CAPÍTULO VI
EL FRUTO APOSTÓLICO DE LA INFANCIA ESPIRITUAL
El amor del varón a la mujer y viceversa, que se vive en el matrimonio, tiene su máxima expresión en dos aspectos fundamentales: la ayuda mutua entre los esposos y la continuación de ese amor en los hijos. El nacimiento de un niño es motivo de felicidad para sus padres, es un momento que se recoge siempre con un cierto misterio y emoción: ¡es mi hijo! ¡es mi niña! dicen los padres y la enseñan con orgullo entre sus brazos con cierto temor de hacerle daño, si son todavía inexpertos.
Para que este mundo nuestro vaya por un cauce cristiano-el único que merece la pena-, hemos de vivir una leal amistad con los hombres, basada en una previa leal amistad con Dios.[1] Amistad profunda del alma con Dios que tiene también esos dos fines. Por parte de Dios es real que permanece en vigilia amando siempre y correspondiendo con magnanimidad al objeto de su amor que es el hombre. Y por parte del hombre ha de existir también, verdadera correspondencia y entrega personal. Y si esto se realiza de esta manera, de ese profundo amor espiritual de Dios con el hombre y de éste con Dios nacen aquellos que lo descubren y se enamoran también, y desean seguir y continuar en esos caminos divinos.
Decídete a encender el mundo -puedes- en amores limpios. Para hacer dichosa a la humanidad entera, acercándola de verdad a Dios.[2] El verdadero enamorado no ceja en su empeño, con palabras y con obras relata, comunica a los demás su gozo. Y ha de evitar que ese amor que le enciende cada día y cada minuto de su vida, se estanque por cualquier cosa, aunque sea muy pequeña, porque pierde entonces, un tiempo precioso, aunque luego lo recupere. Así lo decía Teresa de Lisieux: No perdamos el tiempo... salvemos almas… esas almas que se pierden como copos de nieve, mientras que Jesús llora... nosotros ¿nos lamentaremos todavía de nuestros sufrimientos?¿No le consolaremos?[3] Qué dulce es el camino del Amor... Es cierto que se puede caer, que se pueden cometer infidelidades; pero el amor, haciéndolo todo de un sabor, consume con enorme rapidez todo lo que puede desagradar a Jesús, no dejando más que una humilde y profunda paz en el fondo del corazón...[4]
El alma enamorada habla de su amor a los demás, lo hace en la amistad con los otros, buscando el modo y manera de decirles lo que ella vive y lo feliz que es. Desea, cada vez más, que otros sigan su camino y contribuir con ello a eliminar la aflicción humana. Porque el peor mal es no ser querido; y no consiente, no lo desea que puedan existir cerca de ella seres que se sientan solos y abandonados, aún en medio de una vida llena de comodidades y riquezas. Y lo que más le duele es poder contemplar que una parte de la humanidad está triste porque se encuentra sumergida en sí misma. Y esto hace decir a quien ama de verdad a Jesús: Tú sabes con qué ardor deseo que todos los corazones latan exclusivamente por Ti, que cada alma glorifique la grandeza de Tu Misericordia.
Y la respuesta invade de calor el alma, es tan consolador conocer lo que respondió Cristo a una santa: Hija Mía amadísima, delicia de Mi corazón, tu conversación me es más querida y más agradable que el canto de los ángeles. Todos los tesoros de Mi Corazón están abiertos para ti. Toma de este Corazón todo lo que necesites para ti y para el mundo entero.[5]
Hemos de ser capaces de incendiar el mundo de amor a Dios. Hoy día que todos corren, se apresuran, cambian de amores, se encuentran insatisfechos con casi todo, necesitan frenar esa vida tan superficial, para contemplar de cerca a un enamorado, de verdad. Y hay que hacerlo con el corazón puro y con deseos ardientes que recoge Dios: Quisiera iluminar las almas como los profetas y los doctores: Quisiera recorrer la tierra predicando vuestro nombre y plantando ¡Amado mío! en toda la tierra vuestra gloriosa cruz. Más no me bastaría una sola misión, pues desearía poder anunciar a un tiempo vuestro evangelio en todas las partes del mundo, hasta en las más lejanas islas.[6]
Hombres -varones y mujeres enamorados de Dios- que pisan la calle a primeras horas de la mañana para estar con Él, en una oración intensa, a quien le cuentan sus ilusiones y problemas, a quien piden solución y aceptan los sufrimientos que les envía, porque están convencidos de que, de ese modo, le agradan. Personas que ríen, que gozan, que aman a los suyos y al mundo entero porque saben que es de Dios. Y que sufren en silencio cuando el dolor les atenaza, y lo convierten en amor maduro.
¿Estas vidas llenas, pletóricas, esforzadas y serviciales no son acicate suficiente para atraer a los que están inseguros, solos en medio de una muchedumbre, tristes porque no conocen a Dios...?
Claro que sí. Los cristianos que quieren ser santos se encuentran en cualquier parte. No es necesario ir a buscarlos a sitios concretos, están en los lugares de trabajo, en las diversiones sanas, en las familias, en la amistad, en las iglesias,... Están cerca de ti, no es necesario hacer un “master” para descubrirlos: Con frecuencia, siento ganas de gritar al oído de tantas y de tantos que, en la oficina y en el comercio, en el periódico y en la tribuna, en la escuela, en el taller, y en las minas y en el campo, amparados por la vida interior y por la Comunión de los Santos, han de ser portadores de Dios en todos los ambientes, según aquella enseñanza del Apóstol: “glorificad a Dios con vuestra vida y llevadle siempre con vosotros”[9]
Urge que se llene el mundo de personas dispuestas a amar a Cristo. Es vital que el cristiano enamorado de Dios se decida a contagiar de verdad, su amor y publique con su palabra y con su ejemplo que efectivamente, ha conseguido la paz, que Dios es el amor que nunca falla, que llena plenamente el corazón, que hace feliz.
Es importante que en los medios de comunicación y en las conversaciones habituales se publique que existe el amor limpio a Dios, las familias que se quieren en Él, los matrimonios fieles... Ellos existen, son felices y tienen derecho y obligación de que los demás conozcan y respeten sus vidas y se acerquen a ellos para comprobar la verdad y seguirles. Cristo está vivo y su doctrina vigente y tiene muchos seguidores. Y su amor da frutos sanos. Y se hace realidad que: Si unimos nuestras almas en un mismo apostolado, nuestro fruto será inmenso, porque el Señor ya dijo: Si dos de vosotros se juntaran en mi nombre, alcanzarán de mi Padre cuanto pidieren (Mt, 18, 19) ¡Ah, lo que pedimos es poder salvar almas, amarle y hacerle amar.[10]
Para enseñar, para contagiar a los demás la felicidad, hay que vivir antes bien y tener el atractivo de Cristo, hay que llevarlo “escrito” en el corazón y en la propia vida, y transmitirlo con la fuerza del amor: Espero de ti, hija mía, un gran número de almas que glorifiquen Mi misericordia durante toda la Eternidad. Hija Mía para que respondas dignamente a mi llamada, recíbeme cada día en la Santa Comunión-ella te dará fuerza...[11] Son palabras dirigidas a un alma santa que ardía en el amor a Dios y que ve facilitado su trabajo porque cumplía lo que el Señor le comunicó en una ocasión: hija Mía, no presentes nunca ni tus ideas, ni tu opinión.[12] Y al hacerlo así, encuentra la fuerza, aguza el oído y está atenta en cada momento a lo que Dios quiere y así consigue atraer a las almas hacia Él. En estos días, en los que todo el Orbe ha contemplado la Ceremonia del inicio solemne del Pontificado de Benedicto XVI como Papa y Obispo de Roma, el recuerdo de las palabras que dijo su Homilía resuenan todavía en los oídos de todos: “Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea Él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia”[13]
Jesucristo, tiene esta fuerza, hay que escucharle mejor a lo largo del día y luego hablar más de Él. Y presentarlo con el atractivo que tiene: No olvides, niño bobo, que el Amor te ha hecho omnipotente.[14] Con la ayuda del propio Dios, ¿quién no puede?
La respuesta no es de grandes vuelos, ni de situacio9nes extraordinarias, no se necesita tener grandes dotes, no:“ In módico fidelis!”- fiel en lo poco...- Tu labor, hijo mío, no es sólo salvar almas, sino santificarlas, día a día, dando a cada instante-aun a los que aparentemente son vulgares-vibración de eternidad.[15]
Y por si no estuviera del todo claro y se cayera en la tentación de contemplarse inútil para poder servir a Jesús, Santa Teresa de Lisieux, enseña que: la obra que yo no había podido llevar a cabo durante tantos años, la realizó Jesús en un momento, contentándose con mi buena voluntad. Podré decir con los apóstoles, he pescado toda la noche sin coger nada (Lc. 5, 5). Y Jesús usando conmigo de más misericordia todavía que con sus discípulos, cogió Él mismo la red, la echó y la sacó llena de peces, hizo de mí un pescador de almas... Entró la caridad en mi corazón junto con la necesidad de olvidarme perpetuamente de mí misma y, desde entonces, fui dichosa.[16]
El plan de Dios sobre el mundo es que precisamente, cada uno restaure el orden primitivo que trastornó el pecado original y lleve a Dios todas las cosas temporales y busque el modo de perfeccionarlas. No se puede olvidar que en el principio del mundo cuando Dios inicia la Creación, después de cada día se añade la bondad a lo creado.
Y hay que ir a colocar en su lugar al hombre, que puede haberse despistado, que esté dormido, que se encuentre en situación poco receptiva. La ciencia, la tecnología, el arte, la moda etc., todo lo que forma parte del universo ha de llevarse a Cristo.
TODO LO ATRAERÉ HACIA MÍ
La fuerza del amor es imbatible. Dios se ha revelado a los hombres y en Jesucristo se ha cumplido la promesa hecha a los primeros padres. El ejemplo de su vida ha quedado escrito para siempre. No hay nada más que leer el Evangelio y hacerlo personal: están los apóstoles reunidos en el Cenáculo -después de la Pasión, Muerte y Resurrección y de la Ascensión de Cristo al Cielo-, recordando al Maestro que ya les ha venido a ver glorificado. Todos juntos, en oración, reciben al Espíritu Santo, en forma de lenguas de fuego que se posan sobre su cabeza.
Cada uno recibe ese calor divino y de repente, empiezan a hablar lenguas distintas y salen al exterior a predicar la palabra de Cristo (Act. 2 y ss).
La fuerza que transmiten es impresionante. Y Pedro, lleno del Espíritu Santo, empieza a predicar desde los Profetas hasta la venida de Jesús a la tierra. Entre muchas cosas, Pedro repite: “y todo el que invocare el nombre del Señor, se salvará”. Y narra la venida de Cristo y su entrega a los hombres. Y los que escuchan, son conscientes de que ellos han entregado al Señor; y se duelen y se arrepienten y piden el modo de convertirse. Y en número de tres mil, dice la escritura, solicitan el bautismo y el perdón de los pecados.
Hasta hoy día, a cada cristiano y siempre, le acompañará el Espíritu Santo, a quien debe invocar para que ponga palabras en su boca y sea Él el que transmita a las almas, el arrepentimiento..Procura ser un niño con santa desvergüenza, que “sabe”que su Padre Dios le manda siempre lo mejor.
Por eso cuando le falta hasta lo que parece más necesario, no se apura; y, lleno de paz, dice: me queda y tengo al Espíritu Santo.[17]
El que desea ser apóstol, todo cristiano, ha de poner el empuje necesario para saber transmitir una doctrina de amor y perdón y ayudar a los que andan perdidos o ignoran ese amor de Dios hacia ellos. Hay que saber presentar a las almas a Dios, y pedirle como a Él le gusta que lo realicemos. Hay que tener ese gancho del alma que sabe poner delante de Jesús, su amor, a los que desea que le amen también. Así lo hace Teresa de Lisieux: El amor -le dice con una convicción que agrada a Jesús-, atrae al amor, el mío se lanza hacia Vos, anhelando colmar el abismo que le atrae. Más ¡ay! es más pequeño que la gota de rocío perdida en el océano. Para amaros como Vos me amáis es preciso acudir a vuestro propio amor, sólo entonces encuentra descanso mi alma. ¡Oh Jesús mío! Me parece que no podéis prodigar mayor amor a un alma del que habéis prodigado a la mía; por eso me atrevo a pediros que “améis a los que me habéis dado, como me habéis amado a mí misma.[18]
El cristiano que ama y se sabe amado por Dios ha de ser también agudo. Con la agudeza que le hace ver los peligros, por una parte, y por otra, los lugares donde puede encontrar a su Dios. Y ¡qué mejor Maestro que Él! De ahí la seguridad de que si no consigue frutos inmediatos, es que no es momento y ha de pedir con más fe y ardor la conversión de esas personas.
En la predicación de Cristo se encuentran estas palabras: cuando me vaya de este mundo, todo lo atraeré hacia Mí (Jn, 19, 31-37). Jesús está en la Cruz. Junto a Él, su Madre, un grupo de Mujeres fieles y valientes y un adolescente, Juan.
Jesús durante sus tres años de vida pública, estuvo acompañado por una gran multitud de gente, unos le maldicen, otros, muchos, le siguen durante su Pasión y Muerte: es ayudado por un Cirineo a quien obligan a llevar la cruz y enseguida, se esfuerza libremente por ayudarle. No en vano se dice que después, sus hijos, creyeron y se convirtieron. Algo transmitiría el padre. Las mujeres de Jerusalén le acompañan y lloran por Él, la Verónica le enjuga el rostro... En la Cruz, uno de los ladrones le defiende y le pide entrar en su Reino. El Centurión, después de clavarle la lanza, le proclama Hijo de Dios. La tierra tiembla y se abren los sepulcros de los santos y resucitan muchos. Los soldados que le custodiaban, al ver lo que sucede, dicen: verdaderamente este era Hijo de Dios. Y se van atemorizados y con prisa. Hay, además, un algo misterioso que hace huir al pueblo que rehuye la culpa. La muerte de Cristo ha redimido a la humanidad. El fruto de Su Entrega es que la salvación para todos se ha verificado como lo había anunciado.
Y Jesús atrae como un imán a todos. Seduce con su amor de entrega y desea que el cristiano, dé también frutos, como consecuencia de su relación amorosa. Y a través de los siglos hemos podido comprobar que esa atracción de Cristo es una realidad en infinidad de personas, que le han seguido. No ha dejado de actuar, no ha olvidado al hombre. Su doctrina está vigente, se fundamenta en el amor generoso y en la aceptación del perdón solicitado: Abierta está la puerta por donde puedes entrar: Cristo es la puerta. Para ti y para mí quedó abierta cuando su costado fue atravesado por la lanza. Recuerda lo que allí manó, y escoge por donde puedas entrar. Del costado del Señor pendiente y muriente en el leño, después de que fue perforado, manaron agua y sangre. En la una está tu limpieza y en la otra tu salvación.[19]
No hay tiempo, ni lugar donde el Señor no deba ser glorificado, muy amado. No importan los tiempos, ni los espacios, ni el oro, ni las riquezas... por encima de todo se encuentra Jesús. Hay que dejarle trabajar,... Hacerse lo más pequeños posible, aceptando cada uno su propia insignificancia, reconociendo que sin él no se puede. Es un buen modo de confiarle las horas bajas, las pequeñas infidelidades, los olvidos... Decirle que sus deseos sean nuestra ley. Tirarle afectuosamente las “flores” de los pequeños actos de los que está llena nuestra jornada. Ofrecerle los deberes de nuestro estado, los sacramentos donde Él se manifiesta. Darle esta “nada”, lo que somos verdaderamente, con fervor.
Si seguimos fielmente este camino de vida de infancia, Él mismo vendrá a su hora a recogernos, y lo mismo que se hace con un niño pequeño, nos estrechará contra su corazón. Pero, la exigencia para ese niño que quiere ser santo y contagiar a todos pasa por este consejo útil: No cabe separar la semilla de la doctrina de la semilla de la piedad.
Tu labor de sembrador de doctrina podrá evitar los microbios que le hagan ineficaz, sólo si eres piadoso.[20]
El sol se eclipsa por la interposición de la luna, la luna por la intercalación de la tierra, y ambos eclipses son equivalentes, ya que con sus respectivas intercalaciones, la luna quita a la tierra y la tierra a la luna, los mismos rayos del sol. Hay que evitar que esto nos suceda en la relación con Dios. Y si es así, volver enseguida. Se podría decir que el sol, es Dios mismo, es olvidado por la intercalación de la pequeña o grande infidelidad y ésta, a su vez aleja más al hombre de su Dios. Existe durante un tiempo largo o corto, un verdadero eclipse donde, el Creador de esos astros y del hombre, queda tan fuera del terreno de juego que éstos, sumidos en las sombras, no pueden verle. Aunque no sea muy científico el ejemplo, en la vida interior hay que evitar los eclipses porque son las tapaderas que no dejan actuar a Dios.
De lo contrario, el pedir ser atraído, es desear unirse íntimamente al objeto que cautiva el corazón. Si el fuego y el hierro estuvieran dotados de razón, éste último podría decirle al otro: Atráeme” ¿no demostraría con esto que su deseo es identificarse con el fuego, hasta llegar a compartir su propia sustancia? Pues bien, esta es precisamente mi oración. Pido a Jesús que me atraiga en las llamas de su amor, que me una a Él tan estrechamente que viva y obre dentro de mí. Siento que cuanto más se abrase mi corazón en su amor, y cuanto más diga: “atráeme”, tanto más las almas que se acerquen a la mía correrán veloces al olor de los perfumes del amado.[21]
Y como siempre, solicitar vehementemente, volverse como niños. No dejar entrar por nada del mundo la “experiencia” del mayor que duda del amor de Jesús. Actuar siempre con esa mirada limpia del pequeñín que empieza a dibujar y todo le sale torcido. Mira a su madre y le dice tímidamente, que le ayude. Y la madre, agarra la mano que le tiende en la suya grande y, apretándole bien, le ayuda a hacer el círculo o el ave. Y el niño grita feliz, porque cuando separa su mano de la de su madre, el dibujo es perfecto: ¡lo ha conseguido!
Así Jesús, cuando sabemos tenderle la mano adulta que deja que la suya, divina, la acoja paternalmente, es Él el que transforma a las almas, a todos los hombres. Y un grito agradecido sale de esos labios que antes no podían. Y la seguridad que tiene el niño cogido de la mano de su Padre Dios es contagiosa. Da fruto.
Y desaparecen los temores, no se hace caso de las voces confusas porque ya se sabe que están equivocadas y hay que enderezarlas. Y el deseo de mostrar a Cristo en cada obra que se realiza se convierte en un modo de hacer habitual: Y ¡qué avaloradas quedan por este medio! Recoger un alfiler por Amor, puede convertir un alma.[22]
Y con esta disposición habitual de contar con Él se llega a ese momento cumbre de su Entrega y se hacen realidad las palabras de Cristo en la cruz: ¡Tengo sed! resonaba en cada instante en mi corazón y lo encendía en un ardor vivísimo, hasta entonces para mí desconocido. Anhelaba dar de beber a mi Amado, sentíame yo también devorada por la sed de almas, y a todo trance quería arrancar de las llamas eternas a los pecadores.[23]
Para que vayáis, deis fruto y vuestro fruto permanezca (Jn.15, 16-17), dijo claramente Jesús a sus discípulos. Este Espíritu nos enseña a orar al Padre (Ga 4,6), se hace vida en nosotros y nos ayuda a obrar por la caridad que opera en nosotros; (Ga 5, 25) y para dar frutos del espíritu. Es cuestión de dejarse querer, dejar hacer a Dios, dejarse invadir por Dios. Y así el que desea dar fruto evita dar nada suyo sino a Cristo que lleva dentro y pone así en contacto al hombre con todas las almas sanas o enfermas. Y la pretensión no es tanto cubrir el mal con el bien, que sí lo es, sino dilatar el bien y el amor que tienen los demás...ayudarles a que crezcan más o mejor... es intentar hacer crecer al Jesús, que llevan en su interior, hasta la plenitud.
Los amigos se llenarán de gozo y de alegría; y el Espíritu Santo tomará posesión de ellos. Y así se comunica la Vida. San pablo nos da unas pautas importantes al hablar de esta Vida, que es el mismo Dios, da las fórmulas para conservarla: no extingáis el Espíritu (Tes. 5, 19), no entristezcáis al espíritu de Dios con el que fuisteis sellados para el Día de la redención (Ef. 4, 30) y llenaos del Espíritu Santo (Ef. 5, 18).
Así la vida de cada uno de nosotros tendría que ser la manifestación creciente del Espíritu Santo, que nos llena, fortalece, ilumina y sostiene; y de un modo especial, impulsa al Amor, ya que es la Tercera Persona de la Trinidad Santa.
LA GRANDEZA DE ALMA: SER AGRADECIDOS
Y uno y otro, el que ha sabido mostrar a Cristo y el que lo ha conocido, deben ser personas afables y agradecidas, por motivos semejantes.
El agradecimiento forma parte de la grandeza del alma. Y es evangélico también agradecer y el agradecimiento lleva a la acción. Hay un hecho en la vida pública de Cristo que lo atestigua, entre otros quizá éste de un modo muy significativo. Porque cuando se tiene conciencia del bien recibido, el corazón se agranda, resulta necesario dar las gracias por la acción de la misericordia divina. Un ejemplo claro es la escena evangélica que trata de los diez hombres curados de la enfermedad de la lepra, por Jesús. Es una escena real y clarificadora que puede ser actual: Jesús va hacia Jerusalén, atravesando el país entre la Samaria y la Galilea. Y al pasar por una ladera, allá a lo lejos, se paran diez leprosos -por su enfermedad no se les permitía acercarse-, que gritan: ¡Jesús, hijo de David! ¡Cúranos! ¡Jesús, Maestro!
Y Jesús no se hace esperar, ni utiliza palabras grandilocuentes, ni exige nada. Los diez leprosos quedan curados y van gozosos a mostrarse a los sacerdotes, como les ha ordenado Jesús. Nueve de ellos se olvidan de que ha sido el Maestro, a quien invocaron, el que les ha quitado la enfermedad y prosiguen su camino, sin agradecer el milagro. ¡Qué desagradecidos! Es poco elegante, incluso desde el punto de vista estrictamente humano. Pero así ha quedado escrito.
Solo uno vuelve a dar gracias y se postra agradecido a los pies del Señor (Lc 17, 11 y ss). Es tanta la indiferencia y el desagradecimiento que el propio Jesús pregunta: ¿no eran diez los curados? Sólo sale de su boca esta pregunta, extrañado y dolorido, ya que su corazón lo llenó de los diez.
¿Qué irían hablando estos pobres hombres? ¿Qué harían después? ¿Recordarían el momento trascendental para ellos, de su total curación? No lo sabemos.
Puede servir de acicate escuchar a un alma que después de haber decidido intentar devolver su amor ya que había recibido tanto de Jesús, dice: Era un verdadero cambio de amor; vertía yo en las almas la preciosa sangre de Jesús, a Jesús ofrecía estas mismas almas refrigeradas con el rocío del Calvario. De este modo trataba yo de apagar su sed; pero cuanto más le daba a beber más grande era la sed de mi pobrecita alma y aceptaba yo aquella sed ardorosa como la más deliciosa recompensa.[24]
Todo hace ya referencia a Jesús en esas nuevas vidas que le van encontrando y hallan reposo junto a Él. Les va a mostrar caminos asequibles para todos, senderos limpios por donde se puede caminar sin mancharse, lugares y personas que le van a ayudar. Va a sanear lo que se estaba pudriendo.
En ese nuevo camino que inició Jesús y que ha continuado después el cristiano, se pueden desarrollar un cúmulo de virtudes que tienen la finalidad de elevarlo sobre su propia miseria, que le van a dar más energía para seguir viviendo y construyendo su propia vida. Y no trata solamente de hacer el bien a los demás, sino hacerlo con delicadeza, suavidad, diríamos con cierto tacto. Y recuerda el alma que Jesús dijo que su “yugo era suave, (Mt. 10, 30) que viene refrendado por aquellas palabras tan claras: “cuando se manifestó la bondad de Dios Nuestro Salvador y su amor a los hombres, Él nos salvó no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que Él derramó sobre nosotros con largueza, por medio de Jesucristo, Nuestro Salvador (Tt.3, 4-6).
Como el niño ante la bondad de su madre que perdona una y otra vez sus enojos, sus caprichos y hasta sus rabietas. El nuevo estilo, por llamarlo de alguna manera, de trato con su Dios, es enormemente delicado, aparecen en su vida, como consecuencia de su trato intimo con Jesús, las buenas maneras espirituales que se traducen en hacer y decir las cosas con suavidad. Y si de repente, como niño que es, olvida este nuevo modo de hacer, se levanta con más fuerza, ya que la bondad ha influido en su vida de tal modo, que siente dolor cuando actúa violentamente o con modales bruscos. Se dice de Moisés que era el hombre más manso de la tierra (Nm. 12, 3) y todas sus actuaciones frente al Faraón fueron realizadas con fortaleza amable.
Y tendrá en cuenta que este modo de ayudar a los demás, a llevarlos por el camino del Amor ha de ser fiado en Él, confiando siempre que es Jesús el que conduce a las almas, aunque el esfuerzo personal y el deseo ardiente -a pesar de las dificultades y negligencias personales-, de que se enamoren de Jesucristo son imprescindibles, también: Considerado de lejos, parece muy fácil hacer bien a las almas, procurar que adelanten y crezcan en el amor de Dios, modelarlas según nuestras propias miras y pensamientos. Pero de cerca, por el contrario, se advierte que hacer algún bien es cosa tan imposible sin la ayuda divina, como pretender que durante la noche vuelva el sol a nuestro hemisferio. Adviértase que es de absoluta precisión olvidar nuestros gustos, nuestras ideas, y guiar a las almas, no según nuestro rumbo, no por el camino que seguimos nosotros, sino por el camino particular que les indique Jesús. Y añade algo muy importante: Más no es esto la mayor dificultad, lo que a mí me cuesta más que todo es observar mis faltas, hasta las más ligeras imperfecciones y declararlas guerra a muerte.[25]
Y así se entiende que hay que estar alerta y llenar nuestro día de un amor que se alimenta de oración y sacrificio: el verdadero amor se alimenta de sacrificios y cuanto más se priva el alma de toda satisfacción natural tanto más fuerte y desinteresada llega a ser su ternura.[26] Y surgen espontáneamente estas palabras: la oración y el sacrificio constituyen toda mi fuerza, son mis armas invencibles; conmueven los corazones mucho más que las palabras, lo sé por experiencia.[27]
El cristiano ha de estar alerta, el que camina junto a Jesús, el que ansía mostrar su Rostro, estar cerca de Él, vigilante. Y además, conocer palmo a palmo su vida sobre la tierra. Son cerca de cuatro años de vida pública en los que quedó perfectamente explicada su Doctrina, y treinta de vida oculta, susceptibles de imitar, ya que fue una vida sencilla y dócil, en un trabajo de artesano, junto a María y a José.
Y así va a mostrar el rostro de Jesús Niño, es más atractivo porque no inspira nada más que amor. Se contempla al pequeñín de un modo distinto a cómo se hace frente al mayor. Todos, ante un niño, inician una postura de acercamiento que se manifiesta en principio, en unas palabras que suelen ser siempre las mismas: ¿cómo te llamas?, ¿cuántos años tienes? Esas palabras van llenas de ternura y se dulcifica el tono de voz al dirigirse a él. Los niños siempre inspiran cariño, deseos de que sonrían ante la atención de cualquier mayor. Pocos hombres duros no se dejan seducir por esa inocencia de los pequeños.
Ese Niño, Jesús se deja acariciar por todos los hombres, ya sean pobres o ricos, sanos o enfermos, no hace distinción. A todos sonríe, de todos espera una palabra de cariño. Sobre todo desea que no pasen junto a Él, sin mirarle, sin dedicarle alguna palabra amable, sin intentar aproximarse a su amistad. Es como un mendigo limpio, sentado a la vera del camino de los hombres, con la mano de Niño extendida, pidiendo una limosna de amor. Su modo de pedir es alegre, amable, profundo: ¿Quién es capaz de volver la cabeza ante un Niño tan bueno, tan atractivo, tan solícito?
Es posible que existan muchas gentes que no sepan que en ese cruce de caminos de su vida, está Él, con su sonrisa humana y divina. ¡Estoy aquí! Grita a veces. No me dejes, no me olvides. Te necesito.
Y así el nuevo amador, el que desea hacerse más santo para conseguir atraer a todos, ha de conocerse y emprender una lucha confiada consigo mismo para que nada empañe esa vida que se va acercando cada vez más a Jesús. Y en medio de un siglo que tiene mucha prisa y hace a veces, las cosas precipitadamente, el cristiano auténtico intenta ese equilibrio entre la urgencia de amar más profundamente a Jesús y la calma, el celo y la paciencia de aceptarse- tal como es-. Pero también respetando su propio camino que a veces va más despacio de lo que quisiera. La moderación, incluso en el propio deseo de amor, deja paso a que Jesús lo ocupe antes y sea el dueño absoluto de nuestras vidas. El enemigo grande es la falta de dominio, la precipitación, no aceptar las limitaciones y las caídas, no gustarse, inquietarse por los fallos. Este modo de proceder se encuentra también en el Evangelio y es precisamente, el propio San Pablo el que grita a los Corintios estas palabras: ¿qué preferís: que vaya a vosotros con palo o con amor y espíritu de mansedumbre? (1 Co 4, 21) Esta actitud del apóstol resulta muy eficaz, a pesar de la dureza de muchos corazones de su tiempo. Las ganas, los deseos de volver a agradecer las continuas atenciones de Dios con cada uno, lleva a una situación de aprendizaje continuo al cristiano, al que lucha para acercarse y acercar a los demás a Cristo y consigue, siendo pequeño, que le hagan caso.
Dios Espíritu Santo, al encontrarse con esta disposición abierta, típica del niño que quiere aprender, derrama su gracia abundantemente.
Es verdad que esta actitud de aprendizaje requiere humildad, una parte bastante importante de buena curiosidad o conocimiento más profundo de Dios, al igual que los niños que no cesan de decir: ¿Por qué? Sabemos, porque hemos sido todos niños, que éstos no cesan de preguntar, todo les interesa, y tienen la seguridad de que sus padres o personas mayores con las que conviven pueden responder. Y es verdad que en muchas ocasiones reciben respuestas duras o violentas, repletas de un cansancio que, en parte, es humano y se entiende.
Sin embargo, en la vida de relación íntima con el Señor, Su disposición es siempre atenta, está a la espera, su rostro no delata impaciencia, no hay abandonos, ni silencios largos. Porque si efectivamente éstos se dan, son silencios en los que el alma aprende a tratar mejor a su Dios y por encima de todo: a escucharle, porque apaga los ruidos exteriores y los suyos propios. Y en ese ambiente de serenidad y de paz; se oye muy bien la voz de Dios.
Es imprescindible aprender, es san Juan el que lo dice expresamente: serán todos enseñados por Dios (Jn. 6, 45), palabras que repitió el apóstol, que ya había expresado Isaías.
LOS SEGUIDORES DE CRISTO SON ALEGRES
Hay muchos, muchísimos, que son muy felices siguiendo esas enseñanzas de Jesús, Pero ahora Jesús, necesita que se propague más su doctrina ¿Por qué? Es sencilla la respuesta, quiere a todos y el mal sigue su carrera y hay que frenarlo. Y para ello hay que enseñar a cada uno que tiene la fuerza necesaria para conseguirlo. Y es el momento de llevar al examen personal: ¿cómo lo hago yo? Y la respuesta es:
Examina con sinceridad tu modo de seguir al Maestro. Considera si te has entregado de una manera oficial y seca, con una fe que no tiene vibración; si no hay humildad, ni sacrificio, ni obras en tus jornadas; si no hay en ti más que fachada y no estás en el detalle de cada instante..., en una palabra, si te falta Amor.
Si es así, no puede extrañarte tu ineficacia. ¡Reacciona enseguida, de la mano de Santa María![28]
Y hacerlo con la idea de compartir la alegría de amar. Porque el cristiano, que vive en comunión con Jesús, es alegre, con una alegría serena que se refleja en un modo de actuar comprensivo, amable, sin prisa. Y que es capaz de decir -al que sufre y lo publica-, que el sufrimiento es una caricia de Dios, una señal clara de que se está cerca de la cruz, tan cerca que Jesús puede alargar su mano y calmarle con su Amor. Siempre si se considera poca cosa: Yo insignificante grano de arena, quiero emprender la obra, sin valor y sin fuerzas para ello; más esta misma impotencia me facilitará la empresa, pues quiero trabajar por amor”.[29]
El cristiano ha de transmitir ese Amor de Cristo Niño, de Cristo Adolescente que permanece sujeto a sus padres, de Cristo en edad madura que habla a todos en su lengua y con ejemplos que se entienden porque pertenecen a la vida de cada uno. De Cristo en la Cruz que sufre por cada uno. De Cristo resucitado que se quedó en la Eucaristía para siempre.
Y hay que hacerlo de un modo sugestivo, hay que aprender a tejer esa tela especial con dibujos originales y colores que dejan boquiabiertos a los artistas; y subyugados, a los que no lo son, porque los hilos que se utilizan están recogidos del corazón de Cristo, de su entrañable amor por las criaturas. Y con un objetivo concreto de que cada cristiano se decida a serlo de verdad. Va a coser ese vestido que se pondrá después, el propio Jesús. Es como si decidieran ser los mejores arquitectos del mundo, porque en esa casa que están construyendo, van a cobijar a la Sagrada Familia.
El niño en edad preescolar pasa días realizando el dibujo que va a regalar a su madre en el día de su santo. Y al pintarlo, elige sus colores preferidos, coge el lápiz con fuerza y los trazos quedan perfectamente dibujados, dedica un tiempo, borra y vuelve a empezar. Y al final, muestra alegre su cuadro que envuelve cuidadosamente, para entregárselo ese día. Y espera feliz a que su madre lo abra y exclama con ella y ríe con ella y la abraza, porque le ha gustado lo que realizó con esfuerzo y amor. Y la madre lo enseña orgullosa a sus amigas-el niño lo presencia y es feliz-. Y la madre, añade que solo tiene tres años y asegura que está muy bien hecho. Y le parece que están bien mezclados los colores y son fuertes los trazos del dibujo y le dice muchas veces cuánto le ha gustado.
Y sin embargo, el dibujo no dice nada, no se entiende, son colores mezclados y líneas inconexas para el que lo contempla, sin esa mirada de amor. Las almas que están cerca de Jesús también hacen sus trabajos, se esfuerzan, luchan y presentan un bonito cuadro: Permanecer pequeño es reconocer la nada de uno, esperarlo todo de Dios, no afligirse en demasía por nuestras faltas; en fin, no pretender fortuna, no inquietarse por nada. Aun en las cosas más pobres, mientras el niño es pequeñito, se le da todo lo que necesita; mas luego que llega a ser mayor ya no quiere alimentarlo su padre, sino que le dice: “Ahora trabaja, que ya te bastas tú solo”.
Pues precisamente para no oír eso jamás, no he querido crecer, sintiéndome incapaz de ganar mi vida, la vida eterna del cielo. He permanecido pues, siempre pequeña, sin otra ocupación que la de recoger las flores del amor y del sacrificio y ofrecerlas a Dios para darle gusto.
Ser pequeño significa también no atribuirse a sí misma las virtudes que se practican, juzgándose capaz de algo, sino reconocer que Dios pone este tesoro de virtud en la mano de su hijita para que se sirva de él cuando lo necesite; y siempre el tesoro es de Dios.
Consiste, en fin, en no desanimarse por las propias faltas, pues los niños caen a menudo, pero son demasiado pequeños para hacerse daño.[30]
Las palabras que os he dicho son espíritu y Vida, (Jn. 6, 63) leemos en San Juan. Y es importante que el cristiano que se ha hecho niño sepa que su palabra es vital para que Cristo sea conocido en el mundo entero. La palabra unida a la acción buena, al ejemplo, es seguir el camino que indicó Cristo.
Por ello, hay que hablar de Cristo, hay que explicar bien su andadura por este mundo. Su Vida tiene un gran atractivo y todo hombre al revivir las escenas Evangélicas siente por lo menos, la curiosidad de conocerlas en su totalidad, aunque de momento las acoja con cierto escepticismo.
El apóstol, que es todo cristiano, ha de entrar en la explicación de la Doctrina Cristiana como lo hizo el propio fundador, Jesucristo: En la casa que entréis primero decid: Paz a esta casa, y si hubiere allí un hijo de la paz, vuestra paz reposará sobre él; sino se volverá a vosotros (Lc.10, 5-6). Y no cejar en su empeño porque sabe, tiene seguridad, de que todo redunda en su bien. Cuando se habla en nombre de Dios y con deseos de que se le conozca el valor es infinito, no se pierde nada. Aunque parezca que nadie oye y que es infructuosa su actuación. La palabra que se dice en nombre de Dios representa como una irrupción en el mundo, un fuerte potencial de energía que invade el lugar y a las personas y que da fruto en el tiempo. No deja indiferente a nadie. Aunque el silencio o incluso a veces, parezca que se advierte o realmente se toca, la indiferencia: ¿Por qué tienes miedo? ¿Piensas que me faltará la Omnipotencia para ayudarte?[31]
Es una respuesta divina para el que duda o para aquella alma que ha confiado demasiado en sí misma. De ahí que el desaliento no es propio, no tiene cabida en quien ama, aunque encuentre grandes dificultades porque Dios ha hablado siempre, pero hace pocos años ha repetido: En el pequeño racimo elegido eres tú la uva dulce; deseo que el jugo que circula en ti se transmita a otras almas.[32]
Y aunque no es extraño que existan momentos difíciles, situaciones en las que parece que los demás -a los que se quiere tanto-, no respondan, no quieran escuchar. Incluso exigen el silencio porque no están dispuestos a oír cosas que no les convencen, eso dicen. Y su modo de decir es duro, es exigente y deja un poso de dolor en el alma que ofrece hasta su propia vida por ellos.
Y con esta seguridad, al final del día, se advierte el calor en el corazón mientras que Jesús repasa el dibujo de esa jornada que parece inútil y se complace en esa alma que -aunque ha creído que ha conseguido poco-, Él la ha mirado con Amor. Está con ella.
Señor, hay que decirle, quédate a mi lado que voy a hablar de Ti: ¿Quién mejor que Tú para explicar quien eres y lo que quieres? Así se llegará a conseguir que cada día te amen más almas.
La revelación que has hecho Señor, a una santa actual, produce mucho dolor: Hija mía, tu corazón es mi descanso, es mi complacencia, en él encuentro todo lo que un gran número de almas, Me niega.[33]
Se impone “obligarle” y pedir con fe, que envíe a las gentes que tengan necesidad de este alimento espiritual, que dé su gracia a los que están cerca o lejos, ¡a todos! Ser audaces en las peticiones, Dios lo puede todo. Y así será un tiempo mejor aprovechado, aunque en principio, parecía que no iba a ser así. Que llegue en el momento oportuno para ocuparse de esa alma, sin pensar en las propias necesidades.
Y en resumen hay que decirle, rezando, que es el mejor modo de dirigirse a Él, que todos cristianos y posibles conversos, aprendan...
El objetivo es claro, colocar a Cristo en el pensar y obrar de los hombres y en lo alto de cualquier actividad humana: Siento que Jesús nos pide almas, sobre todo almas de sacerdotes... Él es quien me lo inspira... nuestra misión es ésta: olvidarnos, anonadarnos... Somos muy poca cosa, pero Jesús quiere que la salvación de las almas dependa de nuestro esfuerzo, de nuestro amor: nos mendiga almas. ¡Comprendemos su divina mirada, ya que son tan pocos los que la comprenden... Oh, hacer amar al Amor![34]
Y se pone punto final a este encuentro con Jesús, después de haber orado con Él, es el momento de traer a la memoria aquellos primeros años de Jesús-Niño en este mundo: ha nacido Cristo, está encima de unas pajas limpias, envuelto en pañales.
Es el Belén al que no le faltan ni la Virgen, su Madre, la nuestra también; ni el Patriarca san José, ni aquellos animales que le dieron lo único que tenían: su calor.
Y junto a ellos, cada mujer-cada varón, todos los hombres. Es un deseo que quiere invadir el orbe: que todos adoren a un Niño-Dios, recién nacido. Y la oración surge casi sin querer:
Se dirige a la Madre del Salvador, a María porque a su lado se encuentra la Luz de Cristo, su Hijo, ya que lo transparenta.
Él es la Luz que impulsa a su seguimiento, a lanzarse detrás de la felicidad.
Él es el que promociona lo que tanto se apetece, en lo humano y en lo divino.
En Él está la plenitud de vida donde viven y se desarrollan la auténtica paz, la serenidad, el gozo y el amor verdadero.
No existe nada que pueda satisfacer mejor las apetencias humanas. Y todo lo que se ha escrito se convierte en un canto alegre y sencillo, que al mismo tiempo, urge a actuar: “Hay que practicar las virtudes pequeñitas. A veces es difícil, pero Dios jamás niega la primera gracia que da ánimo para vencerse; si el alma corresponde, inmediatamente se encuentra iluminada. Siempre me llamó la atención la alabanza dirigida a Judith: Te has portado con varonil esfuerzo, y tu corazón se ha hecho fuerte (15, 11) Primeramente hay que obrar con gran brío; después se fortalece el corazón y se camina de victoria en victoria.[35]
Es un alma que vivía solo para Jesús. Y es un deseo que se generaliza en una petición para que todos lleguemos primero, a conseguir esas virtudes, a vivirlas en el largo o corto recorrido de nuestra vida y para poder decir aquello que hizo vida san Josemaría Escrivá y que dejó escrito para todos los que deseen seguir este camino: ...-¿Quiénes son esos que vuelan como nubes, como las palomas hacia sus nidos?, pregunta el Profeta. Y comenta un autor: “las nubes traen su origen del mar y de los ríos, y después de una circulación o carrera más o menos larga, vuelven otra vez a su fuente”.
Y te añado: así has de ser tú: nube que fecunde al mundo, haciéndole vivir vida de Cristo...Estas aguas divinas bañarán –empapándolas-las entrañas de la tierra; y, en lugar de ensuciarse, se filtrarán al atravesar tanta impureza, y manarán fuentes limpísimas, que luego serán arroyos y ríos inmensos para saciar la sed de la humanidad -Después, retírate a tu Refugio, a tu Mar inmenso, a tu Dios, sabiendo que seguirán madurando más frutos, con el riego sobrenatural de tu apostolado, con la fecundidad de las aguas de Dios, que durarán hasta el fin de los tiempos.[36]
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[1] San Josemaría Escrivá. Forja nº 943
[2] Ibidem, nº 916.
[3] Santa Teresa de Lisieux. O.c. Carta V. Pág.548
[4] Ibidem, pág. 84
[5] Santa Faustina Kowalska. O.c. pág.531, pár, 1488
[6] Santa Teresa de Lisieux o.c. pág. 255, pár.11
[7] ibidem, pág.223, pár. 10
[8] Ibidem pág. 263, pár.24
[9] San Josemaría. Forja nº 945.
[10] Ibidem, carta III, pág. 643
[11] Santa Faustina K. O.c. pág. 532. N. 1489
[12] Ibidem, nº 1492
[13] Homilía de Benedicto XVI, el día 24.4 2005, día de la Ceremonia solemne del inicio de su Pontificado, en la Plaz ade San Pedro
[14] San Josemaría Escrivá . “Camino” nº 875.
[15] Ibidem, nº917.
[16] SantaTeresa de Lisieux o.c. pág. 83, 4-5, 6-7.
[17] San josemaría Escrivá. Forja nº 924
[18] Santa Teresa de Lisieux. O.c. pág, 244, pár. 40.
[19] San Agustín. “ Sermones sobre san Cipriano”. Madrid, 1996
[20] San josemaría Escrivá. Forja nº 918.
[21] Santa Teresa de Lisieux. O.c. pág. 245, pár. 42.
[22] Ibidem, Carta IV. Pág. 539
[23] Ibidem. pág.83. párr. 7
[24] Santa Teresa de Lisieux o.c. pág .87 pár.12
[25]Ibidem. pág. 223, pár. 11
[26] ibidem pág. 221, pár. 8
[27] ibidem pág. 226, pár.15
[28] Ibidem, nº 930
[29] Ibidem, Carta XII, pág. 517.
[30] Ibidem, Pág. 441, pár, 6
[31] Santa Faustina Kowalska. O.c. pág. 226
[32] Ibidem, pág. 189
[33] Ibidem, pág.166
[34] Santa teresa de Lisieux. O.c. pág.549, Carta XI.
[35] Ibidem, pág. 343, pár. 11.
[36] San josemaría Escrivá. “Camino”nº 927