CAPÍTULO IV
LA LLAMADA UNIVERSAL A LA SANTIDAD
Una de las primeras cosas que Dios Padre quiere que sepa toda la humanidad, sin excepciones, es que valoren el mundo porque es Suyo, pero con una medida que -a través de San Juan-, ha deseado que quedara escrita: No queráis amar al mundo, ni a las cosas mundanas. Si alguno ama al mundo, no habita en él la Caridad del Padre....el mundo pasa y también su concupiscencia. Más el que hace la voluntad de Dios permanece eternamente (2, 15-17).
El Señor ha querido señalar con estas palabras que, por encima de las cosas y precisamente en ellas, el creyente, el niño que ha crecido, que se ha iniciado en el amor, ha de amar todavía más a Dios. Y a Dios en las cosas creadas por Él: la naturaleza -todo lo bello que existe-, que es mucho y que hay que descubrir y utilizar en agradecimiento al Creador, pero nunca quedarse en ellas. No es fácil porque todo lo que nos rodea es apetecible, se desea. Pero sólo nos pide Dios que le coloquemos a Él por encima de todo y que disfrutemos de las cosas, sin descolocarlas de su lugar. Ese es el “quid. Amarlas porque son suyas y porque Él las ha creado. Y se entiende entonces, que hay que amar al mundo apasionadamente,[1] porque en él hemos de saber encontrar a su Creador. Pero “hay un pero importante”, sin quedar sometidos a él por el pecado, aunque sea muy leve. En los escritos de san Josemaría Escrivá, se puede leer: Óyeme bien: estar en el mundo y ser del mundo, no quiere decir ser mundanos.[2]
No se puede olvidar que después de cada día de la Creación -así está escrito en el Génesis-, Dios se complace en lo que ha hecho. A Dios le gusta lo que ha creado. El hombre no puede no quererlo, deshacerlo -como si fuera un ser caprichoso o actuara como un niño rebelde-, sino todo lo contrario, levantarlo después del pecado original, amándolo en su Creador.
La relación Dios-hombre ha de ser continua porque es una relación de amor. Dios no es un ser exigente que pide lo que no se le puede dar. Es más bien un Ser misericordioso que atiende siempre y en cada momento a su obra creadora. No se desentiende del hombre, como si una vez realizado lo abandonara a su devenir. No es así, Dios permanece junto a él, dejándole libre para que le ame, pero instándole continuamente a su amor y dándole las gracias necesarias para que pueda hacerlo: Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos, dijo Jesús cuando estaba en este mundo. Dios ama su obra creadora en la que ha puesto su sello, su impronta, y es lógico que no seamos nunca extraños para El.
ID Y PREDICAD EL EVANGELIO A TODOS
No se puede olvidar que Jesucristo, antes de irse a su Padre, dio verbalmente un mandato a sus apóstoles: Id y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc. 16,15). No hizo excepciones, ni señaló a los altos o a los bajos o a los intermedios, dijo: ¡a todos!
Y en otro momento de su predicación se oye su voz armoniosa que grita: sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto. Y Jesús se dirige a una multitud que lo escucha esperanzada, no solo a sus discípulos. Por lo tanto, cada uno ha de poner al servicio de Dios y de las cosas de Dios, todas las potencias de su alma y todo su corazón.
Juan Pablo II el Grande, recuerda que en el devenir de los siglos: el Evangelio sigue dando frutos en las comunidades parroquiales, en las personas consagradas, en las asociaciones de laicos, en los grupos de oración y de apostolado, en muchas comunidades juveniles, así como también a través de la presencia y difusión de nuevos movimientos y realidades eclesiales. En efecto, el mismo Espíritu sabe suscitar en cada uno de ellos una renovada entrega al Evangelio, disponibilidad generosa al servicio, vida cristiana caracterizada por el radicalismo evangélico y el impulso misionero....Deseo también hacer notar la contribución específica que, en comunión con las otras realidades eclesiales y nunca de manera aislada, pueden ofrecer los nuevos movimientos y las nuevas comunidades eclesiales. En efecto, estos últimos ayudan a los cristianos a vivir más radicalmente el Evangelio, son cuna de diversas vocaciones y generan nuevas formas de consagración, promueven sobre todo la vocación de los laicos y la llevan a manifestarse en los diversos ámbitos de la vida; favorecen la santidad del pueblo; pueden ser anuncio y exhortación para quienes, de otra manera, no se encontrarían con la Iglesia; con frecuencia apoyan el camino ecuménico y abren cauces para el diálogo interreligioso; son un antídoto contra la difusión de sectas; son una gran ayuda para difundir la vivacidad y alegría en la Iglesia.[3]
Son palabras claras y atractivas que invitan a seguir caminos divinos. No pertenecen al pasado, son muy actuales. Hay que extenderlas a toda la humanidad. No puede existir ni un rincón de la tierra donde no haya llegado la voz del cristiano. ¿Se preocupa de hacerlo? ¿Se oye su voz?
Estas preguntas que tienen todavía vigencia y que suenan con la misma fuerza que el día que fueron divulgadas por Cristo primero, los apóstoles y los discípulos después, son o deben ser una preocupación constante de cada hombre. El mandato de Cristo es una realidad, no es una entelequia, ni algo que se dijo en aquel tiempo y que ya ha caducado. Jesús está sediento de almas. Lo mismo que en la Cruz dijo: tengo sed, dirigiendo su mirada a los que estaban con Él, hoy día también necesita del amor de los hombres.
Un alma enamorada, una mujer santa, dejó este pensamiento hecho realidad en su vida: un domingo, al cerrar mi libro terminada la Misa, una estampa que representaba a Nuestro Señor en la Cruz resbaló un poco fuera de las páginas, de forma que solo podía ver una de sus divinas manos agujereada y sangrante. Experimenté entonces un sentimiento nuevo, inefable. Mi corazón se partió de dolor a la vista de esta sangre preciosa que caía al suelo sin que nadie se apresurara a recogerla; y resolví estar continuamente en espíritu al pie de la Cruz para recibir el divino rocío de salvación y esparcirlo después sobre las almas. Desde aquel día, el grito de Jesús moribundo: tengo sed, resonaba a cada instante en mi corazón encendiendo en él un ardor desconocido y vivísimo. Quería darle de beber a mi Amado; me sentía yo misma devorada por una sed de almas y quería a cualquier precio arrancar a los pecadores de las llamas eternas.[4]
Hay necesidad urgente de poner manos a la obra y comenzar un apostolado personal, boca a boca, con aquellos que están cerca para ir extendiendo el radio de acción y llegar como las ondas de un estanque hasta el borde, una vez que han recibido un fuerte movimiento con el fin de lograrlo. Es un juego que suelen hacer los niños y los jóvenes: tirar una piedra a un río, a un estanque... de tal modo que roce el agua produciendo diversos movimientos ondulados, hasta que llega a caer en el fondo. Gana quien haya conseguido que permaneciera sorteando el agua y volviendo a salir, produciendo las famosas olas cortas que llegan hasta el borde.
Hay que ser valiente y lanzarse a poner de moda vidas rectas, honradas, modos de hacer y de vestir que acompañen a la grandeza de ser persona. La doctrina es clara, está fundamentada en ese Amor tan grande que acoge a todo ser humano. Hay que ir a dar más protagonismo a la bondad, a la misericordia, al buen hacer, al amor limpio, al respeto a los demás... No perdamos el tiempo...salvemos almas, esas almas que se pierden como copos de nieve, mientras Jesús llora. Y nosotras, ¿nos lamentamos de nuestros sufrimientos? Trabajemos... salvemos almas.[5]
La parábola de la viña es clarificadora. Jesús les dice a sus apóstoles que levanten la mirada y contemplen el trigo que amarillea. Pretende que comprendan la necesidad de que el dueño de la mies envíe operarios para que trabajen en ella. Esto no quiere decir que Jesús sólo no pueda hacerlo. Es que Él desea la cooperación libre de cada hombre. Necesita que le llenemos el cielo de almas. Solo desea que cada uno sea buen operario y que lo sepa transmitir a los demás. Posibles operarios que viven en este siglo, que están con nosotros, que trabajan codo con codo, que se divierten a nuestro lado, que nos cuentan sus alegrías y sinsabores... hay que ir a decirles que Dios vive, que está junto a ellos, que los ama y que espera una respuesta rápida de correspondencia a ese amor.
Por lo tanto, el cristiano ha de erradicar de su vida “jugar al escondite con Dios”: ahora estoy en disposición de escucharte, ahora me escondo, porque no tengo ganas... Es propio de niños tercos a quienes no se ha enseñado bien o no han querido aprender. La postura ideal es dejarse en manos de Cristo y que sea Él, con nuestra cooperación libre, el que atraiga a las almas. Sólo desea que nos pongamos en sus brazos.
Y es sencillo realizarlo si actuamos como los niños, con la sencillez de quien conoce a sus padres y sabe lo que les gusta y cómo deben comportarse. La naturalidad de la relación con Jesús hace decir y hacer: Desde que me establecí en los brazos de Jesús, soy como el vigía que desde la más alta torrecilla de un castillo observa al enemigo. Nada se oculta a sus miradas, a menudo me sorprende la claridad con que lo veo todo [6]. Y más adelante completa este pensamiento: Arrojo a diestra y siniestra, a mis pajaritos ( Teresa de Lisieux se refiere al cargo que tenía en ese momento de formación), las deliciosas semillas que el Buen Dios deposita en mis manos. Y luego, se hace lo que Él quiere... Siembra, siembra sin cesar, me dice, sin preocuparte del resultado.[7]
Esa ha de ser la actuación de cada uno, es fácil entonces, mostrar a Dios a los demás con afán, con una actitud llena de sinceridad y con el deseo de que lo encuentren. Enseñar y hacer imitando a los buscadores de oro, que no cesan de pasar la arena por el cedazo con el fin anhelado de recoger pepitas junto al polvo del oro; y si puede ser, muy grandes.
El niño grita a los amigos, a los compañeros del colegio, a todos... su propia felicidad. Enseña lo que le han regalado, juega con ello y deja que los demás lo disfruten.
Quiere Dios más a las almas que cada uno de los hombres ama a sus semejantes y se deleita con los más débiles. Y este es el sendero que hay que encontrar, el amor a Jesús, y por el que todos deben discurrir para hablar de él a los demás. Es el camino más cercano y el que está más lleno de satisfacciones. Porque la felicidad del hombre esta ahí: Esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti, verdadero Dios (Jn.17, 3).
El mundo es bueno, Dios está detrás de todas las cosas. Jesucristo ha dejado su impronta en los años que vivió entre los hombres: Mío es el consejo y la habilidad, mía la inteligencia, mía la fuerza... Amo a los que me aman, y el que me busca me hallará, dice la Escritura (Sal 8, 14-17).
Este es el gran descubrimiento que se ha de hacer para extender de inmediato, esa llamada universal con el fin de que todos sean santos, como lo es su Padre Celestial: No solamente no conocemos a Dios sino a través de Jesucristo, sino que no nos conocemos a nosotros mismos sino a través de Él. Fuera de Jesucristo no sabemos ni lo que es nuestra vida, ni nuestra muerte, ni nosotros mismos.[8] Es lógico, por tanto, pedir con confianza a Dios que nos haga ver su voluntad, que nos enseñe el camino. Y la sencillez al solicitarlo atraerá la mirada de Dios.
Esa naturalidad que hace decir y utilizar términos tan claros y simples: Pero, ¿por qué desear comunicar tus secretos de amor, Jesús? ¿No eres Tú solo quien me los ha enseñado? ¿No puedes acaso revelárselos a los otros? Sí, lo sé, y te conjuro a que lo hagas; te suplico que abajes tu mirada hacia un gran número de almas pequeñas; te suplico que escojas una legión de pequeñas almas ¡dignas de tu Amor![9]
Es una urgente llamada que sale del interior del corazón sencillo y que con lógica de niños exige la actuación de Dios, de Jesús, ya que es Él el que va a salir triunfante. Y en esa exigencia queda bien claro que todo lo va a hacer Él. Y esto gusta a Dios, porque al mismo tiempo que escucha solícito la súplica recibe también el amor limpio de esa alma que insiste, no abandona, no se da por vencida. Sabe, lo siente en su corazón que Dios ama a todos los hombres, pero necesita que se lo recuerden. La oración de un alma sencilla y plena de amor a Dios tiene la gran fuerza de inclinarle a la concesión de los favores que le solicita: Señor, ¡si son para Ti! ¡Son tuyos! ¡Mi interés es el Tuyo! ¡Ganemos almas ¡ Sobre todo aquellas que más ama. Ábrase camino por entre los soldados, esto es, por el mundo, para llegar hasta Él...Oh, cuán feliz se sentirá en la gloria el día que comprenda el valor de esta misteriosa bebida con que habrá apagado la sed de su Prometido Celestial.[10]
Dios quiere santos, no hace excepciones. Llama a todos. Jesucristo es el Pastor de su grey, una grey que es el mundo entero. De ahí que no se pueden hacer excepciones. Hay que pedir sin límites, sin acotar ningún campo. La oración del alma ha de ser tan amplia que rodee el mundo. La confianza del poder de Dios es tan patente en quien sabe amar... porque no pone condiciones, ni se para en la duda. Sólo confía y tiene tal seguridad que sus ruegos son firmes y sus peticiones están repletas de esperanza. Porque sin poner fechas, ni tiempo de ninguna clase se fundamenta en las palabras y en los hechos de Cristo. Y recuerda que Él ha dicho en muchas ocasiones: “Yo he venido a mostrarles al Padre para que le amen”. Nadie queda exento de este ruego, cada hombre pertenece a ese mundo que Jesucristo quiere para Él. Se puede constatar en su Vida.
Es bueno tener presente que el amor requiere esfuerzo y voluntad y no se puede olvidar que a veces -como el niño pequeño si no es advertido por su madre y exigido-, el hombre actúa en muchas ocasiones a golpes, responde a deseos poco ordenados, se deja llevar por sus caprichos y se cansa, y llora.
Hay almas que se retraen a la llamada de Dios. Y sin embargo, se dejan llevar por fogonazos, por llamaradas que se apagan enseguida, por luces que se funden... Es posible que actúen como hombres-niños, en sentido peyorativo, seducidos por un premio perecedero y que pocas veces pueden conseguir, al que han dedicado tanto tiempo y tanto empeño.
Cuando se trata de Dios, que es Padre, no hay sorpresas, ni preguntas con doble sentido, ni temas difíciles. Desde el principio Dios habla claro. Y se conoce su propuesta. Dios llama, solicita, va creando un clima de amor, se irrita por la tozudez humana o cambia el tono de su petición. A través de lo siglos la llamada divina es una realidad. Y es Jesús, el mismo Jesús, quien se manifiesta a las almas, desea que todas estén siempre a su lado. No extraña, por tanto, escuchar sus palabras claras y llenas de amor: “Tú eres mío, mía”. Decir que sí, con libertad, incluye todo un programa de vida en el que el amor a Jesús, es el protagonista: Esta es la Luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre (Jn. 1,9). Y se agradece la llamada de una gran santa, para evitar la pereza:… No os aseguréis, no os echéis a dormir, que será como el que se acuesta muy sosegado habiendo muy bien cerrado las puertas por miedo a los ladrones y se los deja en casa.[12]
Y es una realidad que atrae a quien ya ha comenzado a tener una vida de relación cada vez más íntima con Dios. Pero encuentra la dificultad añadida de la propia miseria: Cuando quieres hacer las cosas bien, muy bien, resulta que las haces peor. –Humíllate delante de Jesús, diciéndole: ¿has visto como todo lo hago mal?- Pues, si no me ayudas mucho, ¡aún lo haré peor!...[13]
Y entonces se coloca el yo en el último lugar. Y aquí nace la entrega de ese corazón que ha empezado a amar a Jesús. Y ante la inoperancia personal ¡es tan patente!, el alma le ruega:... Ten compasión de tu niño; mira que quiero escribir cada día una gran plana en el libro de mi vida... Pero, ¡soy tan rudo!, que si el Maestro no me lleva la mano, en lugar de palotes esbeltos salen de mi pluma cosas retorcidas y borrones que no pueden enseñarse a nadie.
Desde ahora, Jesús, escribiremos siempre entre los dos.[14]
Es semejante al amor humano, si el amor es verdadero, el yo desaparece. Y entonces nace en la persona enamorada una disposición interior que se manifiesta en sus actos de decir o hacer lo que a él o a ella le gusta, lo que quisiera hacer... Y las demás cosas quedan envueltas en ese halo misterioso que son ella o él. O sea, olvido de mí y de la demás cosas, por él o por ella.
En esta nueva vida, en la que Dios es el Amado, la primera entrega es la del “yo”: Os ruego, divino Señor, que seáis vos mismo el Reparador de mi alma... ¡Que suave es el camino del Amor¡ Es indudable que se puede caer y cometer infidelidades; pero el amor sabe sacar partido de todo, y presto consume todo lo que pueda desagradar a Jesús, dejando tan solo en el fondo del corazón, una paz humilde y profunda.[15]
Y por eso, el alma enamorada es perseverante, sabe que va a conseguir de su Amor lo que solicita una y otra vez, sin cansarse. No hay en ella pereza, ni olvido momentáneo, ni dudas porque su confianza es ilimitada: Perseverar, - Un niño que llama a la puerta, llama una y dos veces, y muchas veces..., y fuerte y largamente, ¡con desvergüenza! Y quien sale a abrir ofendido, se desarma ante la sencillez de la criatura inoportuna... -Así tú con Dios.[16]
Al actuar así, con este desprendimiento de niños, se puede asegurar que el alma que está enamorada, “menosprecia” lo que antes apreciaba como algo necesario que la llenaba de contento. Y ahora, con la “casa vacía y desvalijada” de los más íntimos deseos y apegos, se siente ligera. Y el amor a Dios adquiere alas que la llevan a lugares insospechados: “olvida, hija mía, la casa de tu padre, porque el Rey se ha fijado en tu hermosura”, dice el salmo.
Pero, es importante que se deje hasta ese rincón íntimo, secreto, donde anida un pensamiento, un deseo no del todo permitido, una ilusión, una imaginación que, de vez en cuando, crea figuras, trae recuerdos ... Para llenar el lugar, ya desvalijado y desnudo, para poner bien la mano en el arado, es preciso no permitir que el rostro mire hacia atrás.
Quizá el ejemplo resulte anticuado, porque la tecnología punta ha sustituido a aquellas máquinas, que exigían además tanto esfuerzo humano. El alma, en este estado de aceptación a la llamada divina, se asemeja a un molinero que toma el trigo entre sus manos y lo vierte en la tolva. El agua empuja a la piedra pesada y entre esas ruedas macizas se retuerce el grano, deshaciéndose y la envoltura o cáscara-como se la quiera llamar-, desaparece, quizá con esfuerzo porque estaba completamente pegada albergando, a lo que ya es harina molida, blanca...¡qué gozo da contemplarla! No es necesario ser molinero para saberlo. Y con qué fuerza dijo Jesús: “si el grano de trigo no muere, queda infecundo: pero si muere, da el ciento por uno”.
Y entonces entiende que responder que sí a Dios, a Jesús, no es una carga pesadísima que extorsiona el cuerpo y anega en dolor el alma. Es una entrega pausada, profunda donde la gracia de Dios, como esa agua, va ayudando a las ruedas del molino para que trituren el grano de trigo. Hay gozo en esa persona que recoge entre sus manos un amor limpio y puro que desea mostrar a todos, porque al amarlos en su Amor, quiere que también participen de Él.
Es verdad, que esa alma se encuentra pobre y pequeña y los propósitos que hizo en la mañana, al iniciar su día, fueron de convertirse en esa harina que luego puede llegar a ser la Hostia pura que el sacerdote convertirá en Pan Vivo. ¡Qué grandes ilusiones para una persona tan débil!: No te importe hacer pequeñas niñadas, te he aconsejado: mientras estos actos no sean rutinarios, no resultarán estériles...”[17] Y entones, la oración sin saberlo, nace como corre el agua de ese río: ¡Ay, Señor, la cáscara del trigo sigue encerrándome en mis cosas! La debilidad de los pequeños encuentra su fuerza precisamente en el abandono. Y todo lo demás lo hace Él y ella lo sabe y sin confiar en sí misma, deja todo en manos de su Señor... No pide cosas extraordinarios y repite sin cesar: ¡te amo, te amo, te amo!... Haz Tú lo demás.
SER SANTOS
Para hacerse grande, decía San Agustín, hay que comenzar por hacerse pequeño. ¿Queréis levantar el edificio de las virtudes cristianas? Sabed que es de una altura inmensa; procurad echar los cimientos muy hondos con la humildad, porque quien quiere construir un edificio excava los cimientos muy hondos y los construye en proporción a su mole y a la altura, que quiere levantar.
Y la vida del cristiano va dirigida hacia la santidad, con lo cual el edificio es monumental. Cualquier rascacielos construido por los hombres es más pequeño en comparación con el que es creado por Dios para un fin tan alto: el propio hombre, todos nosotros sin excepción. Pero no para ser ensalzados sino para imitar al Modelo: Cristo, el Hijo de Dios y ser santos. Pero, para ello nos señala el apóstol: Tened entre vosotros los mismo sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable, el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres...haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp. 2, 8).
Anonadarse, ese debe ser el camino del que desea con la misericordia de Dios, llegar a la santidad. Y para que tuviera el camino bien marcado quedan señaladas muchas citas en el Nuevo Testamento, Jesús enseña con paciencia a aquellos hombres que se empeñan en hacerse “mayores” y persiguen fines humanos. En este caso, sorprende su ambición, que queda perfectamente explicada por Cristo.
Los discípulos quieren saber quien será el más grande en el Reino de los Cielos, es un tema que han discutido entre ellos. ¡Qué bien conoce el hombre esta discusión y cuántas veces desea ser el primero!
Jesús poniendo a un niño en medio de ellos les dijo: en verdad os digo que si no os volvéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de estos, ese será el más grande en el Reino de los Cielos y el que por Mí recibiere a un niño como este, a Mí me recibe; y el que escandalizare a uno de estos pequeños que creen en Mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y lo arrojaran al fondo del mar (Mt.18, 1 y ss).
Duro es el comentario que dejó estupefactos a los discípulos que recogerían con amor estas palabras de Jesús para hacerlas suyas.
Y más tarde en Jerusalén, Jesús entra en el Templo y se encuentra que está lleno de puestos y de vendedores, lo han convertido según sus palabras en “cueva de ladrones”, en lugar de estar alabando a Dios. Después los echó a latigazos. La escena debió de ser terrible y ruidosa, ya que parecía que eran muchos. Y dice san Mateo: viendo los Príncipes de los sacerdotes y los Escribas las maravillas que hacía y a los niños que gritaban: ¡hosanna al hijo de David!, se indignaron... (Mt. 18, 3 y 21).
Otra vez los niños. Son los que alababan al Señor por las cosas que veían, la inocencia y la admiración por el Maestro les capacitan para entenderlas: ¿No habéis oído que de la boca de los lactantes y de los niños sacaste alabanza? David en uno de los Salmos (112,1) escribió: Alabad Niños al Señor, alabad su nombre. Y se lee en Isaías (8,18): héme aquí con los niños que me confió el Señor.
A Dios le satisfacen las voces de los niños porque son sinceras y sencillas y porque al ver que Jesús hace cosas buenas, no ocultan su satisfacción y lo dicen en alta voz, alabándole.
Son innumerables las citas donde Jesús habla de los niños y de los que se hacen como ellos. Pero una de ellas es conmovedora. Está Jesús llorando frente a Jerusalén y profetiza la destrucción del Templo. Y después de clamar sobre el futuro de esta ciudad amada dice: Jerusalén, Jerusalén. ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, a semejanza de la gallina que reúne a sus “polluelos” bajo las alas y no quisiste! (Mt. 23, 37).
Es una manera misteriosa, por parte de Jesús, de asemejar la pequeñez de los polluelos al alma. Es un modo de decir que prefiere la sencillez, el modo de conducirse de los pequeños frente a los mayores. Ese es el deseo de Dios, porque todavía no ha entrado en ellos la malicia del pecado: Camino de infancia.-Abandono.-Niñez espiritual.-Todo esto no es una bobería, sino una sólida y fuerte vida cristiana.[18] La sencillez es esencial para caminar como un niño delante de Dios. El que es sencillo carece de complicaciones. En él no hay artificio, ni doble sentido, ni artimañas. Se expresa tal y como es, con la delicadeza propia de quien sabe que está ante otro hombre que a su vez, es hijo de Dios como él.
El que es niño de verdad recibe como un tesoro aquello que puede hacerle mejor. Y se encuentra siempre en situación de aprendizaje: aprende de Dios y de los que, como hijos suyos, pueden mostrarle caminos verdaderos. Los niños están ante sus padres en esa misma actitud y la expresan con una mirada clara y confiada, no existe el temor: “No temas rebañito mío porque ha sido del agrado de mi Padre, darte su Reino”. Ellos saben que sus padres son mayores y expertos en conocimientos, lo que les dicen siempre es por su bien aunque no les guste. Puede darse que el niño se rebele ante ellos, porque cree que sabe más o porque se encapricha con algo. Y también puede darse que los padres exijan lo que el niño no puede dar, en ese momento. Ya lo hará después, hay que dar tiempo al tiempo.
Ser pequeño: las grandes audacias son siempre de los niños.- ¿Quién pide... la luna? - ¿Quién no repara en peligros para conseguir su deseo?
Poned en un niño “así”, mucha gracia de Dios, el deseo de hacer su Voluntad (de Dios), mucho amor a Jesús, toda la ciencia humana que su capacidad le permita adquirir... y tendréis retratado el carácter de los apóstoles de ahora, tal como indudablemente Dios los quiere.[19]
Un ejemplo perfecto de este modo de conducirse lo tenemos en la Virgen María, la Madre por excelencia. Solo tiene quince años, es una Niña que sabe de amor. Acaba de recibir el anuncio de su Maternidad Divina (Mt. 1,34). Es una breve conversación en la que María responde con una gran sencillez, solicita aclaración y acepta ser la Esclava del Señor. Y como colofón a una actitud rendida ante Dios, su primer paso es acudir presurosa a casa de su pariente, santa Isabel para ayudarla, para servirla en un momento en que era necesaria. Nadie se lo dice, nadie le urge a subir a las montañas donde vivía. Pero también es una realidad que el misterio que encerraba María era más importante desde todos los puntos de vista: humanos y divinos. Iba a ser la Madre del Redentor, anunciado por todos los Profetas desde tantos años atrás. Cualquier mujer, en su lugar, se queda a cuidarse porque lo que encierra en sus entrañas es, nada menos, que el Salvador del mundo.
Sin embargo María, se coloca en un segundo lugar, va a servir. Y en su sencillez hace una oración única: “ha hecho en mí grandes cosas el Todopoderoso”. Reconoce su grandeza, pero sabe que se la debe a Dios y de este modo tan sencillo: ayudando.
Y sus palabras han permanecido como modelo de humildad y buen hacer: Dios ha hecho y hace grandes cosas en el alma de cada uno.
Un ejemplo diferente es el del hijo mayor del Padre del hijo pródigo. Qué respuesta tan pobre y tan fría y calculadora: “hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás una orden tuya”. Siente envidia y rencor por la vuelta de su hermano, no entra a conocer el verdadero corazón de Dios que perdona siempre. No ha sabido penetrar en el perdón -desconoce lo que es una donación plena y diaria-, ese saber compartir el amor. Solo piensa en su amor propio herido. Se puede decir que este hombre joven es viejo en su interior. Ha crecido mal, su deseo es sobresalir, creerse el mejor. Si el hijo fiel tiene presente a Dios y piensa en la felicidad de su padre, hubiera sido más feliz. ¿Qué le sucedió? Que estaba metido en sí mismo y en la ingratitud –así pensaba él-, que se estaba cometiendo. Estar en segundo lugar le molesta tanto que no entra a participar de la fiesta. Es una ausencia premeditada, orgullosa que se excluye a sí misma de un lugar que es suyo, donde están los que pertenecen a su familia.
Para crecer en ese amor incipiente que acaba de responder a Dios que sí, es conveniente meditar sobre otros lugares que no son el primero. El último rincón no lo ve nadie. Pero alguien lo debe de ocupar. Y hay que saber descubrirlo.
Poco a poco el alma conoce que su puesto, su lugar está solo junto a Él que se anonadó a sí mismo hasta el fin, en una muerte ignominiosa. Y ya no tiene tan en cuenta estar en primeras filas, ser aplaudida, ser conocida.
BUENOS DISCÍPULOS DE CRISTO
Cristo, en su vida pública, tres o cuatro años en los que se dedicó a predicar su doctrina dejó explicitado cómo y cual ha de ser el comportamiento del hombre sobre la tierra.
El cristiano que ha contestado que sí a la llamada de Dios desea- una vez instruido en la doctrina-, ser un buen discípulo suyo. Y se acerca a los Evangelios para encontrar en ellos el modo y la manera de recibir esas enseñanzas. Y uno de los pasajes de la Escritura le brinda la posibilidad de conocer cómo ha de comportarse y el modo de transmitirlo a los demás: “Vosotros sois la sal de la tierra -empieza Jesús diciendo a sus apóstoles-, si la sal se torna insípida, ¿con qué se la salará? Para nada sirve ya, sino para ser tirada y pisada por los hombres”.
Un breve comentario a esta sal que Jesús compara con la doctrina que va a mostrar. Cada uno de los cristianos es como la sal. Los alimentos necesitan de ella para estar bien sazonados y puedan después, degustarse las comidas. Es una pequeña cantidad -mínima en comparación con el alimento-, que da sabor, que condimenta todos los guisos. Una de las propiedades de la sal es que evita la corrupción y se echa a algunos alimentos con el fin de que no se pudran. Otra de sus propiedades, que hoy día tiene mucha importancia, es su utilización cuando nieva. Ya antes de que los copos de nieve caigan sobre las carreteras, ya están preparadas las máquinas quitanieves y los sacos de sal que se esparcen de inmediato para evitar resbalones y caídas.
La doctrina de Cristo tiene esas propiedades. Si se desconoce o se obvia, es muy posible que se sucedan sin poder evitarlo las grandes caídas de las gentes que resbalan y se producen verdaderos descalabros.
El que desea ser de Cristo ha de sazonar enseñando la verdad, aunque cueste. Las cosas que tienen valor requieren grandes esfuerzos para conseguirlas. Y sigue Cristo diciendo: Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad asentada sobre un monte. Ni se enciende una lámpara para ponerla debajo de un celemín. Sino para que brille su luz ante los hombres para que viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos (Mc. 9, 50 y Lc. 14, 34).
Una vez conocida la postura de Jesús con respecto a los hombres en general: doctrina de amor y de perdón, el discípulo ha de ir con la cabeza bien alta, sin temores ni recelos, seguro porque está avalado por Dios.
La respuesta de los que van a escucharle o a contemplar su vida no va a ser aplaudida como se merece. Si a Cristo quisieron echarle, le gritaban, le perseguían aun haciendo multitud de milagros: ¿qué espera el cristiano? Decir la verdad, que en este caso es hablar del propio Cristo, no es tener una varita mágica que encante a todos los que se acerquen, es un modo de vivir seguro y presidido por la sonrisa amable de Jesús que anima siempre, y recibir diferentes impactos.
¿A quien le puede extrañar? Pero una cosa es extrañar y otra paralizar, ocultar la luz, no atreverse a hablar de Cristo. Produce un fuerte dolor cuando se contempla el disimulo o el temor en el cristiano que no se atreve a serlo públicamente y se oculta detrás de cualquier disculpa. Y busca subterfugios para evitar ser descubierto. ¿A qué juega? ¿No se da cuenta de que su hacer es el de un pobre chiquillo que se esconde de sus padres porque está haciendo algo que ellos no aprueban?
Al actuar han de hacerlo con la naturalidad del que cree en lo que hace, sin importarle que otros puedan juzgar su modo de vida. Si somos libres, cada uno manifiesta su modo de ser y pensar. ¿Por qué el cristianos no va a poder hablar de Dios y de su doctrina? A veces, se le niega esa libertad. Y eso no es justo. Hay que recuperarla.
Es el momento, todos ansían ver y tocar modelos de vida cristiana alegre, ardua y apostólica. Hay que ser “fan” de Dios, arrastrar a todos ya que la doctrina de Cristo es sugerente, atractiva, da la vida y llena el corazón: ¡hay que llenar todos los vacíos!
No hay que desanimarse. Ya se sabe con anterioridad que Cristo ha vencido al mundo. Es necesario moverse, actuar, transmitir lo que se lleva dentro: No se debe olvidar que el culto espiritual agradable a Dios, (Rom 12, 1) se realiza ante todo en la existencia cotidiana, vivida en la caridad por la entrega libre y generosa de uno mismo, incluso en momentos de aparente impotencia. Así, la vida está animada por una esperanza inquebrantable porque solo se apoya en la certeza del poder de Dios y la victoria de Cristo. Es una vida rebosante de consolaciones de Dios, con las cuales hemos de consolar, por nuestra parte, a cuantos encontramos en nuestro camino. [20] Son palabras del Papa Juan pablo II, que apoyan el apostolado de todos los cristianos y los animan a no cejar en su empeño.
Y es un aliento para el que desea extender la doctrina leer estas palabras: Se impone a todos los cristianos la dulcísima obligación de trabajar para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra... Solamente con la luz de la fe y la meditación de la palabra divina puede uno conocer siempre y en todo lugar a Dios “en quien vivimos, nos movemos y existimos... ( Act. 17,28) Buscar su voluntad en todos los acontecimientos, contemplar a Cristo en todos los hombres, sean deudos o extraños, y juzgar rectamente sobre el sentido y el valor de las cosas materiales en sí mismas y en consideración al fin del hombre”.[21] Esta dulcísima obligación impulsa a cada hombre en particular a echar las redes para pescar como enseñó Cristo con ese optimismo y abandono con que lo hicieron los apóstoles. Con Él no hay posibilidad de fracaso.
Y de esta persuasión nace el “santo complejo de superioridad” para afrontar las tareas con espíritu de vencedores, porque nos concede Dios su fortaleza.[22]
Alegra leer que el Creador del universo aguarda las plegarias de una pobre alma para salvar a una multitud de otras. Nuestra misión es más sublime todavía. Las palabras del Maestro son estas otras: Alzad los ojos y mirad. Mirad que en el cielo hay sitios vacíos; vosotros habéis de llenarlos...Vosotros sois mi Moisés orando en la montaña; pedidme operarios y os los enviaré. Espero una plegaria, un suspiro de vuestro corazón...[23] ¿Cómo negarse a actuar con celeridad, si Jesús dijo que todo lo atraería hacia Él, una vez elevado a los Cielos? Se entiende que San Pablo dijera: ¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio! (1 Cor. 9, 16).
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[1] Título de la Homilía pronunciada en la Universidad de Navarra el día 8-X-1967.
Pamplona, por san Josemaría Escrivá.
[2] San Josemaría Escrivá, “Forja” nº: 569.
[3] Juan Pablo II. “Exhortación apostólica: la Iglesia en Europa”. Caps. 14 y 15.
Madrid,2004
[4] Santa Teresa de Jesús. O.c. pág, 371.
[5] Santa Teresa de lisieuz o. C. Carta X. Pág. 548
[6] Santa Teresa de Lisieux. O.c. pág. 224, pár.11
[7] Ibid. Pág.378
[8] Blas Pascal. “Pensamientos” nº 729.
[9] Santa Teresa de Lisieux. O.c. Carta CLXXV. 14.IX.1896
[10] Santa teresa de Lisiex. O. C. Carta XII pág. 530.
[11] Santa Faustina Kowalska. O.c. nº 1489. pág.532.
[12] Santa Teresa de Jesús. Camino de perfección. Ed. Burgos. Cap. X.1.Pág. 374
[13] San Josemaría Escrivá. Camino nº 882
[14] Ibidem, pár. 2.
[15] Santa Teresa de Lisieuz, o.c. pág. 181, pár. 29.
[16] San Josemaría Escrivá. Camino. Nº 893
[17] San Josemaría Escrivá “Forja” nº347
[18] San Josemaría Escrivá. “Camino” nº 853
[19] San Josemaría Escrivá. Camino nº 857
[20] Juan Pablo ii. “La Iglesia en Europa”. Madrid, 2004
[21] “Apostolicam actuositatem”. Concilio Vaticano II. 1962-1965. Madrid, 1966
[22] San Josemaría Escrivá . “Forja” nº 337
[23] Santa Teresa Lisieux. ”Carta” XII. 15. Agosto. 1892.