MISTERIOS LUMINOSOS
1. El Bautismo del Señor
Hace ya unos cuantos años que vives en Nazaret con Jesús y con su Madre. José ya se murió. Tú eres el de siempre. No has crecido por dentro. Sigues siendo el hermano pequeño de Jesús. Han sido años maravillosos de trabajo duro, conviviendo día a día con María y su hijo. Aunque no quieres que se acaben, presientes que su final está próximo.
Un buen día Jesús decide ponerse en camino. Te pide que le acompañes. María se alegra de que vayas con él. Jesús quiere ir a ver a Juan, su pariente, que está bautizando en el Jordán. Te hace ilusión conocer al profeta. Te impresiona lo que dicen de él. No te ves capaz de vivir como él, comiendo langostas y miel silvestre.
Al llegar al río reconoces a Juan en seguida. Vestido con piel de camello lo ves rodeado de sus discípulos. Alto y fuerte, se destaca entre ellos. Su figura es tal que parece hecho de raíces de árbol. Oyes su voz profunda, cavernosa, que grita a los presentes con fuerza, para que se conviertan y hagan penitencia. Sientes miedo. Si no fueras con Jesús te escaparías corriendo.
Os ve venir de lejos. Fija sus ojos de fuego en Jesús. Al principio no le reconoce. Jesús se planta en frente de él. Juan no quiere bautizarlo. Los dos mantienen su mirada, el uno en el otro. Piensas que habrá un altercado. Jesús con suavidad le dice que conviene que lo bautice. Juan obedece con la docilidad de un cordero.
El agua está muy fría. Entras despacio, con miedo; no sabes nadar. Juan echa cantidad de agua sobre tu cabeza. Tanta que sientes como el agua se lleva consigo tus miserias río abajo. Al bautizar a Jesús una voz de trueno reverbera en la superficie del agua. Del susto te caes para atrás y casi te ahogas. Una paloma blanca, blanquísima, se posa sobre tu cabeza.
2. Las Bodas de Caná
Después de elegir a sus apóstoles, tú entre ellos, Jesús decide asistir a la boda de un buen amigo suyo. Te alegra la perspectiva de unos días de descanso, sazonados con buenos alimentos para recuperar fuerzas. María os recibe. Lleva ya unos días allí, ayudando con la preparación de la boda. El ambiente es relajado, jovial, de alegría y festividad. Mientras los apóstoles se distribuyen entre los comensales, tú ayudas a tu madre con sus menesteres.
María se da cuenta de que no tienen suficiente vino. Te comenta lo sucedido y te pones triste. ¡Qué va a ser de la boda sin vino! Te quedas sentado sin saber que hacer. Tu madre va a ver a su hijo. Vuelve con una sonrisa ancha, con la solución del problema.
Jesús quiere que llenes de agua seis tinajas de barro. No le preguntas porqué; ya has aprendido a no hacer preguntas. Pides a los sirvientes que te echen una mano. Miran con desaliento a las tinajas. Son inmensas, no tenéis agua corriente y hay que traerla de la fuente. Algunos se quejan diciendo que para qué llenar las tinajas si ya tenéis agua suficiente para la boda. La tarea dura toda la tarde. Al caer la noche los sirvientes se marchan a descansar. Te quedas solo con las tinajas. Las llenas hasta la superficie, para que se vea que es agua.
Al día siguiente Jesús te dice que lleves el agua al maestro de ceremonias. Esta tiene un color rojizo, quizá porque las tinajas estaban sucias. Este bebe de tu agua y se asombra de su calidad. Te deja con la boca abierta y unos ojos muy grandes. Te pregunta de donde viene ese vino; no ha bebido nunca uno igual. Le dices que viene de Jesús, que ha premiado vuestro esfuerzo.
La gente se entera y comienza a beber el vino nuevo. El ambiente de la boda cambia de curso. La alegría se intensifica. Los que han permanecido sobrios catan la calidad del vino. Los apóstoles también prueban el vino, alguno más de la cuenta. Pedro está más hablador de lo habitual. Juan va a dar las gracias a María. Judas piensa vender algunas botellas. Es un vino fuerte, añejo, con cuerpo. No estás acostumbrado y se te ha subido a la cabeza. El misterio acaba casi sin darte cuenta. Te duermes antes de terminar la decena.
3. El anuncio del Reino de Dios
Acompañas a Jesús por los caminos de Galilea. Vas con los apóstoles y sus discípulos, juntos, hablando y cantando. Vais en grupos, caminando al paso de Jesús, delante o detrás del Maestro, como punto de referencia. Los grupos se forman y se rompen constantemente, cambiando de gente, alrededor de Jesús.
El Maestro aprovecha para hablar con uno y con otro, para iros formando, trasmitiendo el evangelio. Os da a cada uno lo que necesitáis, en pequeñas dosis. Tratas de ir cerca de Jesús, atento a sus indicaciones, aprendiendo de sus enseñanzas.
El ambiente es relajado, sereno, alegre. Aprovecháis para hacer preguntas. Jesús es rápido, inteligente, divertido, caritativo en sus respuestas. Lo pasáis muy bien. Sus comentarios, sus salidas y reacciones, os hacen reír y pensar. No te cansas de escucharle. El camino se hace corto a su lado. Es una tertulia itinerante, andante, constante, cuyo centro es él.
No tenéis un lugar fijo donde reclinar la cabeza. Cada día hacéis noche en distinto lugar. Coméis de lo que os dan, a lo que salte. Pasáis hambre y sed; el cansancio os gasta. Sin embargo, el sol, la lluvia, el viento, el frío, no importan. Vais con Jesús, que cubre, calienta, preserva, templa.
Las santas mujeres, con su María a la cabeza siguen a la comitiva guardando una distancia prudencial. Están ahí para atender a Jesús, para cuidar que nada le falte. María mantiene sus ojos fijos siempre en su hijo.
4. La Transfiguración del Señor
Jesús quiere subir a un monte para orar. Se lleva consigo a sus tres apóstoles preferidos. También te escoge a ti. Durante la subida te quejas. Preguntas porqué tenéis que subir a un monte para rezar, si se puede hacerlo, quizás mejor sin estar cansado, abajo en el valle. Jesús te contesta que es más fácil hablar con Dios desde el silencio de la altura.
Al llegar a la cima Jesús se recoge en oración. Estas cansado. Intentas acompañar a Jesús pero los ojos se te cierran y te duermes en seguida. Los apóstoles también se acaban durmiendo. Juan es el último que se duerme.
Un brillante resplandor os despierta. Dos personajes están hablando con Jesús, todos envueltos en luz y color. No sabes quienes son. Es como una película con efectos especiales. ¡Que bien se esta ahí! Pedro quiere poner tres tiendas. Tú le dices que por el mismo precio podéis poner cuatro más, una para cada uno de vosotros.
Una nube os cubre con su sombra. Te enfadas con la nube porque os oculta la visión. Una voz desde dentro de la nube te hace caer de bruces. Tu enfado se torna en miedo. No ves nada y la voz resuena en tus oídos. Quieres que la nube desaparezca. Al levantar los ojos no ves a nadie sino a Jesús.
Al bajar del monte habláis de la visión. El descenso es siempre un buen momento para hablar, dejando que las piernas anden solas. Jesús prefiere que no contemos nada a nadie. Los apóstoles le preguntan acerca de Moisés y Elias. Tú le preguntas quién era el de la voz que hablaba desde la nube. Era una voz suave y paternal, llena de afecto.
5. La institución de la Eucaristía
El agua esta fría. Jesús esta lavando tus pies. Los seca con una toalla suave. Le dices que te da vergüenza que te encuentre con los pies tan sucios. Te contesta que precisamente por ello te los lava, que necesitamos tener los pies bien limpios para pisar por el misterio que nos va a mostrar.
Los doce se sientan a comer el cordero pascual con Jesús. Tú sirves la mesa. El corazón de Jesús esta triste. Judas le quiere entregar. Escuchas la conversación entre Juan y Pedro. Observas como Jesús ofrece a Judas un bocado de pan. Lo toma y se va.
Es de noche. Tu ocupas su puesto en la mesa, muy cerca de Jesús. Jesús sigue hablando. No quiere levantarse. Os encontráis muy a gusto en la sobremesa. Estáis reclinados y por el efecto del vino adormecidos.
Jesús te pide que traigas pan. Toma un trozo, dice unas palabras misteriosas y lo reparte entre vosotros. No tiene ningún sabor especial. Lo mismo hace con el vino; te recuerda el de la bodas de Caná. Os miráis unos a otros preguntando que significa ese gesto.
Cuando os levantáis para iros Jesús te pide que consumas el pan y el vino que ha sobrado. Lo haces con reverencia. Quizá por el efecto del vino que has bebido, besas el cuerpo de Jesús en esas migajas.