OFRENDA AL AMOR MISERICORDIOSO

 

CUANDO ME ELEVE DE ESTE MUNDO TODO LO ATRAERÉ HACIA Mí

(San Juan, XIX, 31-37.)

Tres días antes de su Pasión, Cristo decía a las multitudes: “Cuando me eleve de este mundo, todo lo atraeré hacia Mí”. Sin embargo, muere en la soledad, abandonado de los hombres y del Padre. ¿Es un mentís ignominioso a su profecía? Miremos de más cerca. El buen ladrón le confiesa su fe en la última hora; el centurión lo saluda como Hijo de Dios; el pueblo abandona el Calvario rehuyendo la culpa; sucede una misteriosa escena que atrae hacia Él todas las miradas. Juan, testigo ocular, la cuenta con pluma conmovida.

La costumbre de Roma abandonaba a los condenados al patíbulo a los perros y a los buitres que acechaban su agonía. El Deuteronomio judío los hacía fallecer el mismo día dé la ejecución: un mazazo en los muslos se encargaba de ello. Esta víspera del gran Sabbat, había que obrar deprisa. El equipo de verdugos llega antes del anochecer dispuesto al crurifagium: los dos ladrones expiran en seguida, partidas sus piernas. En cuanto a Jesús, bien se ve que ha muerto. ¿Para qué profanar el cadáver y torturar a la Madre que le vela? Antes de marcharse, sin embargo, un soldado lo piensa mejor. ¿Es medida de precaución, gesto de bruto, o inspiración providencial? El caso es que le hunde en el pecho la hoja de su lanza, sacando al aire el corazón.

María y Juan tuvieron que estremecerse de horror ante semejante espectáculo. Más tarde comprenderán el conmovedor simbolismo de esta puerta que se abre a la ternura de un Dios, El Discípulo amado observará con nitidez que de ella manó sangre y agua. En dos ocasiones aseverará la certeza de lo que afirma. Dará, por su parte, una interpretación mística de la santa herida: “Pues estas cosas sucedieron en cumplimiento de la Escritura. No le quebraréis ni un hueso”.

Diecisiete siglos antes de las revelaciones de Paray-le-Monial, ya señalaba el hierro de Longinos a la atención del mundo “a aquel Corazón que tanto ha amado a los hombres”, aquel Corazón deshecho por los pecados de la humanidad y que había estallado de dolor y de ternura, apresurando un desenlace comúnmente más tardío en esta clase de suplicios. La preciosísima Sangre acumulada en la bolsa cardiaca había brotado al lanzazo, como rocío redentor. Por la abierta boca del orificio se mostraba a las miradas el órgano ya roto. Era que el Verbo Encarnado alzaba, su velo ante nosotros bajo el más patético aspecto. ¡Atrás, la ley del miedo y las devociones sombrías para con un Dios huraño y tiránico! Dios es Amor... Amor ignorado. Amor ultrajado. Amor misericordioso que mendiga nuestro amor.

* * *

“Todo lo atraerá hacia mí.” El Corazón de Cristo, en el seno de la humanidad, actúa al modo de un imán. Seduce irresistiblemente el alma de Saulo el Perseguidor. Devora con sus llamas al Estigmatizado de Alvernia. Hunde en su hoguera a Margarita María. Sólo quiere prodigarse, comunicarse, derramarse. Y cuando encuentra un corazón que acepta plenamente arder en su fuego, lo purifica, lo inunda con sus gracias, lo transforma en Sí mismo.

He aquí por qué, consciente de su impotencia y negándose a sí misma, Teresita de Lisieux, desplegó totalmente su corola a las auras de esta dilección, escalando su alma las más puras cimas del holocausto de amor. Ella era por excelencia la hambrienta, la indigente, la humilde que canta el Magníficat, la hija de una invencible confianza que no espera nunca de sí misma y lo alcanza todo de Dios. Por eso, abatiéndose ella hasta su nada, la Misericordia infinita la elevó hasta su altura. Una invisible lanzada atravesó el corazón de la víctima. Murió de amor.

Teresita es hoy Madre de almas. A aquellos a quienes su ejemplo fascina, ella les dice sonriendo, con su hermosa sencillez:

“Daos sin reservas al Corazón divino, que no aspira sino a derramarse en el vuestro a poco que lo dejéis.

“Mas, por favor, dejadlo trabajar en paz... Haceos lo más pequeños posible. Amad vuestra insignificancia. Confiadle vuestras culpas.

“Sobre todo tened fe en Él. No dudéis nunca de su caridad. Creed, creed en su Amor.

“Que sus deseos sean vuestra ley. Tiradle afectuosamente las flores de los pequeños actos de que está llena vuestra jornada. Ofrecedle los deberes de vuestro estado, signos sensibles, sacramentos, apariencias en las cuales se os manifiesta. Nada tenéis. Dadle esta nada con fervor.

“Si seguís fielmente este camino de la infancia, Él mismo, os lo prometo, vendrá a su hora a cogeros y, lo mismo que se hace con un niño pequeñito, os estrechará contra su Corazón.”

– Teresa, llévame de la mano, préstame tu voz, dame tu ternura; que contigo repita y contigo viva la oblación dé todo mi ser al Amor Misericorde.

* * *

“¡Oh, Verbo, oh mi Salvador! Tú eres el Águila que amo y que me atrae; Tú eres quien, bajando a este mundo de destierro, has querido sufrir y morir para poder arrebatar todas las almas y hundirlas hasta el centro de la Trinidad santa, eterna hoguera de amor. Tú eres quien elevándose hasta la inaccesible luz, permanece escondido en este valle de lagrimas, con la apariencia de na blanca hostia, y eso para poder alimentarme con tu propia substancia. Oh Jesús, déjame decirte que tu amor llega hasta a haberme perder la razón. ¿Cómo no quieres, pues, que en esta locura de amor mi corazón no se precipite hacia Ti? ¿Cómo podría tener límites mi confianza?

“¡Ah! Para Ti, ya sé, los santos que han hecho también locuras han hecho grandes cosas, porque eran águilas. Yo soy demasiado pequeña para hacer grandes cosas y mi locura consiste en esperar que tu amor me acepte como víctima; mi locura consiste en cantar con los Ángeles y los Santos para volar hasta Ti con tus propias alas, Águila mía adorada. Por eso todo el tiempo que Tú quieras me estaré con los ojos fijos en Ti, pues quiero quedar fascinada por tu divina mirada, quiero convertirme en la presa de tu amor. Un día, así firmemente lo espero, te derretirás sobre mí y transportándome a la hoguera del amor, me hundirás al fin en ese ardiente abismo, para hacerme para siempre jamás tu feliz víctima.

“¡Oh Jesús! ¿Por qué no podré yo contar a todas las pequeñas almas tu condescendía inefable? ¡Siento que si, lo que es imposible, hallases una más débil que la mía, te complacerías en llenarla de favores mayores aún, siempre que ella se, abandonase con entera confianza a tu infinita misericordia!

“Pero ¿por qué esos deseos de comunicar tus amorosos secretos, oh mi Amado? ¿No eres Tú solo el que me lo ha enseñado y no puedes acaso revelarlos a otros? Sí, lo sé y te conjuro a que lo hagas. ¡Te suplico que bajes tu divina mirada hacia un gran minero de pequeñas almas! ¡¡Te suplico elijas en este mundo una legión de pequeñas víctimas dignas de tu Amor!!” (“Historia de un Alma”, Cap. XI.)

“¡Madre mía, el cáliz está lleno hasta los bordes! No, nunca habría creído que fuera posible sufrir tanto... No puedo explicármelo sino por mi extremo deseo de salvar almas...

“Todo cuanto he escrito sobre mis ansias de sufrimiento ¡oh, todo es verdad! No me arrepiento de haberme entregado totalmente al Amor...

“¡Oh!... ¡Lo amo...! ¡Dios mío... os... amo!” (“Ultimas palabras de Santa Teresita”.)

 

ACTO DE OFRECIMIENTO AL AMOR MISERICORDIOSO

A fin de vivir siempre en un acto de perfecto amor, me ofrezco como víctima de holocausto a vuestro Amor Misericordioso, suplicándoos que consumiéndome sin cesar, dejéis que se desborden en mi alma las oleadas de infinita ternura que se encierran en Vos y que de este modo me convierta yo en mártir de vuestro amor, ¡oh, Dios mío!

¡Haced que este martirio, luego de haberme preparado para comparecer ante Vos, me haga por fin morir, y mi alma se lance sin demora hacia el eterno abrazo de vuestro misericordioso amor!

¡Quiero, oh mi Bien Amado, a cada latido de mi corazón renovaros este ofrecimiento infinito número de veces, hasta tanto que, “desvanecidas las sombras”, pueda repetiros mi amor en un coloquio eterno!

María Francisca Teresa

del Niño Jesús

y de la Santa Faz

rel. carm. ind.

En la Fiesta de la Santísima

Trinidad

9 de junio

del año de gracia 1895

(Reproducimos aquí la parte esencial de la oración que se encontró, ya muerta nuestra Santa, en los Evangelios que llevaba noche y día sobre su corazón)