CAPÍTULO V

CONVERSAR CON DIOS COMO HIJOS

 

Y una vez convencida de su Amor y dispuesta a la correspondencia fiel esa alma pequeña o que desea serlo, se propone iniciar una relación con Dios que cada día sea más íntima. Y para ello pide fuerzas al Señor para que su oración sea intensa y a través de ella, descubrir lo que le gusta a Él, lo que le agrada, y así llenar la vida de su Amor. Y sueña y su sueño es sencillo: ...He aquí el gran sueño de un “granito de arena”: ¡Sólo Jesús! Solamente desea ser tenido por nada, olvidado de todas las criaturas, únicamente el olvido! Ni siquiera quiere el menosprecio y las injurias, porque para ello es preciso que se vea; sería demasiado glorioso para un “simple granito de arena”… Quiero olvidarme hasta de mí misma... La gloria... ¡de Jesús! He aquí toda mi ambición; la mía se la regalo, y si parece que no se acuerda de mí, Él es libre para hacerlo, puesto que ya no soy mía, sino suya. ¡Antes se cansará Él de hacerse esperar que yo de esperarle![1]

Desprendimiento total de sí misma.  Esa es su lucha y su deseo fuerte. Y al mismo tiempo el alma desea ocupar todos los espacios libres -acompasados entre uno y otro acto-, de su Amor para llegar a conseguir un diálogo continuado que llene todo su día. Esa es su meta anhelada que espera alcanzar con su gracia también.

No se desanima porque a veces parece que se pierde, se olvida, se distrae ¡condición humana! El corazón es muy voluble y la secuela que dejó el pecado original exige una lucha sin pausas, llena de esperanza, así ha de ir venciendo la miseria que arrastra. Pero, esta actitud de subir y bajar, de amar y caer y pedir perdón, gusta a su Padre Dios que contempla complacido un esfuerzo amable y reiterado.

Aun en medio de esas dificultades habituales, Dios habla, pide, desea cosas...No es un Amigo que permanece mudo. Es el que decide que la conversación se dirija hacia derroteros divinos, donde la exigencia de amor es verdadera. No es un amante débil, pobre, poco elocuente. Es Dios, es el Amor, es el dueño de todo.

El alma necesita mirarle interiormente, deshacerse de todo lo que le envuelve, quiere entablar esa relación con Jesús. Enriquecerse, a base de dialogar con Él, llegar a poder realizar con facilidad esa “mirada” introspectiva para que poco a poco llegue a ser continua, sin intermitencias. Y en esa lucha entre querer y no querer, esos momentos en los que el alma se encuentra algo perdida ayuda leer: A pesar de que reconozco que hago muchas cosas mal, me queda el consuelo de que me mirarás como a una hijita pequeña. Las hijas pequeñitas faltan y desobedecen a sus padres muy fácilmente... pero éstos en vez de castigarlas, sonríen al ver que- debido a su pequeñez- no saben lo que hacen. Las toman en sus brazos, las colman de besos y caricias, y si las amonestan lo hacen con delicadeza y cariño.[2]

Y cuando aparece la dificultad de no poder corresponder con el mismo cariño a Jesús, cuando el alma está seca, con dificultades, sabe que una actividad nimia puede caldear un ambiente frío y es consolador saber que esto le sucede incluso a los muy santos: Cuando me domina la sequedad, me veo incapaz de hacer oración, de practicar la virtud; busco entonces pequeñas ocasiones, pequeñeces que agraden más al Señor que las más grandes, como el dominio del mundo entero...Por ejemplo, una palabra amable, cuando quisiera callarme y mostrarme enojada etc., etc., etc.[3]

Y a veces el mismo Jesús sorprende y el alma que se queda en las dificultades que ella misma imagina, advierte que... Jesús lo hace todo, ¡Yo..., nada hago...![4] En todos los instantes me guía y me inspira; y precisamente en el momento en que lo necesito es cuando descubro claridades desconocidas hasta entonces.[5] Y descubre que ese encuentro no es producto de su acción, más bien es una gracia derramada por el mismo Jesús que porque Él lo desea, el alma se pasea por los parques de su Amor, a los que nadie puede tocar.”[6]

Y se inicia el diálogo con Dios en La Santa Misa y en el Sacramento de la Eucaristía. Ahí en ese lugar, en ese “campo” está encerrado todo un Dios. Ahí el yo desaparece como una gota de agua sumergida en un mar de dulzuras.[7] Jesús ha querido morir por cada uno de nosotros y es el momento de experimentar esa relación amorosa y llegar a comprender que todo depende de su gracia y de su Voluntad y es lógico reconocer que: Jesús no ha querido darme provisión de alimento, me sustenta a cada instante con manjar del todo nuevo, que encuentro en mí, sin saber cómo está ahí. Creo sencillamente, que es el mismo Jesús que obra en mí de un modo misterioso, escondido en lo íntimo de mi pobre corazón, y me inspira todo lo que quiere que haga en el momento presente.[8]

El que ama desea restañar sus heridas, producidas  por todos los hombres y por ella misma, busca el agrado, darle lo que le gusta. El alma que desea enamorarse canta interiormente, alaba a Dios, aunque tenga que sufrir el dolor que le producen las espinas que se encuentran ocultas en el tallo de las rosas. Sabe que una pequeña pena soportada por amor, hace sonreír a Jesús.

Es una estampa dolorosa la que viene la memoria, es aquel momento en el que Jesús se encuentra crucificado en el Calvario por mí, dice y siente el alma. Ahí está pendiente de la Cruz completamente cubierto de sangre. Resulta imposible no sentir un gran dolor al contemplarle. Es un amasijo de llagas y carne.

Y surge interiormente la pregunta: ¿por qué nombramos tantas veces a Dios con unos labios tan pequeños que caben en un dedal de indiferencia? ¿Cómo es posible que ante tamaño dolor se pase delante de esta imagen con tanta superficialidad?

El alma que se ha hecho niña se asombra, se queda quieta, se duele... busca solución a un interrogante que le produce esa sorpresa... y mira con mucho amor a ese Cristo y le dice con firmeza, recordando una breve oración que dejó escrita un gran santo: Jesús nunca te pagaré, aunque muriera de Amor, la gracia que has derrochado para hacerme pequeño.[9] Y pide con insistencia que le haga comprender esa entrega, para poder consolar un poco a Jesús...

 

AUDACIA E INGENIO

No solicita el alma sensiblerías o dejarse llevar por movimientos de compasión débiles. No es eso, aún considerándose pequeña desea la reciedumbre de un amor adulto que a su vez procura entregarse también, con plenitud. Y si para ello ha de ejercitar la agudeza y la clarividencia, lo hace y dice sin rubor y con audacia y se puede añadir con ingenio, algo tan sencillo y tan grande como: mis protectores en el Cielo y mis privilegiados son los que lo han robado como los Santos Inocentes y el Buen Ladrón. Los grandes santos lo han ganado por sus obras: pero yo quiero imitar a los ladrones, quiero obtenerlo por astucia, una astucia de amor que me abrirá la entrada a mí y a los pobres pecadores. El  Espíritu Santo me anima a ello, puesto que dice en los Proverbios (1,4): ¡Oh pequeñín1 Ven, Aprende de mí la astucia.[10]

Es un modo de contemplar y llevar a cabo esa amistad tan deseada, utilizando la astucia de ir “robando” a Dios su cariño. Pretende incluso llegar a emular a la madre de los hijos de Zebedeo, que deseaban los primeros puestos, porque así se aseguraban la amistad con Jesús, para siempre... Y qué generosidad la de esa mujer que no pide nada para ella... en este caso es seguro que su amistad con el Maestro era muy grande, porque en su presencia se hizo muy pequeña.

El alma va a más. Su actitud es tan imprevisible, como suele ser la de los niños, que sorprende por su audacia y emociona al mismo Dios: Me figuro que estos puestos de elección, rehusados a los grandes santos, a los mártires, serán el patrimonio de los niñitos...[11] ¿No hacía ya David (Sal 67, 28) esta predicción cuando dijo que el pequeño Benjamín presidiría las asambleas de los santos?

Ante la Cruz de Jesús esa misma alma tiembla y va comprendiendo el gran Amor de Dios por cada hombre. Pero teme no saber corresponderle, porque no cree que pueda llevar bien, aceptar las tribulaciones que Dios le envíe, sean cuales sean, dada su debilidad. Y vuelve a solicitar con la seguridad de los pequeños: si caigo por debilidad, vuestra divina mirada purifique al momento mi alma, consumiendo todas mis imperfecciones, como el fuego que todo lo transforma en sí mismo.[12]

Y por si acaso, con ese doble juego que utilizan los niños para asegurarse de conseguir lo que pretenden, busca además refugiarse en unos brazos que sabe que lo van a acoger sin ninguna dilación: ¿a quien pedir ayuda? Y  aparece la figura de la Madre, al pie de Cruz. Ella está allí, muy cerca de su Hijo, late su corazón junto al que acaba de morir y ya ha recibido a todos los hombres, como hijos suyos, en el adolescente Juan. Ya se han oído en el Calvario aquellas frases de Cristo que con voz apagada pero firme dice, dirigiéndose a su madre: Mujer ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu Madre, oye el discípulo amado. Y desde entonces se quedó en su casa.

Es Su Voz la que recoge el alma. Y es entonces cuando con atrevimiento y seguridad se acerca a María: No estás solo.- Lleva con alegría la tribulación.-No sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad.-Pero...¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos?-No estás solo: María está junto a ti.[13]

Este juego agrada mucho a Dios. Y no es raro encontrar ese diálogo de amor y entrega en una mujer que sufrió muchos dolores y que murió llena de amor a Dios que dejó escrita la respuesta de Cristo a su debilidad: No sé hacer oración...rara vez me mortifico....Al enviarme los dolores, me dices: si los aceptas con alegría y en medio del sufrimiento demuestras amor, aunque sea con una leve mirada al Crucifijo, Yo te prometo suplir con ello, cuantos rezos y mortificaciones pudieras hacer en mi honor.[14] Jesús da mucho a tenor de los que pide.

Queda complacido solamente con la disposición del alma que reconoce que ella puede hacer poco, que se ve pequeña, miserable, se encuentra rodeada de distracciones que intentan alejarla del diálogo con Él. Son cosas tan insignificantes que se avergüenza de haberse entretenido con ellas. Pero es así. Y de estas situaciones que se repiten, cuando está dispuesta a no cesar en su diálogo, nace la confianza plena y absoluta de que, en efecto, sola no puede nada. Y vuelve a mirarle confiada y es capaz de decir y vivir: Jesús nos ha mandado una preciosa cruz, escogida entre las mejores, la más bella que ha podido inventar su inmenso amor hacia nosotras... ¿Cómo quejarnos si Él mismo “fue considerado como un hombre herido de Dios y humillado? [15].

 

LAS DISTRACCIONES INVOLUNTARIAS

Y en su interior se revuelven las dificultades que quieren colocarse en primer plano y lastimar. Pero, aunque lo intenten son rechazadas de inmediato, no pueden si la mirada sigue en Jesús, la respuesta es no cejar en el empeño y vencerse y si es necesario gritar pidiendo ayuda. No debe sorprender la dificultad, ni las pasiones, ni nada porque esta extraña tierra que andamos pisando no nos ofrece nada más que abrojos y espinas, pero ¿acaso ofreció otra cosa mejor a Jesús?”... ¡Qué bella y agradable es la parte que nos ha tocado![16]

Son más que palabras que nacen espontáneas. El alma se encuentra así más segura y sus deseos son llegar a sentir ese amor tan alto, tan divino que vislumbra y ansía tener. Es un misterio que un alma tan pequeña pueda llegar a ese gran amor. Y sin embargo es una realidad que, apoyada en el ofrecimiento generoso de su vida, de todo lo que el Señor quiera enviarla, dispuesta a ofrecerlo todo por conseguirlo, va  a ser posible: ¿Por qué desconfiar de ser con tu ayuda una gran santa, si todo don de Ti nos viene?[17]

Y llega a decir que nunca se tiene exceso de confianza en Dios, que es la Omnipotencia y la Misericordia. ¡Se obtiene  todo cuanto se pide, si se hace con verdadero amor! Trata el alma con el Rey del Amor cuando “come” a Jesús  y se queda en ella sacramentalmente, por lo menos un cuarto de hora después de haberle recibido, se efectúa esa unión tan deseada para el que está enamorado. No cuenta entonces, el espacio, ni se apercibe que pasan los minutos: “el que come mi Carne y bebe mi Sangre, dijo Jesús, está en Mí y Yo en Él.” Esta es la exigencia de todo amor, ser consumados en la unidad. El abrazo de Dios en la Sagrada Comunión es el deseo de fundirse con el hombre, identificarse con él, traspasarle su Amor.

Se puede contemplar este mismo acto de amor, no tan perfecto ni tan real,  cuando la madre estruja entre sus brazos a su hijito y le dice: te “comería” a besos. Y esto que ella  no puede hacer, lo hace Jesús con los hombres, esa comunión de amor, que es el último estadio del amor. Quizá sea un ejemplo pobre, pero lo escribió un santo: si se mezclan dos gotas de cera derretida, quedan fundidas en una. Así sucede cuando se recibe a Cristo en la Eucaristía, después de haber participado en la Santa Misa, el Sacrificio gratuito de Jesús por todos: “tú eres el que ha de convertirse en Mí”, le dijo el Señor a San Agustín.

Es el momento de la unión con Jesús, ¿qué  puede negar si se pide, desde la insignificancia, pero con fe?

Y también, se puede pensar, ¿por qué no? que alrededor de esa alma fundida en su Dios, hay un coro de Ángeles y de Arcángeles que contemplan arrobados el misterio; y aun se puede imaginar más que es muy posible que personas amadas, que ya están con Él, se sumen a este momento para ayudar a esa alma querida con el fin de que mantenga, sin dilaciones, la presencia divina ¡Es tan débil el ser humano!

Y por si se encontrara todavía alguna duda, se puede repetir una y otra vez: ¿Somos nosotros los llamados a escoger los materiales para tu obra? Solamente se nos pide estar dispuestos a no negarte nada, y como Maestro consumado que eres, tus obras serán siempre la admiración de los hombres y la alegría de los Ángeles.[18]

 

La fotografía de Dios

Y este momento es, salvando las distancias, como una fotografía que puede mirarse una y mil veces al día. Y que queda dibujada y grabado en la mente y si no es así, se coge entre las manos y se la vuelve a mirar. Es indudable que es una gran ayuda, en especial en los momentos en los que la lejanía es un hecho y la sola mirada anima al amor. Y el alma mira y se representa a Cristo, en cualquier actitud. Ayudará sin duda, acercarse al Dios Niño, al recién nacido que inspira ternura y confianza. Y también, ¿por qué, no? Ya lo hemos visto, a Cristo en la Cruz. O a Cristo hablando a sus apóstoles. Todas sirven como un chispazo que se enciende y proporcionan una luz inesperada.

Todo activa el deseo de amar. Cada uno organiza su día como lo desea: San Josemaría Escrivá dividía la jornada en dos partes, de doce horas cada una. Después de la Santa Misa y de recibir al Señor en la Sagrada Comunión, mantenía su Presencia amorosa, en un diálogo repleto de acciones de gracias y actos de amor; y la otra mitad  del día,  preparaba  la Eucaristía del día siguiente.

Mantener el sí, a la fidelidad después de haber recibido la Eucaristía. Sí, a la puntualidad y llegar a tiempo en tal momento y a tal hora, porque hemos quedado con Él. Sí, a las pequeñas y cortas palabras llenas de calor: te quiero. Sí, a los recuerdos de otras personas queridas o que deseamos que sean amadas por Él. Sí, a los pequeños gestos silenciosos: miradas, palabras, pensamientos, recuerdos, acciones. Quiero renunciar a mi voluntad y hacer la Tuya. Como María, la Madre, tu Madre, ser y entender la “esclavitud” y empezar a vivirla.  Y la oración surge sin quererlo: deseo eliminar esta inclinación hacia mi egoísmo, ayúdame a evitar mis caprichos; no dejes que entren las fantasías, las ambiciones, aunque sean muy pequeñas. No sé ofrecerte cosas grandes. Deseo ardientemente que estas palabras sean como pequeñas gotas perfumadas y amorosas que voy echando con gran delicadeza en ese espacio de tiempo.

El objetivo es llegar a amar más, deseos de mejorar, de no desanimarse nunca, de abandono en los brazos de Jesús: La “gotita de rocío” se hunde más y más en el cáliz de la Flor de los campos y allí encuentra ella todo lo que perdió, y aún mucho más [19]

Se habla con Cristo de lo que interesa, de lo que preocupa a ambos. Se crea el clima amoroso. Es más o menos algo parecido a esa actitud del niño que junto a su madre dice palabras inconexas, que solo entiende ella, y el pequeño se siente comprendido y la madre halagada en una entente exclusiva materno-filial, única.

Un clima también semejante al que se prepara para el amor humano: el que ama arregla su exterior, su modo de estar, se recoge en lugares concretos que invitan a charlar. Busca palabras para aclarar o empezar lo que conviene decir, deseos que quiere expresar, frases sueltas que son recuerdos para ambos: miradas, peticiones, nada, silencio...

 

LA FUERZA DEL MUNDO INTERIOR

La abstracción, el esfuerzo, el silencio interior son necesarios para alejar impedimentos y huir de las algarabías que bullen y acechan, para dar lugar a que el pensamiento se centre solo en Él. Es una elevación del alma sobre sí misma para dar entrada a Dios en ella. Más habéis de entender, decía Santa Teresa de Jesús, que va mucho de estar a estar. Que hay muchas almas que están alrededor del Castillo que es donde están los que lo guardan- y que no se les da nada de entrar dentro ni saben que hay en aquel tan precioso lugar...ya habéis leído que es como entrar dentro de sí...[20]

¿Qué hacer entonces? Escuchar la voz de Cristo: Niña Mía. Has de saber que el mayor obstáculo para la santidad es el desaliento y la inquietud injustificada que te quitan la posibilidad de ejercitarte en las virtudes. Todas las tentaciones juntas no deberían ni por un instante turbar tu paz interior; y la irritabilidad y el desánimo son los frutos de tu amor propio. Por lo tanto, confianza, niña Mía; no debes desanimarte sino venir a Mí para pedir perdón, porque Yo estoy siempre dispuesto a perdonarte. Cada vez que me lo pides, glorificas Mi misericordia.[21]

Es una realidad que Dios está siempre en disposición magnánima ya que añade a su perdón la gloria de su misericordia. Es indudable que el alma ante tanta generosidad y amor, recoja estas maravillas divinas y piense modos y maneras de responder dentro de su limitación.

Entiende que el encuentro diario con Dios, cuando ya es habitual esa relación divina, y siempre, es necesario prepararlo muy bien aunque solo sea por agradecimiento. Cuando ya se tiene un tiempo largo en el que se ha esforzado el alma en esa oración con Dios, se conocen las debilidades y se aprovecha más su gracia.

Habla, porque te escucho en todo momento, niña amada, te espero siempre. ¿De qué deseas hablar conmigo?[22] Dios espera que se le comente todo lo que ocupa la inteligencia y lo que reside en el corazón. Es juez imparcial y consolador cuando hay penas. Proporciona claridad en la confusión. Y el corazón se llena de dolor o experimenta alegría porque ha tenido su ayuda para actuar según su voluntad. Genera paz, serenidad, amor.

Y se oye una voz interior que clama: yo busco tu silencio, tus palabras, la belleza de un gesto tuyo. Busco en ti las cosas ciertas. No te inquietes. Yo estoy contigo.

Esto tranquiliza al alma que adquiere una cierta seguridad de que su esfuerzo, que reconoce débil, obtiene enseguida la respuesta, en forma de una serenidad que no ha sido provocada por ella misma.

Por una parte, hay gozo, hay esperanza que queda contrastada por el buen temor a perder lo conseguido. Juegan en su interior diversas fuerzas que la equilibran porque se acoge a la gracia divina, coloca su esperanza en que Dios lo hace todo, no se tambaleará y desaparece el cansancio. Ya no trata de su contento,  sino de que lo esté su Dios.

El alma que ora, va a complacer a Jesús y su meta es hacerle sonreír. ¡Tiene tanta desolación a su alrededor, tantos olvidos...! Y aunque en el Santo Evangelio no se encuentran descritas las sonrisas de Jesús, es indudable que precisamente, porque era habitual en Él, no se recogieran. Siendo la misma delicadeza, el amor por todos, la predicación constante de su misericordia y de su perdón, su exterior era también, lo que les atraía.

Distraer a Jesús con hechos que se sabe que le complacen, hechos humanos, rasgos de bondad en los demás, situaciones divertidas que tienen como fondo sus cosas. ¡Cuántas veces en las reuniones familiares se comentan los hechos graciosos de los niños! ¡Sus movimientos torpes, cuando se inician en la palabra...!

¿Cuál es la situación del alma enamorada que intenta hacer oración?  La misma que los enamorados: dice tonterías, no termina las frases...de repente surge un pensamiento, una oración breve que revela los deseos de amor, o de petición  o de perdón. Quizá, una de las manifestaciones del alma que más consuelan a Jesús son las acciones de gracias por todo lo que se va recibiendo.

Y las peticiones. No hay que tener miedo a pedir demasiadas cosas, al contrario, si Dios es el Dueño y Señor de todo el universo y todo lo creado, ¿por qué no ser audaces? Los niños pequeños piden la luna a sus padres y están convencidos de conseguirlo y utilizan toda clase de artimañas para conseguir su deseos, hay que ser sencillos: En la tierra hay gentes que saben hacerse invitar, que se cuelan por todas partes...Si pedimos a Dios algo que no entra en sus cálculos darnos, es tan poderoso y tan rico, que se le puede hacer ya puntillo de honor el decirnos que no, y lo da....[23] Y poner a Jesús en esta tesitura puede llegar a ser habitual: ¡Lúcete, Señor! ¡Que se vea más tu Gloria!

Y todo debe encerrar el deseo de que Él esté a gusto, que es lo esencial: los niños si son buenos, lo hacen para complacer a sus padres. Por eso no se ha de trabajar para llegar a ser santas sino para agradar a Dios.[24]

Y gusta a Jesús también, que se le den gracias: por esas cosas materiales que se tienen y que llegan a veces inesperadamente; por aquellas que pertenecen al mundo espiritual de la amistad, de la reconciliación, del olvido de cosas negativas...; de detalles de cariño y servicio que no se merecen y se disfrutan. Eso es conversar con Jesús y mantener su presencia.

 

COMO CONSUELA UNA MADRE A SUS HIJOS

Anima recoger de la Escritura santa un grito divino que fortalece a la esperanza: Como consuela una madre a sus hijos, así os consolaré Yo a vosotros y seréis...consolados. Cuando veáis esto latirá vuestro corazón... que reverdecerá como la hierba (Is 66, 13).

Pero, ¿cómo demostraré mi amor, ya que el amor se prueba con obras? Pues bien, la niñita echará flores. Embalsamará con su fragancia el trono divino, y con voz argentina entonará el cántico del amor, así echará flores; cuantas encuentre, sin exceptuar una sola, las deshojaré en vuestro obsequio.[25]

La acción y el pensamiento van unidos de tal modo que uno y otro crecen al unísono. Parece que ya se ha establecido una entente, el clima se apercibe durante el día, porque el pensamiento se detiene más en Jesús. Y sin hacer grandes esfuerzos, ya sale como un hábito bueno un: “te quiero, tengo ganas de estar otra vez contigo en soledad, en el silencio”.

Y surgen los detalles con Él casi sin querer: ¿te gusta mi orden en el trabajo? Me ha costado mucho, Tú lo sabes, pero quiero decírtelo. Dejé para otro momento la impaciencia, a pesar de que tenía toda la razón. Y me acordé de Ti y de la Tuya conmigo. Me quedé feliz. Deseo llenar los deseos de tu corazón, aunque sea una redundancia, mi intención eres Tú.

Aunque hay momentos en los que todavía persiste la duda, la tentación que aparece en forma plácida y dulce, pero que no deja de ser un principio de seducción para esa alma que se está entregando más cada dia, y surge el interrogante: “Pero, ¡de qué os servirán mis flores y mis cantos, Jesús mío?” Se hace, entonces audaz y continúa: ¡Sé muy bien que esta fragante lluvia, estos frágiles pétalos que carecen de valor, estos cantos de amor que entona este corazón tan pequeño, os embelesarán, a pesar de todo! Sí, esas nonadas os recrearán; harán sonreír a la Iglesia triunfante, la cual queriendo jugar con la niñita, recogerá las hojas deshojadas, y después de hacerlas pasar por vuestras manos divinas para comunicarles un valor infinito, las esparcirá por la Iglesia militante para darle la victoria.[26]

El alma ya va con cierta prisa interior a encontrarse otra vez con Él y en el ínterin, ha ido colocando las cosas en su sitio. Y se advierte que tiene más facilidad para reconocer sus fallos y evitarlos. Sale de un estado de ciertas inquietudes a un esfuerzo, que le viene de la gracia de Dios, para dominarlos.

Entra entonces, en la profundidad del ser humano el deseo de servir y escuchar mejor lo que antes no entendía, lo va captando; y sus juicios son en principio, interiormente menos duros. Es como si penetrara en lo recóndito del mundo y en un instante sus sentidos recorrieran las distancias que antes no percibía. Y las reflexiones sobre tal o cual asunto son maduras. Y le parece escucharse diciendo: Si me llamaras, sí. Si me llamaras, todo lo tiraría. [27] Y es un “tirar” que se fundamenta en un desprendimiento de personas y de cosas que antes amaba en exceso y que ahora ha colocado en el sitio que les corresponde. Se siente ciertamente liberada. Y puede ser que después de descender y subir muchas veces, vuelva a tener esa “semejanza”, ese parecido con Dios para el que fue creada.

Y el deseo tan grande de unión con Dios, le lleva a encontrarse tan menuda, por decirlo de una manera nueva que sin querer recuerda una estratagema que escribió Teresa de Lisieux: He tenido la sugerencia de que los niños juegan generalmente con los juguetes insignificantes porque pueden tomarlos o abandonarlos, romperlos o besarlos a su juicio; en cambio no pueden obrar así con los juguetes de valor que apenas osan tocar....Se ha llenado mi alma de dicha al verme tan pobre...para que Jesús pueda siempre jugar conmigo a su gusto y sin cumplimientos.[28]

Y en esta actitud desprendida y humilde el alma agradece y el que agradece los beneficios se prepara otros nuevos, y en el día de la caída hallará apoyo, dice la Sagrada Escritura (Ecl. 3,34).

 

EL POLVO DEL CAMINO

Y el polvo del camino no le coge de sorpresa, no da lugar a ser la persona distraída, inmersa en lo suyo que acude a la cita con Jesús, ya no es así. Aunque en un momento pueda llegar a decir que: Las tinieblas han ofuscado mi mente, pues, ¿cómo avanzar?. Todo esto me desanima mucho y pienso que las alturas de la santidad no son para mí. [29] Ha sido una experiencia amarga, que deja un cierto sinsabor y como una desesperanza triste que quiere imponerse, es una tentación: si pude, ¿por qué hoy, no? Y la respuesta verdadera que lleva más a Jesús es... Me siento más feliz después de haber sido imperfecta que, si sostenida por la gracia, hubiera sido un modelo de paciencia! ¡Me aprovecha tanto ver que siempre Jesús es tan dulce y tan tierno conmigo![30]

El alma sabe o debe saber que mientras que viva en este mundo no está exenta de imperfecciones y esta situación que se da en todas las almas que desean llegar a la santidad, queda reconocida por la propia Iglesia que al canonizarlos no dice que estuvieran exentos de faltas y defectos sino que poseyeron, a lo largo de su vida, las virtudes en grado heroico. Si camina convencida de que, a pesar de las debilidades, debe continuar el camino no dejará paso al desaliento que tanto daño hace a las almas que aspiran al amor de Dios. La respuesta a todo es amar más, excederse. Jesús nos ama con locura y así lo ha demostrado.

La madre conoce las variaciones del carácter de su hijo y solo al mirarlo, no necesita más, discierne lo que le está sucediendo: está cansado, se aburre, llora, tiene ganas de que le den un chocolate y no es momento. El diálogo madre-hijo es sereno, amable y recio por parte de ella, y caprichoso por parte de él, que incluso da patadas en el suelo porque no le dan lo que pide. Ha habido falta de sueño, cansancio...y la pereza le puede.

Jesús que conoce la humana fragilidad espera paciente que desaparezcan las distracciones en la oración y envía su gracia para que la reacción sea rápida. ¡Tanto como nos quiere el Señor, harto le duele el verse obligado a dejarnos sobre la tierra cumplir nuestro tiempo de prueba, para que constantemente le estemos ponderando lo mal que nos va; hay que hacer como si no lo notase uno...![31] Es un truco que utiliza el que de verdad quiere enamorarse. Es un modo sencillo de “retar”a  Dios. El alma que se abandonó un poco, que permitió que entrara la inquietud que le roba la paz, que ha dedicado algún momento a decir palabras ociosas, a la curiosidad vana, al deseo de figurar en cualquier aspecto de la vida... rectifica. Y disimula, y mira directamente el rostro de Dios, como el niño lo hace fijamente en el de su madre y este gesto, le ayuda. Si permanece esforzándose es posible que oiga en su interior: Niño bueno: dile a Jesús muchas veces al día: te amo, te amo, te amo...[32] Y auxiliada por Dios, con ese fuerte deseo de amor, impulsada por el Amado, vuelve a empezar. Y aún más, consiguió disimular ese olvido y Jesús “no lo vio”.

Ser pequeño es no desalentarse por las faltas porque los niños que se suelen caer al suelo con excesiva frecuencia, porque todavía no se sostienen bien en pie, no se hacen mucho daño, buscan enseguida agarrarse a algo. Y son ayudados por los mayores a ponerse otra vez en pie. Y lo hacen una y mil veces hasta que aprenden a andar bien.

Y el alma que acepta estas pequeñas caídas crece en humildad... pensaba que ya era todo sencillo e incluso que había podido sola... pero se consuela  porque “el Señor ve nuestra fragilidad”.

En el Amor a Dios, se cuenta siempre con el Ser por excelencia, Jesús, nunca falla: Jesús no me dejes sola... no disminuyas ninguna de mis penas. Dame fortaleza para asimilarlo todo y cumplirlo.[33]

El alma ruega y la respuesta es: “Yo te busco, dice Jesús, te espero, estaré contigo. Pero, ven”. Es muy claro el pensamiento de San Agustín: “Dios que te creó sin ti. Pues para esto no diste el menor consentimiento, ni lo podrías dar sin existir... Pero, Dios que te creó sin ti, no te salvará sin tu cooperación”. Y amar así, es cooperar en grado superlativo.

 

PORFIAR EN EL AMOR

Y el alma vuelve siempre a empezar, y Dios sonríe ante las tentativas que hace para atraerle. Pero, el alma que va sabiendo de amor dice audazmente: “Si vos no me escucháis, os amo más todavía”. Y al finalizar está feliz. Su oración llegó al cielo y fue atendida por Jesús. A Él le gusta cuando hay porfía, hay lucha, cuando solo se ha hecho por amor, sin esperar ningún consuelo.

Está en condiciones de entender: Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete fuera, vuélvete dentro, si quieres y en todas partes encontrarás tu cruz.[34]

Y con la confianza que ya tiene con Jesús le pregunta ante alguna situación en la que se encuentra: Pero una cosa más, Señor: ¿qué hacer si me desprecian y rechazan los hombres, y especialmente aquellos con quienes tuve derecho de contar y además en los momentos de mayor necesidad? [35] Es un interrogante lógico que le lleva a decir y a actuar el hágase Señor, tu voluntad. Y recoge datos en su corazón y en su cabeza para poder advertir que “este camino por el que ando, ciertamente no es camino de consuelos para mí. Pero lo es sobre todo de consuelo. Ya que ha sido Él mismo quien me ha hecho andar por él y yo solamente quiero consolarle  a Él solo, sólo a Jesús...[36]

Y esta oración ha potenciado más el encuentro. Ha sonado el ¡ring! del teléfono divino y Jesús ha descolgado, pero decidió dejar hablar al alma y Él escucha complacido. Y ahora le vuelve a decir: no temas, estoy aquí.

Y en verdad que allí se encuentra. El alma queda bañada e iluminada, de algún modo, por Él, por una luz que llena la inteligencia, siente a Dios, en quién está la hermosura perfectísima. Lo capta, aunque solo sea momentáneamente, pero la deja satisfecha. Y su deseo es poner más de sí misma. Se encuentra en un estado de querer dar más de un modo más confiado.

Es muy semejante este estado al del niño pequeño, de muy pocos años, que permanece con la cabeza vuelta hacia arriba porque es muy bajito, mirando a su madre, con una mirada interrogante que no se sabe bien qué quiere, no tiene capacidad para expresarlo, ni siquiera lo sabe, pero está seguro de que le va a entender.

El alma, en esta misma postura, espera y se enciende en seguridad. Conoce que Jesús le va a dar algo, unido casi siempre a una petición de mejora, de que llene todo con su recuerdo, de desagravio por el mal que existe en el mundo. Y Jesús se abaja a esa alma y se pone a su altura para decir lo que desea. Del mismo modo que el niño grita de felicidad, ya tiene a su madre al alcance de su vista y de sus manos; y ya no espera, ya la coge, dice frases inconexas y es feliz.

Así el alma toca a Dios. Balbucea palabras que quieren expresar también su amor a Jesús. Y el tiempo pasa lleno de su presencia: aunque reconoce que no hay nada en ella capaz de atraer las divinas miradas de Jesús.[37] Pero al mismo tiempo solicita que agrande su amor a Él. A imitación de los santos encuentra consuelo en estas palabras que fueron vida: el Señor que quería llamar a Sí a los más pequeños y más débiles, se apresuró a desarrollar mis alas. Y como se goza en mostrar su bondad y poder, sirviéndose de los instrumentos  menos dignos, me llamó a mí... Jesús sabía  cuán débil era yo...[38]

Nadie como El entiende a la raza humana. Él ha sido su Creador y aunque los creó sin pecado, después de la desobediencia, los dejó libres. Ahora que lo han contraído, los sigue queriendo quizá más, porque conoce su debilidad.

El ejemplo es simple pero significativo. Al crear los astros Dios-Padre los fue dotando de variadas formas. Y también jugó con la luz, hasta el punto de que las estrellas, todas ellas, difieren en la claridad y por eso es difícil distinguirlas. Así a cada hombre Dios le da su luz, una luz que se asemeja a Él, que es la Luz que ha venido al mundo para iluminar a los hombres.

Jesús va a ir diciendo a esa alma lo que desea. No se puede pensar que una vez conseguido un “sobresaliente”, -se entiende que es una relación más íntima con Él- ya no es necesario nada más.

Y Dios le presenta muchas opciones, ha de ser ella la que descubra o vaya descubriendo panoramas. Ha de situarse a distancia de ella misma, dejar el porvenir en manos de Dios, intentar desagraviar por un pasado tibio o donde hubo falta. Apagar la inquietud que no es sana. El sabe lo que conviene y si el alma desea adelantarse, casi siempre yerra.

Aprende a no pedir nada. Así obliga a que Dios sea el que dé lo que más le convenga.

Hoy día, hay muchos ejemplos que se pueden utilizar con más acierto. Pero, éste es viejo. Y lo han utilizado algunos santos, dicen que: para desbrozar un campo, llenos de hierbas altas y bajas, helechos con raíces duras y pequeñas flores raídas, se pueden seguir dos caminos. Uno de ellos consiste en coger un azadón  que corta lo profundo y poco a poco va despejando el terreno. Pero existe otro método más sencillo y más rápido: prender fuego a la maleza. Las llamas, ayudadas por el viento van quemándolo todo, no dejan rastro. Sólo un montón de cenizas que sirven de abono para el sembrado posterior. Así se encuentra el alma que se abandona en Dios. Es o quiere ser terreno fecundo.

Eso es lo que el Amor desea, que Él prevalezca sobre todo. Es San Juan de la Cruz el que explica algo esta situación, referida a la oración personal y que puede servir, para que cada alma pueda identificarse o no con ella: La delicadeza del deleite que, en este toque de amor, se siente es imposible decirse; ni yo querría hablar de ello, porque no se entienda que ello no es más de lo que se dice, que no hay vocablos para declarar cosas tan subidas de Dios como en estas almas pasan, de las cuales  el propio lenguaje es entenderlo para sí y sentirlo para sí, y callarlo y gozarlo el que lo tiene.[39] Situación que puede relacionarse con aquella que un alma en proceso de canonización dejó escrita: Orar es profundizar en el silencio hasta llegar donde sólo está Dios. Donde ni los Ángeles, sin permiso nuestro, pueden entrar. Y allí adorar a Dios, y alabarle, y decirle cosas tiernas.[40]

 

PERSEVERAR EN EL ATARDECER DE LA VIDA

La perseverancia es una virtud que se alcanza si se pide a Dios con fe. Ya el Señor advirtió que su camino era angosto pero está bien señalado y El acude siempre, si se solicita su ayuda. Por parte de Dios no hay traiciones, ni olvidos, ni echa en cara un mal paso. Perseverar es el deseo de los que quieren ser santos. Pero la perseverancia se adquiere si se continúa la lucha. Cada persona que se empeña en ir hacia Dios, es contemplada por Él como un ser único a quien recibe, escucha y atiende de acuerdo con sus necesidades. Frente a Dios cada uno es excepción, no es un número: Me son agradables tus esfuerzos, Oh alma que tiendes a la perfección, dijo Cristo hace poco tiempo.[41]

Y la perseverancia en la oración es imprescindible.

Hay una escena en el Génesis, que lleva a la reflexión, en estos momentos en los que ya el alma ha aprendido a amar y está dispuesta a continuar su amistad con Jesús, porque ha verificado por sí misma, el gran beneficio que le ha producido este estado de entrega a Dios.

Es un relato muy breve. Dice el Génesis (3,8): Yahvé Dios se paseaba por el jardín al fresco del día, o sea al atardecer. Se pueden glosar de muchas maneras estas breves líneas, quizá, un modo de trascenderlas sea pensar que hasta el propio Dios, sale a pasear en  el atardecer, al finalizar el día.

¿Qué tiene el atardecer que no tenga otro momento del día?

Desde el punto de vista espiritual, hay un gran gozo de haber ofrecido muchos años de esfuerzo, a Dios. Y esta situación de plenitud lleva a charlar con el Amor, para darle cuenta de miles de horas, que ya conoce, porque han sido suyas pero que interesa -para revalorizarlas sobrenaturalmente-, volverlas a ofrecer: Aquí tienes, Jesús, este trabajo de tantos años, que he procurado hacer bien.

La consecuencia inmediata de esta ofrenda repetida en los primeros años de juventud y madurez  y ofrecidos al atardecer de la vida, proporcionan un respirar en paz. Una paz profunda, que procede del paisaje del alma que tiene una semejanza bucólica y que siempre transporta al alma a la naturaleza, creada por Él.

Es ese momento en el que se recoge el campo: se oyen las esquilas de los animales que van hacia los lugares de descanso, vuelan tímidamente todavía algunas aves, se oye el impresionante silencio de la naturaleza viva. Si Dios Padre tenía costumbre de hablar con sus hijos, recién creados a la vida a estas horas, es lógico que sus descendientes en el tiempo, actúen de semejante manera. Es la hora de contar los sucesos acaecidos  en la vida, es el momento de preparar la reunión última con el que se ama. Es un tiempo cumbre para cualquiera porque supone un descanso activo.

De ahí se puede deducir que el alma sencilla, que ha estado luchando por conseguir una relación continua y amorosa con Dios, se encuentre en el invierno real de la vida con una juventud que tiene mucho de infancia, de “niños grandes audaces” que piden la luna porque saben que van a ser correspondidos. Guardan, viven esa relación con Dios que contiene una frescura interior atractiva. Y es natural que puedan desear lo máximo, la santidad: Niño audaz, grita: ¡Qué amor el de Teresa!-¡Qué celo el de Xavier!-¡Qué varón más admirable San Pablo! ¡Ah, Jesús, pues yo...te quiero más que Pablo, Xavier y Teresa![42]

No es entonces, extraño encontrarse con personas que, en estas circunstancias de la vida, mantienen una sonrisa amplia, ven el mundo con ojos limpios y siempre están en disposición de ayudar, obviando dificultades físicas. Y más aun, en las conversaciones dan siempre una visión positiva de la vida, ven el lado bueno de las gentes, no se detienen en los defectos o en valoraciones que disminuyen a los demás. Y puede ser que oigan reproches o largas disertaciones de los adultos sobre este modo tan suave de ver a las personas y a la vida, cuando todo, a su juicio, no puede ir peor.

En el atardecer de la vida disfrutan de la generosa misericordia de Dios con ellos, que les invade de paz: Yo amo lo que Dios me envía.[43] Son mujeres y varones con las “fachadas” muy gastadas, con dificultades físicas que se encuentran a la vista de todos, pero interiormente están recalados en Él, por la gracia de Dios. Y, aunque a veces, esgriman el genio, o no acepten una explicación y se pongan tozudos, siempre hay una vuelta, un buscar al que se ha herido sin querer, por debilidad.

Es el último estadio de una vida física que se prolongará en esa estancia del Cielo. Y es en este momento cuando Jesús, que vive en sus almas, les solicita la última renuncia.

No cabe la menor duda de que la sensibilidad  de estas personas está más agudizada por el tiempo y tienen menos fortaleza física, que no espiritual, y es posible que surja la queja de una incomprensión o un mal trato de palabra y de obra, al pensar que pueden ser abandonados buena parte del día. Pudiera ser que la enfermedad agudice esos pensamientos reales o no. Y es el momento de vivir con ellos la auténtica caridad cristiana.

Pero, a su vez, la persona en estas circunstancias reales, con deficiencias personales, con variadas dificultades, si continúan en la presencia divina, el crecimiento en el Amor es innegable. Y estos tiempos serán más fáciles de llevar. Nunca hay que desesperar: “levantaos y no temáis”, dijo Jesús después de su Transfiguración en el Monte Tabor, a los apóstoles atemorizados y caídos en el suelo, ante la magnificencia divina. Y hoy día Jesús lo repite con más ardor, si cabe: Yo te respaldo siempre, así que apóyate en Mi brazo y lucha sin temer nada. Toma el recipiente de la confianza y recoge de la fuente de la vida no solo para ti, sino que piensa también en otras almas y especialmente en aquellas que no tienen confianza en Mi bondad. [44] Se añade aquí la urgente necesidad de orar por los que no lo hacen para conseguir que muchos más, todos, le amen.

Jesús estará muy unido a los que hasta el fin de sus vidas le sigan y sus palabras de consuelo llegarán al fondo de sus corazones. Teresa de Lisieux, en sus últimos momentos, dejó escrito un verso que tituló: “Canción de este minuto” y que revalida la idea de seguir amando con mayor fuerza a Cristo, cuando se inicia el atardecer de la vida, en su caso por enfermedad siendo tan joven. Dice así:

Úneme siempre a Ti, Viña santa y sagrada

Y mi débil ramaje te rendirá su fruto,

Y así podré ofrecerte mi dulce uva dorada,

Siquiera este minuto.

Sus granos son las almas, ¡Oh, racimo de amores!

Hacerlo habré de prisa: de la noche cae el luto.

Dame, Tú, mi Jesús, de un apóstol ardores

Siquiera este minuto.

Dios premia el esfuerzo de tantos años de fidelidad y de lucha. Y  después de años de lucha con uno mismo, se derrama la gracia de Dios hasta el punto de que se pueda llegar a decir: la práctica de la virtud se me hizo agradable y natural. Mi rostro delataba al principio la lucha interior de mi alma; pero, poco a poco, la abnegación me pareció fácil, aun en el primer momento. Jesús lo ha dicho: al que tiene se le dará todavía más, y estará en la abundancia. Por una gracia recibida con fidelidad, me concedía otras muchas.[45]

Y la confianza en Jesús se hace plena y el alma así confiada es capaz de repetir y hacer suya aquella oración: Jesús, fuente de la vida, santifícame. Fuerza mía, fortaléceme. Mi Jefe Supremo, lucha por mí, Única Luz de mi alma, ilumíname. Maestro mío, guíame: me confío a Ti como el recién nacido al amor de su madre. Aunque todo se conjure contra mí y aunque me falte tierra bajo los pies, estaré tranquila junto a Tu Corazón. Tú siempre eres para mí la más tierna de las madres y superas a todas las madres... Y la respuesta no se hizo esperar: Hija Mía, no tengas miedo de lo que te sucederá, no te daré por encima de tus fuerzas; conoces el poder de Mi gracia, que eso te baste.[46]

 


 

[1] Santa teresa de Lisieux.o.c. Carta VII. Pág. 513.

[2] María Ignacia    “Diario”. 14.3.1932 pág. 12

[3] Ibidem, Carta XXV pág. 576.

[4] Ibidem, carta XXIV, pág. 57

[5] Ibidem, pág, 182, pár, 30

[6] Ibidem, pág. 339.pár, 41

[7] María Ignacia o.c. Día 7.5.1932 pág. 18.

[8] Ibidem, pág, 159, pár. 3

[9] San Josemaría Escrivá “Camino” nº 901.

[10] Genoveva de la Santa Faz. “Consejos y Recuerdos”. Ed. Monte Carmelo. Burgos, 1953. pág. 45

[11] Ibid. pág.52

[12] Santa Teresa de Lisieux.o.c. pág. 384

[13] San Josemaría Escrivá. “Camino” nº 900.

[14] María Ignacia    O.c. Día 13.2. 1932, pág. 9

[15] Santa Teresa de Lisieux, o.c. Carta XIV, pág. 554

[16] Ibidem Carta XVII, pág. 559

[17] María Ignacia   Madrid, 19.5.1932, pág. 21

[18] María Ignacia       Dia, 19. 5. 1932, pág. 23.

[19] Santa Teresa de Lisieux. o.c. pág. 506

[20] Obras completas  de Santa Teresa de Jesús. Las Moradas. Ed. Bac. Madrid, 1997 . pág. 473-474.

[21] Santa Faustina Kowalska. O.c. pág. 528, pár.1488.

[22] Ibidem, pág. 529. pár,1.489.

[23] Consejos y recuerdos o.c. pág. 53

[24] Ibidem, pág, 54

[25] Santa Teresa de Lisieux o.c. pág.260, pár.18

 

 

[26] Ibidem pág. 261 pár, 19

[27] Pedro Salinas. “Antología de los poetas del 27”. Ed.  Madrid, 1994

[28] O. C. Carta VI, pág. 533.

[29] Santa Faustina Kowalska. O.c. pág, 526, pár. 1487

[30] Santa Teresa de Lisieux. O.c. Carta XVI, pág. 523.

[31] Santa Teresa de Lisieux. Oc. pág. 448

[32] San Josemaría Escrivá. Camino, 878.

[33] Santa Faustina Kowalska o.c. pág, 526.

[34]  Tomás de Kempis, “Imitación de Cristo”. Ed. Monte Carmelo. Madrid, 2002

[35] Santa Faustina Kowalska. O.c. pág 527.

[36] Santa Teresa de Lisieux. O.c. Carta VI pág, 512

[37] Santa Teresa de Lisieux. O.c. pág. 7 pár. 6

[38] Ibidem, Pág. 72

[39] San juan de la Cruz. “Llama de amor viva” 2,21.

[40] M.Eguíbar. “Guadalupe Ortiz de Landázuri”Ed. Palabra.Madrid 2000, pág.243

[41] Santa Faustina Kowalska.O.c. pág. 527.pár. 1488

[42] San Josemaría Escrivá. Camino, 874.

[43] Santa Teresa de Lisieux o.c. pág.448

[44] Santa Faustina Kowalska.O.c.pág.528, pár.1488.

[45] Santa Teresa de Lisieux. O.c. pág. 91.pár, 21

[46] Santa Faustina Kowalska. O.c. pág. 533.pár, 1490-91.