MANUSCRITO C

 

2v. Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mi misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo.

 

2v – 3r. Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente.

Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección. Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de la Sabiduría eterna: El que sea pequeñito, que venga a mi.

Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré.

Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma. ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más.

 

3v – 4r. Como dijo un día Jesús a san Pedro, también usted le dijo a su hija: “Apacienta mis corderos”. Y yo me quedé atónita, y le dije que “era demasiado pequeña”, y le pedí que apacentase usted misma a sus corderitos, y que me cuidase también a mí y me concediera la gracia de pastar con ellos. Y usted, Madre querida, respondiendo en parte a mi justo deseo, cuidó de los corderitos a la vez que de las ovejas, encargándome a mí de llevarlos a ellos con frecuencia a pacer a la sombra, de enseñarles las hierbas mejores y las más nutritivas, y también de mostrarles las flores de brillantes colores que nunca deben tocar a no ser para aplastarlas con sus pies.

Usted no ha temido, Madre querida, que yo extraviase a sus corderitos. Ni mi inexperiencia ni mi juventud la han asustado. Tal vez se acordó de que el Señor se suele complacer en conceder la sabiduría a los pequeños, y de que un día, exultante de gozo, bendijo a su Padre por haber escondido sus secretos a los sabios y entendidos y habérselos revelado a los pequeños.

 

4r. Madre querida, usted no tuvo reparo en decirme un día que Dios iluminaba mi alma, que hasta me daba la experiencia de los años. Madre, yo soy demasiado pequeña para sentir ahora vanidad, soy demasiado pequeña también para hacer frases bonitas con el fin de hacerle creer que tengo una gran humildad. Prefiero reconocer con toda sencillez que el Todopoderoso ha hecho obras grandes en el alma de la hija de su divina Madre, y que la más grande de todas es haberle hecho ver su pequeñez, su impotencia.

 

22r – 22v. Cuando me fue dado penetrar en el santuario de las almas, vi enseguida que la tarea era superior a mis fuerzas. Entonces me eché en los brazos de Dios como un niñito, y, escondiendo mi rostro entre sus cabellos, le dije: Señor, yo soy demasiado pequeña para dar de comer a tus hijas. Si tú quieres darle a cada una, por medio de mi, lo que necesita, llena tú mi mano; y entonces sin separarme de tus brazos y sin volver siquiera la cabeza, yo entregaré tus tesoros al alma que venga a pedirme su alimento. Si lo encuentra de su gusto, sabré que no me lo debe a mí, sino a ti; si, por el contrario, se queja y encuentra amargo lo que le ofrezco, no perderé la paz, intentaré convencerla de que ese alimento viene de ti y me guardaré muy bien de buscarle otro.

 

31r. Madre querida, ya ve que yo soy una alma muy pequeña que no puede ofrecer a Dios más que cosas muy pequeñas. Con todo, muchas veces me ocurre que dejo escapar algunos de esos pequeños sacrificios que dan al alma tanta paz. Pero no me desanimo por eso: me resigno a tener un poco menos de paz, y procuro poner más cuidado la próxima vez.

 

31r. El Señor es tan bueno conmigo, que no puedo tenerle miedo. Siempre me ha dado lo que deseaba, o, mejor dicho, me ha hecho desear lo que quería darme.

 

33v – 34r. Las almas sencillas no necesitan usar medios complicados. Y como yo soy una de ellas, una mañana, durante la acción de gracias, Jesús me inspiró un medio muy sencillo de cumplir mi misión. Me hizo comprender estas palabras del Cantar de los Cantares: “Atráeme, y correremos tras el olor de tus perfumes.”

¡Oh, Jesús!, ni siquiera es, pues, necesario decir: Al atraerme a mí, atrae también a las almas que amo. Esta simple palabra, “Atráeme”, basta.