y de más puro? No la han formado las nubes, pues el rocío desciende sobre las flores cuando el azul del cielo está estrellado. Ni puede tampoco compararse con la lluvia, a la que supera en belleza y en frescor. El rocío sólo existe por la noche; en cuanto el sol empieza a lanzar sus cálidos rayos, hace destilar las preciosas perlas que brillan en las puntas de las briznas de hierba de la pradera, y el rocío se torna en un ligero vapor. Celina es una gotita de rocío que no ha sido formada por las nubes, sino que ha caído de ese hermoso cielo que es su patria. Durante la noche de la vida, su misión es esconderse en el corazón de la flor de los campos. Ninguna mirada humana debe descubrirla, sólo el cáliz que contiene la pequeña gotita conocerá su frescor.

¡Dichosa gotita de rocío, tan sólo conocida de Jesús...!, no te pares a contemplar el curso sonoro de los ríos que causan la admiración de las criaturas; no envidies ni siquiera al claro arroyo que serpentea por la pradera. Cierto que es muy dulce su murmullo... Pero pueden oírlo las criaturas..., y además el cáliz de la flor de los campos no puede contenerlo. No puede ser sólo de Jesús. Para ser suyos, es preciso ser pequeños, ¡pequeños como gotas de rocío...! ¡Y qué pocas son las almas que aspiran a ser así de pequeñas...! Pero tal vez digan: ¿acaso no son mucho más útiles el río y el arroyo que la gota de rocío? ¿Para qué sirve ésta? No sirve más que para refrescar durante unos instantes a una flor de los campos que hoy es y mañana ha desaparecido...

Sin duda, estas personas tienen razón: la gota de rocío sólo sirve para eso. Pero esas personas no conocen a la Flor de los campos que ha querido habitar en nuestra tierra de destierro y vivir en ella la breve noche de la vida. Si la conociesen, entenderían el reproche que Jesús hizo una vez a Marta... Nuestro Amado no tiene necesidad de nuestros grandes pensamientos ni de nuestras obras deslumbrantes; ni siquiera pensamientos sublimes, ¿no tiene a sus ángeles, a sus legiones de espíritus celestiales cuyos conocimientos están infinitamente por encima de los más grandes genios de nuestra triste tierra...?

No es, pues, el ingenio ni los talentos lo que Jesús vino a buscar a la tierra. Si se convirtió en la Flor de los campos, sólo fue para mostrarnos cómo le gusta la sencillez. El Lirio del valle no aspira más que a una gotita de rocío... Y justo por eso se ha creado una ¡que se llama Celina...! Durante la noche de la vida, ella deberá vivir oculta a toda mirada humana; pero cuando las sombras comiencen a declinar y la Flor de los campos se convierta en el Sol de la justicia cuando venga a consumar su carrera de gigante, ¿podrá entonces olvidar a su gotita de rocío...? ¡De ninguna manera! Cuando él aparezca en su gloria, su compañera de destierro aparecerá también gloriosa. El Sol divino posará sobre ella uno de sus rayos de amor, y de pronto la humilde gotita de rocío aparecerá ante los ojos maravillados de los ángeles y los santos, y brillará como un diamante precioso que, reflejando al Sol de la justicia, se tornará semejante a él. Pero esto no es todo. El Astro divino, al mirar a su gota de rocío, la atraerá hacia sí, y ella ascenderá como un ligero vapor e irá a clavarse por toda la eternidad en el seno del foco ardiente del amor increado, y vivirá para siempre unida a él. Así como en la tierra fue la fiel compañera de su destierro y de sus desprecios, así también en el cielo reinará eternamente con él...

¡Y qué asombrados quedarán entonces los que en este mundo tuvieron por inútil a la gotita de rocío...! Sin duda, tendrán una disculpa: no se les había revelado el don de Dios, no habían acercado su corazón al de la Flor de los campos y no habían escuchado estas palabras irresistibles: “Dame de beber”. Jesús no llama a todas las almas a ser gotas de rocío. Quiere que haya licores preciosos que las criaturas puedan apreciar y que las alivien en sus necesidades; pero para él se reserva una gota de rocío, ésa es su mayor ilusión...

¡Qué privilegio ser llamada a tan alta misión...! Mas para responder a ella, es absolutamente necesario ser sencillas... Jesús sabe bien que es difícil mantenerse puros en la tierra; por eso quiere que sus gotas de rocío se ignoren a sí mismas. Le gusta contemplarlas, pero sólo él las mira. En cuanto a ellas, al no conocer su propio valor, se consideran por debajo de las demás criaturas... Y esto es lo que desea el Lirio de los valles.

 

Cta 144

No me sorprende que no entiendas nada de lo que ocurre en tu alma. Un niño pequeño completamente solo en el mar, en una barca perdida en medio de las olas borrascosas ¿podrá saber si está cerca o lejos del puerto? Mientras sus ojos divisan todavía la orilla de donde zarpó, sabe cuánto camino lleva recorrido y, al ver alejarse la tierra, no puede contener su alegría infantil. ¡Pronto – se dice a sí mismo – llegaré al final del viaje! Pero cuanto más se aleja de la playa, más vasto parece también el océano. Entonces la ciencia del niñito se ve reducida a nada, y ya no sabe hacia dónde va su navecilla. Como no sabe manejar el timón, lo único que puede hacer es abandonarse y dejar flotar la vela a merced del viento...

Mi Celina, la niñita de Jesús, se encuentra completamente sola en una barquichuela, la tierra ha desaparecido a sus ojos y no sabe a dónde va, ni si avanza o retrocede... Teresita sí lo sabe: está segura de que su Celina está en alta mar, de que la navecilla que la lleva boga a velas desplegadas hacia el puerto, de que el timón, que Celina ni siquiera puede ver, no está sin piloto. Jesús está allí, dormido, como antaño en la barca de los pescadores de Galilea. El duerme... y Celina no lo ve porque la noche ha caído sobre la navecilla... Celina no oye la voz de Jesús. El viento sopla y ella lo oye soplar, ve las tinieblas... y Jesús sigue durmiendo. Sin embargo, si se despertara solamente un instante, sólo tendría que “ordenar al viento y al mar, y vendría una gran calma”, y la noche sería más clara que el día. Celina vería la mirada divina de Jesús, y su alma quedaría consolada... Pero entonces Jesús ya no dormiría, ¡y está tan cansado...! Sus pies divinos están cansados de buscar a los pecadores, y en la navecilla de Celina Jesús descansa tan a gusto...

 

Cta 176

Ahora Dios me sigue conduciendo por el mismo camino, no tengo más que un deseo: el de hacer su voluntad. Tal vez te acuerdes de que antes me gustaba llamarme a mí misma “el juguetito de Jesús”. Todavía ahora soy feliz de serlo, sólo que he pensado que el divino Niño tiene muchas otras almas llenas de virtudes sublimes que se dicen también “sus juguetes”; y entonces pensé que ellas eran sus juguetes lujosos y que mi pobre alma no era más que un juguetito sin valor... Y para consolarme, me dije a mí misma que muchas veces los niños se divierten más con los juguetitos que pueden tirar o coger, romper o besar a su antojo, que con otros de mayor valor que casi ni se atreven a tocar... Entonces me alegré de ser pobre y deseé serlo cada día más, para que a Jesús le gustase cada vez más jugar conmigo.

 

Cta 178

¿No sale la verdad de la boca de los niños? Pues bien, tendrá que perdonarme si digo la verdad, pues soy y quiero ser siempre una niña...

 

Cta 191

Creo que la perfección es algo muy fácil de practicar, pues he comprendido que lo único que hay que hacer es ganar a Jesús por el corazón... Fíjate en un niñito que acaba de disgustar a su madre montando en cólera o desobedeciéndola: si se mete en un rincón con aire enfurruñado y grita por miedo a ser castigado, lo más seguro es que su mamá no le perdonará su falta; pero si va a tenderle sus bracitos sonriendo y diciéndole: “Dame un beso, no lo volveré a hacer”, ¿no lo estrechará su madre tiernamente contra su corazón, y olvidará sus travesuras infantiles...? Sin embargo, ella sabe muy bien que su pequeño volverá a las andadas en la primera ocasión; pero no importa: si vuelve a ganarla otra vez por el corazón, nunca será castigado...

 

Cta 194

¡Qué hermosa es la vocación del niñito! No es sólo una misión la que tiene que evangelizar, sino todas las misiones. ¿Y cómo lo hará...? Amando, durmiendo, arrojando flores a Jesús mientras él duerme. Entonces, Jesús tomará esas flores, y, comunicándoles un valor inapreciable, las arrojará a su vez, y las hará volar sobre todas las riberas del mundo y salvará a las almas con las flores, con el amor del niñito, que no verá nada, ¡pero que seguirá sonriendo incluso a través de sus lágrimas...!

 

Cta 195

El martirio más doloroso y el más amoroso es el nuestro, pues sólo Jesús lo ve. Nunca será revelado a las criaturas en la tierra; pero cuando el Cordero abra el libro de la vida, ¡cuál no será el asombro en la corte celestial al oír proclamar, junto al nombre de los misioneros y de los mártires, el de unos pobres niñitos que nunca hicieron hazañas deslumbrantes...!

 

Cta 196

Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa hoguera divina. Este camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en brazos de su padre... “El que sea pequeñito, que venga a mí”, dijo el Espíritu Santo por boca de Salomón. Y ese mismo Espíritu de amor dijo también que “a los pequeños se les compadece y perdona”. Y, en su nombre, el profeta Isaías nos revela que en el último día “el Señor apacentará como un pastor a su rebaño, reunirá a los corderitos y los estrechará contra su pecho”. Y como si todas esas promesas no bastaran, el mismo profeta, cuya mirada inspirada se hundía ya en las profundidades de la eternidad, exclama en nombre del Señor: “Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo, os llevaré en brazos y sobre mis rodillas os acariciaré”.

Sí, madrina querida, ante un lenguaje como éste, sólo cabe callar y llorar de agradecimiento y de amor... Si todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de todas las almas, el alma de tu Teresita, ni una sola perdería la esperanza de llegar a la cima de la montaña del amor, pues Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud.

 

Cta 197

Es necesario aceptar ser siempre pobres y sin fuerzas, y eso es precisamente lo difícil, pues “al verdadero pobre de espíritu ¿quién lo encontrará? Hay que buscarle muy lejos”, dijo el salmista... No dijo que hay que buscarlo entre las almas grandes, sino “muy lejos”, es decir, en la bajeza, en la nada... Mantengámonos, pues, muy lejos de todo lo que brilla, amemos nuestra pequeñez, deseemos no sentir nada. Entonces seremos pobres de espíritu y Jesús irá a, buscarnos, por lejos que nos encontremos, y nos transformará en llamas de amor... ¡Ay, cómo quisiera hacerte comprender lo que yo siento...! La confianza, y nada más que la confianza, puede conducirnos al amor... El temor ¿no conduce a la justicia...?

 

Cta 205

¡Qué lástima pasar el tiempo aburrida como una ostra, en vez de quedarse dormida sobre el corazón de Jesús...! Si la noche le da miedo al niñito, si se queja de no ver al que le lleva, que cierre los ojos, que haga voluntariamente el sacrificio que le piden, y luego a esperar el sueño... Quedándose así, tranquilo, la noche, a la que ya no mirará, no podrá asustarlo, y pronto la calma, si no la alegría, renacerá en su corazón. ¿Es demasiado pedirle al niñito que cierre los ojos..., que no luche contra las quimeras de la noche...? No, no es demasiado, y el niñito va a abandonarse, va a creer que lo lleva Jesús, va a aceptar el no verlo y va a dejar muy lejos ese miedo estéril a ser infiel (miedo impropio de un niño).

 

Cta 206

El pequeño embajador no tiene ganas de saltar de la navecilla, sino que sigue en ella para mostrar el cielo al niñito. Quiere que todas sus miradas y todas sus delicadezas sean para Jesús. Por eso estará muy contento si ve que el niñito se priva de consuelos demasiado infantiles e indignos de un misionero y de un guerrero... Yo quiero mucho a mi niñito, y Jesús lo quiere todavía más.

 

Cta 212

¡Qué contento estoy de ti...! Durante todo el año me has divertido mucho jugando a los bolos. He disfrutado tanto, que la corte celestial estaba sorprendida y encantada; más de un querubín llegó a preguntarme por qué no lo había hecho niño..., y más de uno también me preguntó si la melodía de su arpa no me agradaba más que tu risa cantarina cuando haces caer un bolo con la bola de tu amor. Yo les contesté a mis querubines que no debían apenarse por no ser niños, pues un día podrían jugar contigo en las praderas del cielo; y les dije que sí, que tu sonrisa era para mí más dulce que sus melodías, porque tú sólo podías jugar y sonreír sufriendo y olvidándote de ti misma.

Querida esposa mía, tengo algo que pedirte, ¿me lo negarás...? No, tú me amas demasiado para eso. Pues bien, voy a confesarte que me gustaría cambiar de juego. Los bolos me divierten mucho, sí; pero ahora quisiera jugar al trompo, y, si quieres, tú serás mi trompo. Te doy uno como modelo; ya ves que no es bonito, quien no sepa usarlo lo rechazará a puntapiés, pero un niño saltará de alegría al verlo y dirá: “¡Qué divertido que es! ¡Puede estar girando todo el día sin pararse!”

Yo, el Niño Jesús, te quiero, aunque no tengas encantos, y te pido que estés siempre girando para divertirme... Pero para hacer que el trompo gire, hacen falta latigazos... Pues bien, deja que tus hermanas te presten este servicio, y muéstrate agradecida con las que sean más asiduas en no dejarte aminorar la marcha. Y cuando me haya divertido ya bastante contigo, te llevaré allá arriba y allí podremos jugar sin sufrir...

 

Cta 226

Mi camino es todo él de confianza y de amor, y no comprendo a las almas que tienen miedo de tan tierno amigo. A veces, cuando leo ciertos tratados espirituales en los que la perfección se presenta rodeada de mil estorbos y mil trabas y circundada de una multitud de ilusiones, mi pobre espíritu se fatiga muy pronto, cierro el docto libro que me quiebra la cabeza y me diseca el corazón y tomo en mis manos la Sagrada Escritura. Entonces todo me parece luminoso, una sola palabra abre a mi alma horizontes infinitos, la perfección me parece fácil: veo que basta con reconocer la propia nada y abandonarse como un niño en los brazos de Dios.

Dejando para las grandes almas y para los espíritus elevados esos brillantes libros que yo no puedo comprender, y menos aún poner en práctica, me alegro de ser pequeña, pues sólo los niños y los que se hacen como ellos serán admitidos al banquete celestial. Me alegro enormemente de que en el reino de Dios haya muchas moradas, porque si no hubiese más que ésa cuya descripción y cuyo camino me parecen incomprensibles, yo no podría entrar en él.

 

Cta 229

Todo el bien que has hecho a mi alma, a Jesús se lo has hecho, pues él dijo: “Lo que hicisteis al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hicisteis...” ¡Y el más pequeño soy yo...!

 

Cta 241

No temas decirle que le amas, aun cuando no lo sientas. Ese es el modo de obligar a Jesús a socorrerte y a que te lleve como a un niñito que es demasiado débil para caminar.

Sobre todo, seamos pequeñas, tan pequeñas que todo el mundo pueda pisarnos con sus pies, sin siquiera aparentar que lo notamos y que sufrimos por ello.

 

Cta 258

Tenemos que ir al cielo por el mismo camino, por el del sufrimiento unido al amor. Cuando llegue a puerto, querido hermanito de mi alma, le enseñaré cómo navegar por el mar tempestuoso del mundo con el abandono y el amor de un niño que sabe que su Padre lo ama y no puede dejarlo solo en la hora del peligro.

Quisiera tratar de hacerle comprender con una comparación muy sencilla cómo ama Jesús a las almas que confían en él, aun cuando sean imperfectas. Supongamos que un padre tiene dos hijos traviesos y desobedientes, y que, al ir a castigarlos, ve que uno de ellos se echa a temblar y se aleja de él aterrorizado, llevando en el corazón el sentimiento de que merece ser castigado; y que su hermano, por el contrario, se arroja en los brazos de su padre diciendo que lamenta haberlo disgustado, que lo quiere y que, para demostrárselo, será bueno en adelante; si, además, este hijo pide a su padre que lo castigue con un beso, yo no creo que el corazón de ese padre afortunado pueda resistirse a la confianza filial de su hijo, cuya sinceridad y amor conoce. Sin embargo, no ignora que su hijo volverá a caer más de una vez en las mismas faltas, pero está dispuesto a perdonarle siempre si su hijo le vuelve a ganar una y otra vez por el corazón... Sobre el primer hijo, querido hermanito, no le digo nada, usted mismo comprenderá si su padre podrá amarle tanto y tratarle con la misma indulgencia que al otro...