CAPÍTULO I

LA INFANCIA ESPIRITUAL

 

En verdad os digo que quien no recibe el Reino de Dios como un niño no entrará en Él (Mc. 10,15), quedó escrito en la sagrada Escritura, para siempre.

La escena es muy normal. Jesús está sentado y a lo lejos le contemplan un grupo de mujeres con sus hijos que ya le conocen, saben de sus buenas obras y creen en Él y piensan que sería muy bueno que por lo menos, tocara a sus niños. Y se acercan sin temor y se los presentan.

Mientras tanto, los discípulos, que velan para que el Maestro descanse, al ver la escena intervienen y las reprenden. Consideran, y así reaccionan, que es una molestia para Jesús encontrarse rodeado de pequeños. No podían imaginarse la acción y la respuesta del Señor. No solo los toca  -permite que estén cerca de Él-, sino que los abraza, los bendice y les impone las manos y hace un comentario muy significativo, mientras que denota su enojo: Dejad que los niños vengan a Mí y no los estorbéis porque de los tales es el Reino de los cielos.

Con esta cita se inicia este libro que tiene como fin recorrer esta doctrina de vida de infancia espiritual que se fundamenta en el desarrollo de virtudes como la confianza, la audacia, la sencillez, la naturalidad..., que acompañan a la gran virtud de la humildad, tan asequible y difícil -pero posible y apta para todos-, y las pequeñas y continuas mortificaciones que tienen como objetivo agradar a Dios en todo lo diario y que se centran en el olvido de uno mismo por amor a Dios. Y todo ello envuelto en la Caridad en su doble aspecto: amar a Dios sobre todas las cosas y a los demás por Él. Y aún más, descubrir en los otros la faz de Dios.

No se trata de permanecer en un estado infantil que denote una inmadurez, a ojos vista. Eso sería ridículo y poco atractivo: Cuando te llamo “niño bueno” no pienses que te imagino encogido, apocado.- Si no eres varonil y... normal, en lugar de ser un apóstol serás una caricatura que dé risa.[1]

Es una senda espiritual que encuentra su origen en el descubrimiento de la Paternidad de Dios y que muestra a todos una actitud de niños que le tratan cara a cara. Consiste en sentir y obrar, bajo la influencia de la gracia, como el niño obra por naturaleza.[2]

Las almas -a las que se les propone actuar como los niños en el plano sobrenatural-, deben imitar sus cualidades y disposiciones  no sus defectos, ni pequeñas malicias. El niño es consciente de su debilidad.

El niño pequeño después de haber cometido cualquier falta o desobediencia, mira fijamente a sus padres y con voz firme y segura promete no volver a actuar mal. Y un esbozo de sonrisa -que gusta mucho a sus padres-, acompaña sus palabras. Así el alma que se siente muy niña es capaz de decir y vivir: Los grandes santos trabajaron para dar más gloria a Dios, pero yo que no soy más que un alma muy pequeña, trabajo solamente con el único deseo de agradarle; por eso me sentiré muy dichosa de poder soportar grandes sufrimientos, con tal de que le haga sonreír, aunque solo sea un instante.[3]

Deseos y promesas que son del agrado de Dios porque van por delante de múltiples acciones que pueden parecer nimias y que no lo son. El amor que perdura -el que se llama y es de verdad amor-, está compuesto de esos momentos que se repiten sin cansancio. Y son precisamente esas pequeñas fidelidades las que pueden obligar a Dios a ayudar al alma en las situaciones más grandes. Es como subir cada día un peldaño y procurar no ir hacia atrás. Lo esencial es colocarse en posición de subida. Lo demás corre de su cuenta. Y es lógico, entonces decir: Desde pequeñita me ofrecía a Jesús para ser su “florecilla”. Ansiaba consolarle, acercarme también junto al tabernáculo, ser mirada, cultivada y tomada por Él.[4]

Se trata de intentar colocarse en diferentes estadios del amor que recuerdan sin intervalos que Dios-Padre nos espera. Él lo desea, quiere ser objeto de nuestra atención y de nuestras ofrendas. Espera que le agrademos durante el día y la noche con pequeñas cosas que pueden convertirse en un todo grande, si se repiten sin cansancio, y buscan solamente la gloria de Dios: Permanecer siempre pequeña, sin otra ocupación que la de recoger las flores del amor y ofrecerlas a Dios para darle gusto.[5]

La vida de infancia espiritual excluye todo sentimiento de soberbia y de presunción, de valerse por sí sólo. Y supone una fe viva de la existencia de Dios, un homenaje sincero y práctico de su Omnipotencia y de Su Misericordia. Se comprende fácilmente porque el Señor lo indicó como condición necesaria para la vida eterna: Si no os volviereis como niños... ¿Quién puede volverse niño? Aquel que no lo es y a quién Jesucristo aconseja hacerse como tal. Se debe intentar siempre, sin poner disculpas en las que hay justificaciones como la edad, la situación personal, las circunstancias, los demás.... Todos podemos ser niños y actuar como ellos para ganar fácilmente el Amor de Dios.

El Maestro de la vida interior -de esta relación del alma con Él-, es  Jesús; ha sido siempre y es el mismo Cristo. Y es Él, el que dijo a un alma santa: Aunque mi grandeza es inconcebible, trato solamente con los pequeños, exijo de ti, la infancia del espíritu.[6] Si recogemos citas del Evangelio podemos ver que Él obra así. Y entre muchas, una de ellas es muy significativa y es una enseñanza viva que puede servir de gran ayuda en cualquier momento de la vida. En tiempos difíciles, cuando se vislumbra ya el momento de la despedida para entrar en su Pasión y Muerte, habla Jesús. Y sus palabras recogen ese eco amoroso que se trasluce en esta otra cita de Marcos: Hijuelos, ya poco tiempo estoy con vosotros y me iré al que me ha enviado. Me buscaréis y no me hallaréis, y adonde Yo voy, vosotros no podéis venir (Jn. 7,33).

La escena no puede ser más íntima. El Señor pronunciaría estas palabras con infinita ternura. Aunque en la lengua aramea no existe semejante diminutivo: hijuelos, el Señor debió de hablar con una fuerte carga emocional, con un tono diferente que llamó la atención de los apóstoles. Y es posible que al traducirlo al griego se transmitiera así,  ya que cuando hay amor, la ausencia: me buscaréis y no me hallaréis, denota una cierta nostalgia.[7]

El Señor cuando quiere demostrar su amor por los hombres utiliza unos términos cariñosos, semejantes a los que las madres utilizan para hablar con sus hijos pequeños. Y los hijos aceptan esas palabras porque las dicen sus madres y no las rechazan, siempre son atendidas y cuando no las oyen las echan de menos.

 

RECUERDOS DE LA VIDA DE INFANCIA

Y hay recuerdos de la vida de infancia que vienen a la memoria cuando los mayores se encuentran en soledad. Una soledad, ávida de una presencia divina, que por egoísmo se encuentra centrada en “mi yo”, porque voluntaria o involuntariamente ha ido colocándose por encima del buen Dios; cuando se ha perdido ese frescor de los niños. Ellos, los niños, van por la vida sin temor porque van agarrados a esa mano materna o paterna que les conduce a lugares seguros. Pero todo es susceptible de volverse a recoger, empezar a vivir más en Dios, estar más pendiente de sus deseos.

Se recuerda entonces aquella dificultad que se sentía ante la oscuridad. De niños no éramos capaces de atravesar el pasillo  de la casa -aunque fuera corto-, que iba desde el cuarto de estar hasta la propia habitación.

Y unas veces, ese niño solicitaba descaradamente una mano que le condujera; y otras, remoloneaba en torno a la madre o a la persona mayor cercana, con el mismo fin. Y una vez bien cogido a esa mano, iba a dormir cruzando ese espacio acompañado y ya no tiene temor. Incluso va con el cuerpo erguido mirando a todos como diciendo: así, voy contento.

El temor no pertenece solo a los niños. El adulto también lo tiene de un modo diferente. La noche o un atardecer con sombras impone. Y más si ese día finaliza sin haber resuelto un conjunto de situaciones difíciles, aparentemente imposibles; cuando hay tristeza en el corazón, cuando uno se da cuenta de la necesidad tan grande que tiene de volver a ser muy pequeño y recitar aquellas oraciones tan simples y tan profundas, a la vez, que daban la paz. Cuando uno apercibe que ha dejado muchas veces sólo a Jesús.

Aunque el ejemplo parezca excesivamente nimio, los mayores también necesitan que les brinden una mano más de una vez. Viene como anillo al dedo  recordar que san Juan dejó escrito en el prólogo de su Evangelio: Dios es luz y no hay en él tiniebla alguna (Jn. 1,5-6).

En Dios no existen las sombras, ni temores, ni oscuridad alguna, Dios extiende su mano, la brinda como un compañero dispuesto a mostrarnos ese espacio de vida que no debemos recorrer solos, como el niño. Al ser la misma Luz ilumina al hombre en su caminar. La pena, el dolor, el egoísmo, la pereza, la soledad se mitigan con El, son posibles de llevar bien e incluso de asumirlas y convertirlas en amor porque quien las permite es Él.

 

SE QUISO QUEDAR

Y es Juan, el apóstol adolescente, quien lo dice con conocimiento de causa ya que él, muy osado, es el único que reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús.

Aquella tarde, que ha quedado sellada para siempre como un día especial, lleno de amor y de oscuridad por la traición, fue el momento en el que Jesucristo, el Hijo de Dios, decidió quedarse para siempre con los hombres iluminándolos a través del Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre: la Sagrada Eucaristía, con el fin de no dejarlos solos, ya que Él iniciaría la cruenta Pasión y Muerte para librarlos del pecado y después resucitaría y volvería a su Padre. Se quiso quedar para acompañarnos si libremente expresamos ese deseo, para tendernos una mano en la oscuridad y estará siempre a nuestro lado  en ese camino breve o largo de la vida. Así nunca, nadie, se encontrará en soledad.

Es Jesús el que ha enseñado a los hombres la ternura, el modo de tratarse unos con otros para hacerse compañía; y es el que ha dado a las madres ese poder  de entregarse a sus hijos de un modo único, con ese querer que da la maternidad porque Dios ama a los hombres, entrañablemente.

Y allí -junto a Jesús, reclinado sobre su pecho-, Juan escucha la confidencia de quién sería el traidor. Es casi seguro que el apóstol -que a sí mismo se llama: el que Jesús amaba ( Jn, 20,2)-, recogió más de un desahogo del corazón de Cristo. Era una tarde sombría para todos, se iba a consumar la Redención de la Humanidad, pero el adolescente contó con  ese amor especial del Amigo.

Juan era muy joven y como tal actuaba con la libertad y la seguridad de ser atendido. Y por eso no extraña que sea el único capaz de transmitir a la posteridad aquel último párrafo de su Evangelio en el que dice con sencillez y osadía: se podrían escribir tantos libros sobre el Señor que ni el mundo entero podría contenerlos (Jn. 21,25). Él, más que ninguno, sabía cosas que Jesús le había confiado. Juan sabía de amor.  Parece una fanfarronada de un pequeño, grande por el amor que profesó a su Maestro. La seguridad que le daba el amor de Jesús le impelía a decir cosas que para otros, de mayor edad, podrían parecer niñerías. Y que no lo son. Pertenecen al mundo interior donde la sabiduría divina se asienta.

El que sea más pequeñito, que venga a Mí, dijo el Espíritu Santo por boca de Salomón. Jesús se complace en mostrar el único camino que conduce a esa hoguera divina. Ese camino es el abandono de niño que se duerme sin miedo en los brazos de su padre. Y ese mismo Espíritu de Amor  dijo también que a los pequeños se les trata con misericordia. Y en su nombre el profeta Isaías nos revela que en el último día: el Señor llevará a pastar a su rebaño, reunirá  a los corderitos y los estrechará contra su pecho. Y como si todas las promesas no bastaran, el mismo profeta, cuya mirada inspirada se hundía ya en las profundidades de la eternidad, exclama en nombre del Señor: como una madre acaricia  a sus hijos, así os consolaré yo, y os llevaré en brazos, y sobre las rodillas os acariciaré.

Para acercarse y amar a Jesús, de modo semejante, hay que recorrer el camino de vida de infancia espiritual que sirve para todos los hombres con la finalidad de que lleguen a conversar con Dios con la misma naturalidad que los niños, pidiendo o deseando aquello que en el momento apetecen, seguros de que Jesús va a complacerles. Y si no es así, tienen la certeza de que serán escuchados o de que su petición no es oportuna y han de aceptar una negativa. Es por su bien, lo detectan y lo aman, porque el amor conoce cuando el Ser Amado exige vivir generosamente una situación costosa o solicita una espera. El amor verdadero da y pide. Se oculta y permanece. Pero siempre se encuentra cuando es necesario. La correspondencia depende de cada uno y es el hombre que ama bien el que libremente -en la docilidad al requerimiento de Dios-, acepta.

 

EL “CAMINITO” DE AMOR

Este camino, sin llamarlo así, se puede decir que lo han recorrido todos los santos. Es normal que si el amor es profundo y único, el lenguaje ha de ser tierno, cariñoso y atento. Pero de un modo especial como un “caminito” único, ha sido santa Teresa de Lisieux la que en unión directa con el Señor lo descubrió en su pequeñez. Sus hagiógrafos dicen que lo aprendió directamente de Jesús, ya que nunca supieron dirigirla sus confesores -salvo uno que le dio ánimos-, porque les parecía que ese modo de tratar a Jesús era sobrepasarse. Y así lo dice ella misma: Solo Jesús me ha instruido, ningún libro, ningún teólogo me lo ha enseñado. Y  por lo tanto, siento en el fondo de mi corazón que estoy en la verdad. No he recibido estímulo de nadie....Cuando se ha presentado la ocasión de expansionar mi alma, he sido tan poco comprendida, que al igual que san Juan de la Cruz, he dicho a Dios: No quieras enviarme de hoy ya más mensajero, que no saben decirme lo que quiero.[8]

Hay -entre muchas-, dos ideas en su vida que ayudan y que comentan sus biógrafos. Dicen que el mérito particular de la santa -lo que caracteriza su modo de ser-, es haber sabido mostrar a plena luz una verdad: la mortificación ejercitada en las cosas pequeñas -incluso en las más insignificantes-, resulta más humillante y no menos mortificante que la practicada con grandes e ingeniosos dolores físicos voluntarios.

Y además, refieren lo que se dijo en su proceso de canonización: que Dios se muestra tan poderoso en la creación de lo infinitamente pequeño como en lo grande. Y santa Teresa de Lisieux ha demostrado su fuerza en la multiplicidad de actos pequeños, y añaden, microscópicos.

Un santo del siglo pasado, san Josemaría Escrivá, ha vivido este camino de vida de infancia espiritual, con unas características específicas, recibido de Dios Padre, que ha dejado escrito en varias de sus obras, como: Camino”, el Santo Rosario, Surco” y Forja. Muchos y amplios capítulos que resumen su propia vida, transmitida a través del Opus Dei. Este camino abierto también, para todos los laicos ha tenido una gran aceptación y  lo han hecho suyo en su vida, miles de mujeres y hombres, casados, solteros, y sacerdotes, repartidos por  todo el mundo. Para escribir este libro he recogido párrafos textuales suyos, que quedan debidamente señalados.

 

TEORÍA DE LOS INFINITOS

Se añade una observación que puede aclarar más esta idea de lo pequeño. Es posible que así pueda ser más valorado en su justa medida.

Se trata de la célebre teoría de los dos infinitos de Pascal, citados por Petitot, que dice: hay dos infinitos que se encuentran en todo y cuyo conocimiento proporciona al espíritu grandes maravillas: el uno es de grandeza, el otro de pequeñez...Los filósofos han pretendido, más bien, llegar al infinito de pequeñez...Como nosotros, por encima de las cosas pequeñas, nos creemos más capaces de poseerlas, y, sin embargo no es menester menos capacidad para llegar hasta la nada, que para llegar hasta el todo. El uno depende del otro y el uno conduce al otro; estos extremos se tocan, se reúnen a fuerza de separarse y se encuentran en Dios, solo en Dios.[9]

Desde lo mínimo, trabajando sobre uno mismo y amando como los pequeños se llega a lo grande, a la santidad personal, siempre auxiliados con la gracia de Dios.

El bagaje inmenso de esta relación del alma con Dios, a través de los tiempos, demuestra que este camino de vida de infancia espiritual es importante para todos y en especial para los que desean de verdad enamorarse de Dios y corresponderle, en la medida que Él quiere, contando siempre con su gracia.

Por supuesto no queda cerrado, sino abierto a lo que cada uno experimente en esa relación de amor tan rica y tan inmensa, ya que procede y va al mismo Amor.

 

LA PATERNIDAD DIVINA

Y al mismo tiempo, se completa este camino de vida de infancia espiritual, con el conocimiento más hondo de la Paternidad divina. Un hijo, que conoce la infinita misericordia de su Padre Dios, fundamenta su vida en torno al sentido de su filiación. Y aúna su pequeñez humana con la grandeza de considerarse y ser realmente hijo Suyo.

Paternidad divina que ha quedado bien expresada en la Sagrada Escritura, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, y de los que se recogerán algunos momentos en los que Dios Padre primero, y Jesucristo después, acompañarán siempre a ese hombre creado a su imagen y semejanza.

Este modo de amar a Dios, también se ha versificado. Y es una gran poetisa, Ernestina de Champourcin, que perteneció muchos años al Opus Dei, la que repite como una oración profunda e intensa: Cercada estoy, Señor,/ por Ti solo cercada./ Ciérrame la salida,/ acorrálame el alma,/ anula mis defensas./ Cercada estoy, cercada/ por esa verdad Tuya/ -escudo que me ampara/ saeta que me hiere,/ crecida que me arrastra./ Cercada sin remedio,/ cautiva sin murallas.[10]

 


 

[1] San Josemaría Escrivá. Camino, nº 877.

[2] Pío XI. Homilía de la Canonización de S. T de Lisieux. 17.V, 1925.

[3] ibidem. Pág.417

[4] Ibidem. Pág. 56, pár. 2

[5] Santa Teresa de Lisieux. Obras completas. Ed. Casulleras. Barcelona, 1950, pag.441.

[6] Santa Faustina Kowalska. Diario. Ed. Padres Marianos. Massachusetts, 2003, pág. 164.

[7] José María Bover. “Comentarios al sermón de la cena”. Ed. BAC, pág. 27. Madrid, 1955.

[8] San Juan de la Cruz. Poesías completas. Ed. Aguilar, 1968. Pag. 26,6.

[9] R.P.H Petitot.” Un renacimiento espiritual” Págs. 32-33. Ed. Balmes. Barcelona,1948.

[10]  Ernestina de Champourcin. “Del exilio a Dios” Pág.87. Ed. Rialp, Madrid, 2002.