PROCESO DE BEATIFICACIÓN

 

Madre Inés de Jesús (Paulina)

9. Deseo ardientemente su beatificación, porque con ella se dará gloria a Dios, poniendo de manifiesto, ante todo, su misericordia: se confiará más en su clemencia y se temerá menos su justicia, que es a lo que Teresa llamaba su “caminito de confianza y abandono”, el que deseaba enseñar a las almas pequeñas después de su muerte.37

 

21. La confianza en Dios se había convertido como en el sello especial de su alma. Se había sentido atraída hacia esta confianza desde su más tempana niñez, y yo había hecho todo lo posible por desarrollar en ella esta tendencia. Me dijo un día que le había impresionado, desde niña, este versículo de Job: “Aunque Dios me matar, seguiría esperando en él.” (Job 13, 15) Los escrúpulos vinieron a paralizar esto ímpetus. Más tarde, en el Carmelo, durante los primeros años de su vida religiosa, sufrió inquietudes interiores, debidas, en parte, a lo que había oído decir en ciertas instrucciones espirituales: que era muy fácil ofender a Dios y perder la pureza de conciencia. Esto era causa de tortura para la Sierva de Dios. El predicador del retiro de 1891 le devolvió la paz: “Me hizo, sobre todo, mucho bien – escribe – diciéndome que mis faltas no desagradaban a Dios. Esta seguridad me hizo soportar pacientemente el destierro de esta vida. Sé que Dios es más tierno que una madre, y una madre ¿no está siempre dispuesta a perdonar las pequeñas indelicadezas involuntarias de su hijo?”

A partir de este retiro, se entregó toda enterar a la confianza en Dios. Buscó en los Libros Sagrados la aprobación a su audacia. Repetía complacidamente el dicho de San Juan de la Cruz: “Tanto se alcanza de Dios cuanto de él se espera.” Decía también haber encontrado un “ascensor”, es decir, los brazos de Jesús, para ir al cielo. En ese ascensor descansaba ella sin miedo alguno, sin temer en absoluto los males de esta vida.67

 

21. Contemplaba a nuestro Señor sobre todo en su Infancia y en su Pasión, respondiendo así a la doble indicación de su nombre en religión: “Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz”. Su amor al Niño Jesús la llevaba a él para ser en sus manos como un juguete en las manos de un niño pequeño. Con esta frase, aparentemente infantil, deseaba expresar que debía abandonarse enteramente a la voluntad de nuestro Señor y aceptar ser tratada por él según su capricho.71

 

21. Un día en que había llevado durante mucho tiempo una crucecita armada de puntas, se le produjo una herida, que se agravó, y, al fin, hubo de hacerse curar. Decía en esta ocasión: “Ya veis que las grandes penitencias no están hechas para mí. Dios sabe muy bien que las deseo, pero nunca ha querido que las realizase; de lo contrario, no hubiera caído enferma por tan poca cosa. ¿Qué es eso en comparación con las maceraciones de los santos? Por lo demás, habría encontrado en ellas demasiada alegría, y las satisfacciones naturales pueden muy bien mezclarse con la más austera penitencia. Hay que desconfiar de ésta. Creedme, Madre mía, no os lancéis nunca por ese camino, no es el de las almas pequeñitas como las nuestras.”86

 

22. Desde una perspectiva general, debe afirmarse que la vida de la Sierva de Dios fue sencillísima: de no ser así, ella no podría ser propuesta como modelo de las “almas pequeñas” en lo que, según afirmaba, “constituía su caminito”. Sin embargo, pueden mencionarse aquí algunos hechos aislados con su auténtica apariencia de gracias extraordinarias.93

 

24. “¿No os admiráis, Madre mía, de cómo llevo mi sufrimiento? Soy como un niño pequeñito durante mi enfermedad. No pienso en nada, sino en aceptar sencillamente todo lo que Dios quiere, sufriendo minuto a minuto lo que él me envía, sin preocuparme por el futuro.” 101

 

María del Sagrado Corazón (María)

9. Deseo grandemente que sea beatificada, porque así se verá lo que ella quería que se viese: que se ha de tener confianza en la infinita misericordia de Dios, y que la santidad es accesible a todas las almas, cualesquiera que sean.177

 

21. Había pedido a sor Teresa del Niño Jesús que me escribiese lo que yo llamaba “su caminito de confianza y de amor”. Tras de haber pedido permiso a nuestra Madre, lo hizo durante su último retiro, en el mes de septiembre de 1896. Esta carta forma parte ahora del manuscrito impreso, capítulo XI. Después de haber leído estas páginas encendidas, le dije que me era imposible llegar tan alto. Fue entonces cuando me escribió la carta del 17 de septiembre de 1896, en la que, entre otras cosas, me decía: “¿Cómo podéis preguntarme si os es posible amar a Dios como yo le amo? Mis deseos de martirio no son nada… Sé que no es esto, en manera alguna, lo que agrada a Dios en mi pequeña alma. Lo que le agrada es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia. He aquí mi único tesoro.”

Un día en que había pedido, en su oración, participar del doble amor de los ángeles y de los santos, como Eliseo había pedido el doble espíritu de Elías, añadió: “Jesús, no puedo llevar más allá mi petición, temería verme agobiada bajo el peso de mis audaces deseos. Lo que me disculpa es que soy una niña. Los niños no reflexionan sobe el alcance de sus palabras. Sin embargo, sus padres, cuando ocupan un trono y poseen inmensas riquezas, no vacilan en satisfacer los deseos de sus pequeñuelos, a los que aman como a sí mismos; por complacerles, hacen locuras, se tornan incluso débiles. Pues bien, yo soy la hija de la Iglesia, y la Iglesia es reina, puesto que es tu esposa, ¡oh, divino Rey de reyes! ¡Oh, Jesús, que no pueda yo revelar a todas las almas pequeñas cuán inefable es tu condescendencia!... Siento que, si por un imposible, encontrases a un alma más débil, más pequeña que la mía, te complacerías en colmarla de favores mayores todavía, con tal que ella se abandonara con entera confianza a tu misericordia infinita.”190

 

21. Sor Teresa del Niño Jesús se esforzó toda su vida por pasar sin ser notada. La víspera de mi profesión (1888), me escribía: “Rogad por la pequeña caña, tan débil, que está en el fondo del valle. Pedid que vuestra hijita sea siempre un granito de arena muy oscuro, muy escondido a todas las miradas, que sólo Jesús pueda verlo. Que se haga cada vez más pequeño, que se reduzca a nada.” En 1896, me escribía: “¡Ah! Si todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de todas las almas, el alma de vuestra pequeña Teresa, ni una sola perdería la esperanza de llegar a la cumbre de la montaña del amor.”201

 

23. Hablando en términos generales, la Sierva de Dios no atraía sobre sí la atención durante su vida. Su virtud consistía sobre todo en hacer muy bien las cosas ordinarias. Sin embargo, las personas que la observaban más atentamente reconocían en ella una perfección excepcional.204

 

24. Cuando recibió la extremaunción, sumida en sentimientos de alegría y de paz, manifestó cuán feliz se sentía porque el sacerdote le había dicho que su alma se parecería entonces a la de un niño después del bautismo.207

 

Genoveva de Santa Teresa (Celina)

21. Estaba convencida de que no se ha de temer desear demasiado, pedir demasiado a Dios: “Hay que decirle a Dios: ¡Sé muy bien que jamás seré digna de lo que espero, sin embargo, os tiendo la mano como una pequeña mendiga, y estoy segura de que me escucharéis, pues sois tan bueno!”236

 

21. Sentía una devoción especial hacia el misterio de la Encarnación, que festejaba devotamente todos los años el 25 de marzo. Gustaba de contemplar a Jesús en su infancia. Decía: “Sería gracioso, si muriese un 25 de marzo, pues éste fue el día en que Jesús fue más pequeño.”238

 

21. Esta “infancia espiritual o abandono total” fue la característica esencial de su santidad. En las instrucciones particulares que daba a cada una de las novicias, siempre se volvía a lo mismo: humildad, pobreza espiritual, sencillez y confianza en Dios.

El fondo de su doctrina consistía en enseñarnos a no afligirnos cuando comprobamos ser la debilidad misma, y a emplearnos en el amor, puesto que “la caridad cubre la multitud de los pecados” (I Pe. 4, 8). Decía: “Es fácil complacer a Jesús, cautivarle el corazón. No hay que hacer más que amarle, sin mirarse una a sí misma, sin examinar demasiado los propios defectos.” Su pensamiento queda bastante bien expresado en esta grase que me decía: “Sois pequeñita, no lo olvidéis; y cuando se es pequeñita, no se tienen pensamientos grandes. Dios está más orgulloso de lo que obra en vuestra alma, de vuestra pequeñez, de vuestra pobreza humildemente aceptada, que de haber creado los millones de soles y la anchura de los cielos.”

Un día en que me había comunicado un gran pensamiento, le manifesté mi pena por no tener también yo tales pensamientos. Me contestó: “El niñito toma el pecho de su madre maquinalmente, por decirlo así, sin presentir la utilidad de su acción, y sin embargo vive, se desarrolla. Es verdad – añadía – que conviene recoger frecuentemente el pensamiento y dirigir la intención, pero sin apremio de espíritu. Dios adivina los grandes pensamientos las intenciones ingeniosas que quisiéramos tener.” “Sí – repliqué yo –, pero vos…, vos sois delicada para con Dios, y yo no lo soy. ¡Cuánto desearía serlo! ¿Podría, tal vez, suplirlo mi deseo.” “Justamente – me respondió –, sobre todo si aceptáis esa humillación; y si llegáis hasta alegraros de ella, Jesús quedará más complacido que si nunca hubieseis cometido falta de delicadeza. Decid: Dios mío, os doy gracias por no tener un solo pensamiento delicado, y me alegro de verlos en las demás.”

Decía frecuentemente: “No tenéis necesidad de comprender lo que Dios obra en vos, sois demasiado pequeña para eso” y también: “No se ha de trabajar por llegar a ser santos sino por complacer a Dios.” “Su caminito” consistía en gloriarse de las propias imperfecciones, de la propia impotencia para todo bien. El evangelio de los jornaleros que no habían trabajado más que una hora y habían sido pagados como los demás la encantaba: “Mirad – decía –: si nos abandonamos, si ponemos toda nuestra confianza en Dos, haciendo todos los pequeños esfuerzos que están a nuestro alcance y esperándolo todo de su misericordia, seremos recompensados y pagados tanto como los más grandes santos.”

Entraba también en “su caminito de abandono” el mirar todas las cosas por su lado bueno, el moderar en nosotras la desmesurada entrega a las ocupaciones. Este abandono total que sin cesar nos enseñaba, ella misma lo practicaba fielmente. Un día, durante su enfermedad, viéndola con aire de gran sufrimiento, la Madre Inés de Jesús le dijo: “¡Oh! Estáis apenada, ¿verdad?” Ella replicó inmediatamente: “Madrecita mía, ¿no me conocéis, pues aún? Mirad, aquí tenéis todos mis sentimientos, expresados en uno de mis pequeños cánticos:

Quiero seguir viviendo largo tiempo en la tierra,

Si es ése tu deseo, mi Señor.

Quiero seguirte al cielo,

Si te complace a ti.

El fuego de la patria,

Que es el amor,

Sin cesar me consume.

¿Qué me importa la vida? ¿Qué me importa la muerte?

¡Amarte a ti, Jesús, es mi alegría!”

Un día, habiendo leído el siguiente pasaje del Eclesiástico: “La misericordia dará a cada uno el lugar que le corresponde según el mérito de sus obras” (Ecle. 16, 15), le pregunté por qué allí se dice “según el mérito de sus obras”, cuando San Pablo habla de “ser justificados gratuitamente por la gracia”, verdadero espíritu de infancia estaba formado de abandono y sacrificio. “Hay que hacer – me dijo – todo lo que está en uno, dar sin cuento, practicar la virtud en toda ocasión, renunciarse a sí mismo constantemente, probar su amor con todas las delicadezas y con todas las ternuras, en una palabra, realizar todas las buenas obras que están a nuestro alcance por amor a Dios. Pero como, a decir verdad, todo eso es poca cosa, santifica las obras, y que puede santifica sin obras, puesto que saca hijos de Abrahán de las piedras mismas. Sí, es necesario, después de haber hecho lo que creemos que debemos hacer, confesarnos siervos inútiles, esperando, sin embargo, que Dios nos dé, por gracia, todo lo que deseamos. En eso consiste “el caminito de infancia”.253

 

21. La Sierva de Dios se ejercitó siempre en la humildad. Siendo niña, en esa edad en que todos desean hacerse mayores, ella manifestaba el deseo de seguir siendo pequeñita de talla. Más tarde, en su lecho de muerte, comentaba con alegría el hecho de que a pesar de sus nueve años vividos en religión, había permanecido siempre en el noviciado, sin pasar a formar parte del capítulo, y consideraba siempre como “una pequeña”.270

 

21. Precisamente en la humildad se funda su “caminito de infancia”. En efecto, sintiéndose débil e incapaz para todo bien, no viéndose “con talla suficiente – como dice ella – para subir la ruda escalera de la perfección”, se echó en brazos de Dios y estableció en ellos su morada.272

 

21. He aquí algunos dichos que empleó para enseñarme la humildad: “A veces nos damos cuenta de que estamos deseando lo que brilla. Contentémonos entonces entre los imperfectos, considerémonos “almas pequeñas” a las que Dios tiene que sostener a cada instante; cuando él nos ve íntimamente convencidas de nuestra nada, nos tiende la mano. Cuando, por ejemplo, intentamos hacer algo grande, aun so capa de celo, Jesús nos deja solas; ‘pero desde que dije: mi pie vacila, vuestra misericordia, Señor, me sostuvo’ (Sal. 93, 18)”272

 

24. Un día me dijo: “Nuestro Señor respondía en otro tiempo a la madre de los hijos de Zebedeo: ‘Estar a mi derecha y a mi izquierda pertenece a aquellos a quienes mi Padre se lo ha destinado” (Mt. 20, 23). Me figuro que estos puestos de elección, rehusados a los grandes santos, serán el patrimonio de los niñitos.”

Acababa de citarle estas palabras de un santo: “Aunque hubiese vivido largos años en la penitencia, mientras me quedase un soplo de vida, temería condenarme”. Ella replicó inmediatamente: “Pues yo no puedo compartir ese temor, soy demasiado pequeña para condenarme: los niñitos no se condenan nunca.”

‘Verdaderamente sois una santa’, le dije un día. “No – replicó –, no soy una santa; nunca he realizado las acciones de los santos. Soy un alma pequeñita a quien Dios ha colmado de gracias. En el cielo veréis que digo la verdad.”279

 

24. No deseaba para sí, ni en lo espiritual ni en lo temporal, nada que se saliese de lo ordinario. Como yo le dijese: ‘Habéis amado mucho a Dios, él obrará por vos maravillas, volveremos a encontrar vuestro cuerpo incorrupto’, ella replicó con viveza, como si mi comentario la hubiese apenado: “¡Oh no, esa maravilla no! Sería salirme de mi caminito de humildad; es necesario que las ‘almas pequeñas’ no tengan nada que envidiar en mí. Preparaos a no encontrar más que mi esqueleto.”280

 

24. La Sierva de Dios distó mucho de ser llevada por el camino de las consolaciones. Después de una de sus comuniones, nos dijo: “Es como si hubiesen puesto a dos niñitos juntos y los niñitos no se dijesen nada. Sin embargo, yo le he dicho algunas cosillas, pero él no me ha respondido: ¡sin duda, dormía!” Su tentación contra la fe no se atenuó en el umbral de la eternidad, al contrario, el velo se hizo más espeso.281

 

27. Muchas son las almas sencillas que se sienten atraídas hacia esta vida de amor y confianza, y el ejemplo de sor Teresa las alienta a entrar por él sin miedo. Las cartas que recibimos expresan con mucha frecuencia estos atractivos y estos alientos. Muchas comunidades se confiesan transformadas por ese “espíritu de infancia”, y desde todos los puntos cardinales se desea que su glorificación venga a sancionar “este camino de abandono y de pequeñez”. Entre estas almas sencillas no se cuentan solamente personas sin cultura, sino también sabios y doctores. El reverendo P. Pichon, S. J., me escribía: “Sí, Dios quiere glorificar a su humilde pequeña esposa. Después de esto, ¿cómo no esforzarnos por llegar a ser pequeños niños? A mis 66 años, estoy trabajando por conseguirlo.”291

 

Francisca Teresa (Leonia)

14. Lo que distingue y marca su carácter es precisamente esa fortaleza de ánimo que la impidió siempre desanimarse, arrojándola en brazos del total abandono y de la ciega confianza.309

 

21. Me escribió: “Querida hermanita, no te olvides de rogar por mí durante el mes del pequeño Jesús; ¡pídele que permanezca siempre pequeña, muy pequeña!”323

 

24. En una de sus cartas me dijo: “Me pides noticias acerca de mi salud. Pues bien, mi querida hermanita, ya no toso absolutamente nada. ¿Estás contenta?... Eso no le impedirá a Dios tomarme cuando quiera. Puesto que hago todo lo que puedo por ser un niño pequeño, ya ningún otro preparativo tengo que hacer. ¡Le toca a Jesús pagar todos los gastos del viaje y el precio de la entrada en el cielo!”325

 

Elías de la Madre de Misericordia

21. No teniendo nada que atestiguar sobre hechos particulares de la vida de la Sierva de Dios, bien quisiera ser capaz de hablar sobre el ascetismo teórico y practicado de sor Teresa, ascetismo que brilla con nuevo resplandor en la “Historia de un alma”, pero no me siento juez competente en esta materia. Solamente me atrevo a decir con toda verdad que amo todo lo que Teresa ama, y que admiro la sublime facilidad con que esta amable hermanita nos lleva al amor de Dios y el fervor con que nos compromete con su ejemplo a seguir el camino del cielo, ese camino que tan buen resultado le dio a ella, así lo confiesa, y que consiste en abandonarse total y filialmente en Dios, en los brazos del Amor misericordioso. La amo y admiro cuando habla de su caminito de infancia espiritual, totalmente recto y nuevo; cuando cuenta el hallazgo del Ascensor que ha de elevarla hasta el cielo, porque siendo tan pequeñita, el buen Jesús se inclinará para tomarla en sus brazos, que son precisamente ese “Ascensor” recién inventado; cuando enseña la práctica constante de negar su propia voluntad en todas las cosas, y la de prestar mil pequeños servicios a sus hermanas, sobre todo a las que le son menos simpáticas; cuando afirma querer permanecer siempre, no sólo resignada, sino unida a la voluntad de Dios, y llevar alegremente la cruz, y amar apasionadamente los sufrimientos; y cuando, por fin, pregunta a nuestra venerable Ana de Jesús en su misterioso sueño, “si Dios no le pide algo más que sus pobres pequeñas acciones y sus deseos, y si está contento de ella”, y recibe de la venerable la consoladora respuesta de que “Dios no le pide ninguna otra cosa, y que está contento, muy contento…” Todo esto me parece un lenguaje celestial y una doctrina muy segura, y al mismo tiempo al alcance de todo el mundo, aunque para practicarlo constantemente, como lo hacía nuestra amada y angelical hermana, se necesite una virtud heroica. En todo caso, es siempre un anticipo perfecto para forjarse la ilusión de que se puede hacer lo que los santos hicieron. Así pues, al leer la “Historia de un alma”, se termina por amar apasionadamente a sor Teresa, y por creer que se la puede imitar fácilmente en el ejercicio de sus virtudes, dando gracias a Dios por habernos dado tal modelo de santidad. Por lo demás, para juzgar de la belleza que entraña la doctrina de sor Teresa, y para creerla un querubín que habla del amor divino e inflama a los que la escuchan, bastaría con leer las últimas páginas que ella escribió en el capítulo XI de la “Historia de un alma”.337

 

María de la Trinidad y de la Santa Faz

21. En cierta ocasión, la Sierva de Dios me dijo, para probarme, hablando del “caminito de espiritualidad” que me había enseñado: “Después de mi muerte, cuando no tengáis a nadie para alentaros a seguir ‘mi caminito de confianza y de amor’, ciertamente que lo abandonaréis”. “Os aseguro que no – repliqué yo –. Creo tan firmemente en él, que me parece que si el Papa mismo viniese a decirme que os habíais equivocado, no podría creerlo.” “¡Oh! – respondió con viveza –: Habría que creer ante todo al Papa. Pero no temáis que venga a deciros que cambiéis de camino. No le daré tiempo; porque si al llegar al cielo, comprendo que os he inducido a error, obtendré de Dios el permiso de venir inmediatamente a advertíroslo. Hasta entonces y mientras tanto, creed que mi camino es seguro y seguidlo fielmente.”

Pregunté un día a la Sierva de Dios cómo se preparaba a sus comuniones. Me contestó: “En el momento de comulgar, me represento algunas veces bajo la figura de un niño de tres o cuatro años, que de tanto jugar lleva los cabellos y los vestidos sucios y en desorden. Estas desventuras me suceden en mis luchas con las almas. Pero en seguida, la Santísima Virgen se me acerca solícita. Se apresura a quitarme mi delantalito todo sucio, me arregla los cabellos y los adorna con una linda cinta, o simplemente con una florecilla…, y esto basta para pararme graciosa y hacerme sentar sin avergonzarme a la mesa de los ángeles.”368

 

21. Un día le dije que iba a explicar su “caminito de amor” a todos los parientes y amigos, e inculcar en ellos la idea de hacer su “Acto de ofrenda”, a fin de que fuesen derechos al cielo. “¡Oh – me dijo –, si lo hacéis, poned mucho cuidado! Porque ‘nuestro caminito’, mal explicado o mal entendido, podría ser tomado por ‘quietismo’ o por ‘ilusionismo’.” Estas palabras, desconocidas para mí me extrañaron, y le pregunté su significado. Me habló entonces de una cierta Madama Gyon, que se había extraviado por un camino de error, y añadió: “Que nadie crea que seguir nuestro ‘caminito’ es seguir un camino de reposo, trazado todo él de dulzuras y consuelos. ¡Ah, es todo lo contrario! Es ofrecerse como víctima al amor, es ofrecerse al sufrimiento, porque el amor no vive sino de sacrificio; y cuando nos entregamos totalmente al amor, hemos de esperar ser sacrificados sin reserva alguna.”370

 

21. Lo que ella llamaba “su caminito de infancia espiritual” constituía el tema constante de nuestros coloquios. “Las predilecciones de Jesús son para los pequeñitos” – me repetía –. No se agotaba hablando de la confianza, del abandono, de la sencillez, de la rectitud, de la humildad del niñito, y me lo proponía continuamente por modelo. Un día en que yo le manifestaba mi deseo de llegar a poseer mayor fuerza y energía para practicar la virtud, me replicó: “Y si Dios os quiere débil e impotente como un niño… ¿creéis que por eso tendréis menos mérito?... Consentid, pues, en tropezar a cada paso, incluso en caer, en llevar vuestras cruces débilmente; amad vuestra impotencia, y vuestra alma reportará más provecho que si, llevada por la gracia, cumplieseis con entusiasmo acciones heroicas, que os llenarían el alma de satisfacción personal y de orgullo.”388

 

22. Sor Teresa del Niño Jesús abrigaba la intuición de que llegaría a ser el prototipo de una legión de “almas pequeñas”. Muchas veces expresaba este presentimiento con la sencillez encantadora. Un día, le dije: “Me gustaría que murieseis durante vuestra acción de gracias, después de la comunión.” “¡Oh, no – me respondió – no es así como deseo morir, eso sería una gracia extraordinaria que desanimaría a las ‘almas pequeñas’, porque ellas no podrían imitar eso!”390

 

Godofredo Madelaine

20. Lo que me pareció notable en el estado de alma de la Sierva de Dios es que, llevada por la atracción de la gracia a los actos de amor puro y desinteresado, nunca cayó en las ilusiones del quietismo: la esperanza cristiana permanece en ella con todos sus derechos. Practica el abandono más filial, pero no cae nunca en una pasividad quietista que excluye las obras.409

 

20. Pone en todas las virtudes cristianas un sello de sencillez y de infancia evangélica. Así, hablando de la oración, dice: “Fuera del oficio divino, no tengo valor para buscar en los libros bellas oraciones. Hago como los niños que no saben leer; digo a Dios con toda sencillez lo que quiero decirle, y siempre me entiende. Para mí, la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio de la tribulación como en medio de la alegría, algo elevado y sobrenatural que dilata el alma y la une a Dios.”

Este espíritu de infancia cristiana la llevaba a tomar, y a aconsejar a los demás, respecto a Dios una actitud de abandono y de confianza sin límites, que sigue siendo una característica de su espiritualidad.411

 

21. Basta leer atentamente la autobiografía de la Sierva de Dios para convencerse de que la humildad era su virtud fundamental. Mis conversaciones con ella me la mostraron siempre como un alma excepcionalmente ingenua y pequeña a sus propios ojos. No creo haber hallado nunca en mi ministerio un alma más humilde y a la vez más magnánima.413