CAPÍTULO II

LA PEDAGOGÍA DIVINA

 

Pedagogía viene del griego “paidós” que significa: niño; y “ago” que quiere decir: yo conduzco, educo, guío. O sea, conducir al niño. Y si la Pedagogía es divina, el Maestro es el propio Dios-Padre y a quién enseña es al hombre. Y se puede apreciar con toda nitidez a través de los textos sagrados que Yahvé-Dios, primero y Jesucristo, el Hijo de Dios después, desean ser esos guías para el hombre que fue expresamente creado para ser feliz.

Dios Padre se define a sí mismo a través de la Sagrada Escritura, como un pedagogo, no como un teórico, o un experto en ciencias humanas. Su objetivo es que el hombre mejore su alma, por eso la cuida, la conduce con amor. Y desea con vehemencia que el corazón humano corresponda a su Amor. El amor de Dios al hombre es un “ritornello” que se encuentra repetido en los libros sagrados y hecho vida en el paso de Jesucristo por este mundo.

Son precisamente palabras Suyas las que lo confirman: Mi Padre os ama porque Yo os he amado y os ha amado como a Mí...porque vosotros me habéis amado y habéis creído que he salido de Dios (Jn.16-17 y 17-23).

Y esta verdad se puede constatar, como se ha dicho, a través del Antiguo Testamento donde Dios Padre es el guía de Profetas y Patriarcas y de Su Pueblo; y del Nuevo Testamento, donde Jesucristo, como Pastor de las almas, nos conduce con su ejemplo de Vida.

El modo de hacer de Dios Padre y después de Jesucristo se recoge como una pedagogía eficaz, porque es el mismo Dios quien enseña el camino a las almas con una claridad total. No da lugar a dudas, aunque a veces sus caminos sean áridos.

Cualquier varón o mujer, que es padre o madre, sabe que ha de ejercer la paternidad-maternidad a veces con exigencia, negando algo de lo que pide el niño, que puede resultar duro, o con satisfacción y alegría y compartiendo hasta las nimiedades.

¡Qué feliz es el niño y cómo disfrutan los padres en este tiempo de aprendizaje! ¿Cómo disfrutará Dios Padre, Creador y Modelo de padres? ¿Cómo lo hará?

Es fácil de conocerlo leyendo la Sagrada Escritura. Y es un modo de aprender y es una satisfacción comprobar que Dios ama tanto al hombre y se cuida de él en todo momento. Y surge sin querer el agradecimiento por tanta bondad inmerecida: ¿Has presenciado el agradecimiento de los niños? –Imítalos diciendo, como ellos, a Jesús, ante lo favorable y ante lo adverso:”¡Qué bueno eres! ¡Qué bueno!...” Esta frase, bien sentida, es camino de infancia, que te llevará a la paz, con peso y medida de risas y llantos, y sin peso y medida de Amor.[1]

 

LA MANIFESTACIÓN DE DIOS PADRE A PATRIARCAS Y PROFETAS

Dios Padre es, ante todo, un Padre amoroso que ama tiernamente a sus hijos, no en vano los ha creado Él mismo. Es muy variado el modo de relacionarse con sus hijos y en todas las ocasiones muestra un gran amor y un fuerte deseo de que cada hombre se acerque más a Él, de que aprenda el sentido del verdadero amor y permanezca fielmente, correspondiéndole.

En el Antiguo Testamento se manifiesta a su Pueblo a través de los Patriarcas y de los Profetas. La comunicación con ellos se establece de varios modos: habla directamente con algunos, otros oyen solo su voz y en variadas ocasiones, indica su voluntad a través de los sueños.

El diálogo de estos hombres con Yahvé su Dios, es el de un Padre con su hijo, completamente natural, donde se puede constatar por la sencillez en las preguntas y respuestas el verdadero amor que les une. En muchas ocasiones provocan el enfado de Dios cuando -con esa libertad que da la confianza-, se niegan a ser portadores de su Palabra.

Todo discurre en un clima de amistad sincera, sencilla, confiada, exigente, audaz y amorosa de dos seres que se quieren. El hijo expresa sus temores con una gran confianza, habla como un niño que sabe que es comprendido y también  tiene la experiencia de que va a ser, en muchas ocasiones, exigido. Pero a  pesar de todo, habla, discute, no parece que va a obedecer y siempre se rinde ante un Dios que le ama.  Se pueden señalar estas características como principios y argumento del auténtico camino de amor propio de los niños que, sin malicia, hacen lo que les dicen sus padres aunque la protesta pueda dilatar o entorpecer la docilidad a la petición paterna.

El recorrido por el Antiguo Testamento será breve, sólo como una muestra de un amor correspondido que se vuelca en palabras seguidas de acciones libres, que entrañan una familiaridad y una confianza plenas en las que el hombre a través de sus flaquezas, pero con fe y acatamiento, va a realizar lo que se le pide aunque en principio le parezca un imposible.

El Patriarca o Profeta actúa como un niño que no llega a comprender la solicitud de Dios, su Padre. Y de este modo, aceptando y negando su respuesta y confiando en que Dios le ama paternalmente, se desarrolla su vida. Una vida con dificultades, problemas y exigencias que se van solventando en un tira y afloja donde en una parte del hilo está presente la Paternidad de Dios y en el otro, el hombre que actúa como un niño que se rinde al calor del amor divino.

Esa relación Dios-hombre se va haciendo cada vez más fuerte y sólida de tal modo que posteriormente los Profetas y Patriarcas hacen suyos los deseos de Dios en su propia vida y los transmiten con fidelidad.

 

MOISÉS Y LA MISIÓN DIVINA

Moisés el gran Patriarca, es una figura que se destaca entre los demás. Liberado de las aguas, criado en la corte del Faraón; por defender el amor hacia sus hermanos mata a un hombre, se asusta al ser descubierto y huye al desierto. Pasa por muchos sufrimientos. De esta manera Dios lo va preparando para su misión futura, la de guiar al Pueblo de Israel. Será el Pastor que conduzca a los judíos a través de las penalidades del desierto para terminar en la tierra prometida, que llegará a ver y en la que no entrará porque la muerte le sorprende.

Dios está con él. La amistad con Dios se inicia con la llamada que recibe en la zarza ardiente, donde le dice expresamente que será el conductor de Israel y donde por primera vez le comunica que: “Yo estaré contigo” y suceda lo que suceda le promete que será su Guía y Ayuda.

Moisés se encuentra en una situación apurada. El diálogo que mantiene con Dios no puede ser más humano y más divino. Al mismo tiempo se siente y actúa como un hijo pequeño frente a su Padre-Dios.

Tiene amistad con Yahvé y sus conversaciones están llenas de esa confianza que genera un trato continuado. Pero ante los deseos de Dios de que hable a su Pueblo, la respuesta es negativa pero sincera, busca subterfugios que en realidad tienen fundamento:

Pero, Señor, yo no soy hombre de palabra fácil, y esto no es de ayer, ni de antesdeayer, y aún ahora que estoy hablándote, se me traba la lengua  ( Ex. 4,10). Moisés es como un niño que balbucea.

Es lógica la respuesta del Patriarca, tiene dificultades para expresarse y demuestra que, aunque lo desea, su lengua le juega una mala pasada.

Así, a veces con razón, se elude lo que cuesta y se decide que una vida cara a Dios, que responda afirmativamente a sus peticiones, no es necesaria. Se esgrime la disculpa de la torpeza personal, de los pocos valores que se poseen. Y el alma que no oye las indicaciones divinas porque piensa que no son para ella, permanece “tranquila”.

La lógica humana, el no poder uno solo, no entra en la petición de Dios. El ya ha dicho que necesitamos su gracia para actuar y espera que la solicitemos para enviarla. A veces es peor, el hombre elude la ayuda divina, y entonces no  va al unísono con Dios. Camina solo y así todo resulta más complicado y se yerra con más facilidad. La imagen de un niño enfadado que corre por el pasillo de su casa huyendo de la exigencia materna es “gracioso”, por decirlo de un modo familiar. Y el empeño de la madre para que vuelva, es consolador. No hay gravedad en esta lucha de dos. Ya se sabe quién va a ganar. Y ¿cuál es el pago a esta carrera desenfrenada? Un fuerte abrazo y un beso que borran el enfado y las lágrimas, aunque todavía perdure la agitación y el disgusto. Si una mujer paga así, ¿cómo pagará Dios la menor cosa que se hace por su amor?  Vamos a verlo.

 

ASOMBRO Y DESARME DEL PROFETA

Dios Padre responde con una pregunta obvia que asombra y desarma al Patriarca: Y ¿quién ha dado al hombre la boca....? ¿No soy por ventura, Yo? Dios no cede, hace discurrir al que vacila para que recapacite y reconozca que Él es el Creador; y entonces le ordena: Ve, pues yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de decir.

¿No es este un diálogo normal entre Padre e hijo?

La enseñanza divina continúa en la línea Paterna, primero pregunta con asombro ¿no te lo he dado yo? Y añade otra vez su ayuda con ternura materna, hablará por el y le enseñará. No se puede dar más: Yo lo haré por ti.

Dios no está nunca lejos del hombre, no se encuentra en las alturas y desde allí contempla la vida humana y la rige con órdenes. Más bien es todo lo contrario no se oculta, es una luz que brilla para todos. Sus palabras, aunque a veces van dirigidas a personas concretas, son para todos. Dios es un ser cercano, en su corazón domina la armonía.

¿Qué es la armonía? La armonía es unión y combinación de sonidos simultáneos y diferentes, pero acordes, que suenan bien al oído. Son palabras que llevan en sí una incitación a obrar bien, que tienen un atractivo, son divinas, que gustan al que las quiere escuchar.

Si Dios está contento, ¿qué más puede querer el hombre?

Y esta conversación con Moisés -que se repetirá a lo largo de su vida-, es para todos incluso para aquellos que están fuera de la órbita de Dios. Son una invitación para toda la humanidad: Yo estaré contigo.

Y es una manera de enseñar a quien está cerca de Dios, cuando éste pierde su Presencia y actúa solo. Y una advertencia seria: puede parecer a las almas que están cerca de Dios que ya no requieren este estilo de ayuda, ya no son niños que necesitan la mano para cruzar una calle. Ya son adultos que conocen el color de los semáforos y esperan tranquilamente que se pongan en color verde.

Y sin embargo, no es así. Van cruzando las calles de la vida en color rosa -ni verde, ni rojo-, bordeando el peligro. Y es natural que muchas veces sus reacciones tengan una gran semejanza con la respuesta de Moisés que insiste en que él no puede hablar a su pueblo y menos conducirlo: primero porque tiene dificultades, luego porque tiene miedo; y por último, porque le falta decisión. Está muy bien donde se encuentra: ¿para qué complicarse la vida? Parece un niño terco que no está dispuesto a obedecer el mandato de su Padre Dios.

Continúa el diálogo y la excusa con una solución que, a su juicio, es la que vale: Manda tu mensaje Señor, te lo pido, por mano del que debas enviar. Es remiso a la petición de Dios, no está dispuesto a realizarla. Se lo envía de rebote a otro.

¡Cuántas veces las almas buenas echan sobre las demás lo que deberían de hacer ellas!

Esto lo repiten los niños pequeños -cuando no tienen ganas de comer-, esconden o tiran la comida -sin que les vean sus madres-, en lugares que después ellas encuentran. Y se enfadan con sus hijos porque creían que habían comido y descubren la triste verdad.

Insiste Moisés con una tenacidad y torpeza que encienden la cólera de Dios. Y se podría pensar que Dios -en este caso concreto-, como en algunos que se contemplan en la vida de los demás y en la propia, no tiene razón. Se excede, pide demasiado, no se le comprende.

Y aún las personas que le aman, ante una situación de enfermedad personal, cuando sucede algo que se considera y es difícil en la familia, un trabajo malogrado, un hijo que se pierde, un cataclismo, reaccionan humanamente sin contar con la ayuda sobrenatural, se echa en falta la visión de Dios. Y a veces, a Dios se le piden explicaciones. Y como decía alguien: “A Dios se le puede pedir todo, menos explicaciones”. La solución a esos sufrimientos se encuentra en el propio Dios. Es el momento de la serenidad, de la aceptación dolorosa pero segura, porque todo lo que viene de El, tiene un por qué que ahora no se entiende, aunque se considere que no es el momento oportuno. Y no es así.

Dios prueba al alma y desea que confíe en El. Nadie ama a las criaturas más que El; y por lo tanto vela constantemente por ellas y si permite o quiere que pasen por ese trago amargo es siempre para su bien. Aunque es verdad que no es tan fácil verlo y resulta a veces complicado, aceptarlo.

 

EL DESVELO DE DIOS

¿Cómo entiende Moisés semejante petición de Dios?

A la par que la cólera divina se acompaña la respuesta adecuada, que es un desvelo de Dios con el que ama. No es una exigencia descarnada es el deseo de que se adhiera a su voluntad, confiando. Y le enseña. Y su enseñanza es amable:

¿No tienes a tu hermano Aarón, el levita? Él es de fácil palabra. Te saldrá al encuentro, y al verte se alegrará tu corazón. Háblale a él y pon en su boca las palabras, y Yo estaré en su boca y en la tuya, y os mostraré lo que habéis de hacer. Él hablará por ti al pueblo y te servirá de boca y tú serás Dios para él. El cayado que tienes en la mano, llévalo y con él harás las señales.

Analizando cada frase se puede decir que en principio, Dios escucha, se reitera, se irrita. Pero enseguida busca una ayuda semejante y cercana a Moisés: su hermano que es de palabra fácil, sabe hablar, no tiene reparos y además hará lo que le pida Moisés. Dios allana el camino de un modo natural y asequible, cediendo a la presión del Patriarca que, de un modo repentino y visceral sin medir sus consecuencias y sin pensar que puede enfadar a Dios, dice que no puede. La demostración divina es que sí puede, si se apoya en Dios.

Y hay un matiz amoroso que se añade al pedagógico y es que si Yahvé está en su boca, no tiene que preocuparse porque además estará también en la de su hermano. No deja dudas con respecto a la posible equivocación del propio Moisés que puede hacerlo, porque se encuentra en un estado un poco ansioso y desasosegado. Dios estará también en Aarón.

Y como Dios Padre quiere tanto a Moisés le hace ver que este saldrá alegre a su encuentro. Aarón no va a poner pegas, será su hermano y compañero que recibirá también la compañía divina. Dios se adelanta por si acaso. Moisés es capaz de contestar ¡otra vez! que quizá, a Aarón le va a costar tanto como a él. Y en ese caso ¿qué hace?

Dios ataja la posible desconfianza, no desea que sufra ni un momento más. Es el Padre dirigiéndose a su hijo. Y para finalizar le coloca “un broche de brillantes”: Aarón oirá su palabra y las acciones que van a emprender los dos de conducir al Pueblo, las realizarán como si fueran el propio Dios.

Resumiendo: en un diálogo breve se contienen la petición, el desaire, la cólera, la solución y el inmenso cariño con que Dios rodea al Patriarca. Y el conducto pensado por Dios, es su hermano, que a su vez cuenta también con su Padre Dios.

Así actúa Dios, como un Padre y una Madre juntos, viendo los pros y los contras, sin cesiones, presiones o disculpas, pero colocando al mismo tiempo las soluciones pertinentes. Todo ello rodeado de amor. Pero hay que saber verlas, estar en disposición de oírlas, hay que tenerlas en cuenta. Hay que dar tiempo al tiempo. No precipitarse.

Si el hombre pretende actuar solo, coloca a sabiendas trabas para que Dios no acuda a ayudarle. Es o se presenta como autosuficiente. La soberbia de no querer contar con Él es la mejor señal de que Dios no va a acudir a un corazón en el que falta la humildad.

En el tira y afloja del Patriarca y Dios, rezuma la confianza. La sinceridad de Moisés contrasta con la paciencia amorosa del Dios-Padre que reacciona simplificando y colocando ayudas al que se dirige a Él. Al Padre le conmueve la sencillez de sus hijos, los hombres. Aborrece  la mentira y le hace gracia la tozudez, cuando es humilde.

No quiero, no sé, no me apetece, déjame en paz. Los padres no se enfadan con el olvido y la resistencia que puedan poner sus hijos a obedecer. Es todo lo contrario, buscan modos y maneras de convencer al rebelde que es sencillo. Cuando la rabieta del pequeño es de soberbia, la reacción del mayor es o se muestra firme. Es conveniente que aquello se haga, se realice cuando se pide.

Aún constatando las dificultades, Dios Padre siempre va por delante para que las respuestas de los hombres puedan llevarse  a cabo siempre con su apoyo.

Moisés entonces, responde a la llamada divina.

 

JEREMÍAS, PROFETA MAYOR

El relato de Jeremías (Jer. 1,4 ) segundo de los llamados Profetas mayores, que inicia su relación con Dios, según dice él mismo que le fue revelado: antes de que te formara en las entrañas maternas  te conocí, antes de que tú salieras del seno materno te consagré y designé para profeta de pueblos.

Es una elección clara y concreta de lo que Dios desea. No ha contado con él para esta elección, es un mandato divino. Es un misterio el por qué Dios elige a personas concretas de un modo tan fulminante. Pero siempre cuenta con su respuesta libre.

En esta ocasión, también el profeta actúa precipitadamente. Confía -otra vez se repite lo mismo-, sólo en sus fuerzas.

Asustado ante lo que se le viene encima, no quiere, se niega. La respuesta va directamente a rechazar lo que Yahvé le pide: ¡Ah, Señor, Yahvé!... Soy todavía un niño. Utiliza su corta edad para evadir la petición de Dios.

Es natural que, en las dos ocasiones elegidas, los Profetas se preocupen de la transmisión oral. Estamos en la época en la que Dios sólo se manifiesta así, a los hombres. Todavía no ha llegado el Mesías, aunque está anunciado y se sabe que, llegado el tiempo, será concebido por una Mujer.

Es verdad que era muy joven, como era hijo de un sacerdote conocía el terreno que tenía que pisar. Sabía las dificultades y las situaciones con las que iba a encontrarse. Jeremías no era ignorante y podía hablar muy bien. Es una disculpa. La realidad es que no quiere hacerlo.

¿Había algo de egoísmo en su respuesta? Por supuesto. Es un hijo que responde egoístamente, no tiene gana. Su reacción rápida no ha estado precedida por un paso previo de reflexión, como un niño travieso a quien se le pide un esfuerzo y dice que no, sin más contemplaciones.

Y la respuesta divina a aquél niño egoísta y desconfiado va unida a un mandato firme: ¡No digas, soy todavía un niño!, pues irás adonde Yo te envíe y dirás lo que Yo te mande.

La situación de este Profeta no se puede comparar con la de Moisés, en la suya hay pereza, hay algo de rebeldía. A los niños que no desean obedecer hay que corregirles con fortaleza. Hasta aquí Dios Padre define Su postura y Su mandato, haciéndole ver un temor absurdo y una incapacidad fácil de vencer, si confía en el poder divino. Y el profeta, obedece.

Y enseguida, unido al mandato aparece la bondad de Yahvé: No los temas -se refiere a los israelitas- que Yo estaré contigo para protegerte.  Falta en el relato algo muy importante, la modulación de la voz de Dios para comprender en toda su extensión este diálogo: Padre-hijo.

Dios no es un ser dominante que impone, que no deja paso a una respuesta pensada, es todo lo contrario, es un Padre paciente que espera, que da tiempo al tiempo y que acude presuroso cuando el hijo rectifica.

Si una madre es capaz de convencer al hijo que se empeña en su terquedad, calmándole de inmediato por el tono cariñoso de su voz que le serena: ¿cómo oiría Jeremías esa voz que le aseguraba su protección ante el pueblo al que tenía que dirigirse?

Y aún hay más, Yahvé no se conforma con calmarle, le da Su Palabra y añade un gesto maternal que sigue a su petición: Palabra de Yahvé. Tendió Yahvé su mano y tocando con ella mi boca me dijo: mira que pongo en tu boca mis palabras.

Es un diálogo que se repite con distintas palabras y en lugares diferentes, a través de los siglos. Dios quiere pactar con los hombres y les promete siempre su apoyo. Dios habla con rectitud y en verdad. No utiliza excusas o triquiñuelas, ni deja sola al alma. Se coloca a su lado. Dios actúa como un Padre que a su vez es el autor de ese Amor.

Quizá parezca algo duro el comentario, pero es posible que lleve a reflexionar: ¡cuántas veces los hombres que se creen sabios, que han olvidado su pequeñez actúan con el cerebro en los talones y lo pisan con los pies![2] Y Jeremías fue, en principio, uno de ellos.

Las Palabras divinas de petición y ayuda a sus hijos los hombres- que se repiten a través de los siglos-, tienen tanta fuerza que convierten lo ruin en grande, entran en las respuestas viles y las ensalzan y dan, a lo que parece antiguo, un matiz atractivo de novedad. De ahí que nunca envejece la Palabra de Dios, es ordenada, llega a tiempo, es expresiva, se puede deducir de ella un deseo que enaltece al hombre, aún cuando parezca que solo exige. Dios es el pedagogo por excelencia. Por eso su Palabra ha de ser llevada  al interior del corazón para meditar sobre ella y darle la respuesta auténtica, la que El desea.

 

DIOS SE HACE OÍR

Y ¿qué sucede en la vida diaria? ¿Se escucha?

Para poder escuchar esos sonidos divinos, sublimes, concretos que solicitan de las personas diversas cosas -siempre en ellas se asienta el deseo de Dios sobre ese ser humano-, es vital aprender a escuchar. Sino se oyen, es imposible cumplirlos.

El niño pequeño que no desea dejar de jugar, a pesar de las reiteradas veces que se lo ha manifestado su madre, canta, hace ruido, no contesta y corre por la habitación. Si por casualidad advierte que su madre sabe que está oyendo, organiza un guirigay -para demostrar que no se ha enterado-, como último recurso para seguir jugando.

El adulto, que ha sido niño y conoce las tretas posibles para evitar el mandato, reacciona de la misma manera cuando Dios le habla. Su postura es de no aceptar ni siquiera el rumor de un deseo divino, rompe a ritmo de danza moderna el misterio de una petición, la sensación es de que con su respuesta da con fuerza cortes puntiagudos y desviados en un trozo de madera lisa, abrevia esos segundos en los que advirtió algo en su interior y derrama sin contemplaciones la grandeza, lo sublime que había en él ¿Por qué?

Parece que la respuesta a una pregunta o deseo divinos es mostrarle la propia bajeza. El hombre está cansado, ha envejecido mal, se entrega demasiado a sí mismo, y le espanta continuar en una brega que a él le parece ridícula y muy ajena.

Se propaga entonces, una pobreza espiritual que si no llega a ser porque -en el caso del Profeta- Yahvé se enfada, Jeremías no entra a saber lo que se espera de él.

El alma se detiene en el principio, le cuesta continuar, no interioriza, no desea saber aunque este acto no sea del todo claro.

Le gusta dar la sensación de tranquilidad, pero en el interior de su corazón gime porque no se encuentra satisfecha. Después de una respuesta negativa queda una sensación amarga de haber sido egoísta. Y se pregunta sin querer: y ahora ¿y ahora, qué?

Se podría concluir que a veces, en lugar de andar por la vida como un ser que ama, disimula. Hace como que no quiere oír, no tiene intención de escuchar la palabra de Dios.

De ahí la importancia de revisar si hay total sinceridad en la propia vida o si se deja que la semioscuridad la domine. Un remedio eficaz es dar tiempo a eso que se presiente. Pensar con la inteligencia despierta y con el corazón abierto. Y esperar  a que llegue esa “Palabra de Yahvé”. Dios no falta nunca a su Palabra. Y toca con su mano al alma, a semejanza de lo que hizo con el Profeta. Es la señal de ayuda que se repite.

Una madre para enseñar bien a su hijo pequeño a veces le hace daño, pero enseguida lo coge en brazos, lo acaricia y le dice cuánto le quiere. Y el niño deja el disgusto y se recrea sintiendo el tacto del cariño materno y decide obedecer. Así notará el alma el contacto de la mano de Dios Padre. Si Dios Padre obra así siempre: ¿por qué rehusarle, por qué temer?

 

ELÍAS Y EL SUSURRO DEL VIENTO

Elías, al fin, ha correspondido a la llamada divina (1 Reg, 19 y ss). Ya es un Profeta importante en el Pueblo de Israel. Elías lleva mucho tiempo sirviendo a Dios y predicando su palabra, está ejercitado en el arte de hablar a un pueblo que se escabulle y a unos reyes que abandonan la causa de Dios. Llega a tanto la persecución hacia él que huye desesperadamente de una reina, en este caso es Jezabel, que ha expresado claramente que desea matarle.

Y una vez pasadas muchas peripecias, en las que Dios no le abandona, llega al Monte Horeb después de atravesar el desierto y de reponer sus fuerzas, gracias a la ayuda de Dios.

Cansado del camino se refugia en la cueva de ese monte. Y la palabra de Dios le llega por la noche. Él, le cuenta lo sucedido, sus penalidades, sus auténticos sufrimientos, no inventa nada. Y ante la sinceridad y dolor del profeta, Dios  le dice: sal afuera y ponte en el monte ante Yahvé. Y he aquí que  va a pasar Yahvé. Parece que la respuesta no concuerda con esa conversación que ha mantenido con su Dios. ¿Qué va a hacer Yahvé?, nos preguntamos. Elías es su Profeta preferido y le va a reconfortar como hizo con Moisés (Ex. 33, 19-23).

Elías sale de la cueva como le manda el Señor, y oye un viento fuerte y poderoso que rompía los montes y quebraba las peñas...Él sabe que allí no estaba Dios. Esta situación de mucho ruido que no deja oír la voz interior de Dios, es lo que  puede sucederle al alma que intenta escuchar su voz, sin preparar el ambiente interior, sin cerrar la puerta a los sentidos.

Es indudable que cuando hay mucho jaleo en una habitación es difícil oír que están llamando a la puerta. El ruido aturde, no deja percibir los sonidos agradables y suaves. Se pierde un tono, difícil de recuperar. Los aficionados a la música cuando se encuentran en una sala de concierto, exigen silencio absoluto. No solo ellos para oír sino también lo solicitan los que componen la orquesta. Y es habitual contemplar al director con  la batuta en la mano en espera de que los espectadores callen y no haya ruido. Y así, en ese ambiente sereno, conectan con él. Y se inicia la audición, una vez conseguido un silencio total. Elías lo sabe y continúa a la espera.

Sigue la Sagrada Escritura:

Y vino tras el viento un terremoto, pero tampoco estaba Yahvé. Y tras el terremoto vino un fuego, pero no estaba tampoco allí.

Elías permanece perseverante fuera de la Cueva y no se deja seducir por las distintas fuerzas de la naturaleza, sabe que Dios no se encuentra entre el fárrago de una tormenta, ni en una columna de fuego. Espera que llegue una señal más clara. Es paciente.

Es seguro que si el alma buscara el momento de hablar con su Padre Dios, Él acudiría enseguida. Quizá, no en el mismo momento, hay que esperar, hay que esforzarse, hay que confiar sobre todo para  albergar a Dios y no dejarle salir más.

El ejemplo es conocido por todos, pero no por eso tiene menos fuerza. La naturaleza contiene los sonidos de todos los insectos y animales creados por Dios, que habitan esos lugares. Escuchar el chirriar de la cigarra, el croar de las ranas, el silbido del viento, el gorjeo de las aves, la caída del agua de un  arroyo, el vuelo de una abeja... Todo requiere la actitud de escuchar, apagar el ruido de la miseria humana, del orgullo, de la falta de caridad, de la pereza... Y entonces se puede decir que se oye el clamoroso silencio del campo. De otro modo es imposible percibirlo.

Y tras el fuego vino un ligero y blando susurro. Y allí estaba Dios. Y Elías lo reconoce porque está a la espera, porque su oración es íntima y sencilla y porque obedece. Y Dios no se hace rogar, viene y habla y por supuesto pide, solicita que se haga algo en su nombre y conforta. La amistad creada entre los dos ha sido precedida por un clima apto para el alma y el propio Dios, preparado con esfuerzo e interés. Y después, una vez silenciados los sentidos -con el cuerpo erguido y en actitud de espera-, Dios inicia el diálogo. Un diálogo que ha sido propiciado por la gracia divina.

 

CARACTERÍSTICAS COMUNES

Son tres relatos significativos, se podrían elegir muchos más. En los tres existen o se perciben unas características comunes que pueden resumirse así:

En principio, el Profeta o el Patriarca, es un hombre cualquiera, vive en su ciudad natal, realiza un trabajo, el que sea. Y no piensa que pueda ser un elegido de Dios. Tanto es así que cuando es llamado por Él, responde con titubeos, su respuesta no es inmediata, se ponen obstáculos. Y al fin Dios, como un Padre, para conseguir que le escuchen y sigan sus indicaciones, les va dando soluciones a sus pequeños problemas, a sus egoísmos, a sus negativas a obedecer.

Se asemeja mucho a los diálogos que mantienen las madres con sus hijos pequeños que se niegan a dormir, que insisten en salir a la calle cuando no es oportuno; cuando piden un juguete con llanto y a destiempo...

Y por fin todo se arregla y la respuesta es fiel y perseverante. Todos, hasta el final de sus vidas, sirven a Dios a pesar de los grandes y pequeños obstáculos que van apareciendo en su caminar. Pero ellos ya no cejan, han comprendido bien su misión y la cumplen, recibiendo como respuesta de Dios a esa generosidad y a esa entrega su propia felicidad ya que  encuentran en Él, la plenitud. Ya no aparecen las quejas y si hay vacilaciones o situaciones de sorpresa, la rebeldía o el egoísmo ya no protagonizan sus respuestas.

¿Se puede decir que son felices cumpliendo la voluntad de Dios?

Si se continúa su trayectoria se puede observar que solo llevan en su pensamiento: cumplir bien el mandato recibido. Y, en efecto, en ese caminar hasta el fin de sus días han encontrado la paz, como fruto de su respuesta afirmativa a Dios.

Son buenos hijos que han aprendido a responder a su Padre y se saben seguros entre sus manos. Por eso, en situaciones posteriores de dificultad acuden filialmente a su Dios sin dudar sabiendo, por propia experiencia, que nunca serán abandonados aunque vuelvan a encontrar la prueba y la dificultad.

Un poeta castellano del siglo veinte, para responder a sus amigos-infelices y siempre en continuas disputas personales-, escribió una “Oda a la felicidad” y en ella se encuentra esta idea: La felicidad no habita en un alma que sólo aposenta a las pasiones, necesita más, una mansión limpia y exenta de preocupaciones.[3] Y explica bien que las preocupaciones son los pequeños o grandes egoísmos.

 

 


 

[1] San josemaría Escrivá, “Camino” nº894.

[2] Demóstenes. “Sobre Haloneso”. Madrid, 1945.

[3]  José Somoza “Sobre la felicidad”. Madrid, 1953