MISTERIOS GOZOSOS

 

1. La Anunciación

Eres un niño huérfano. No tienes ni hermanos ni hermanas. Deambulas por la calle a tu gusto. Duermes cada día en distinto lugar. Vives de prestado. Te peleas con los otros niños de Nazaret. Andas descalzo, con la panza descubierta, mocoso. Los cabellos rizados te cubren esos ojos negros, grandes, curiosones.

No tienes nada que hacer durante el día. Vives al momento, a lo que salte. Tú única preocupación es comer y pasártelo bien. Cada jornada es distinta. Sólo tienes un encuentro fijo al día. No recuerdas ni cuando ni como, pero un día te colaste a través de un ventanuco de una casa limpia y ordenada. Cuando tus ojos se acostumbraron a la penumbra, descubriste a una mujer joven, casi niña, arrodillada en oración. Tan embebida estaba que no se dio cuenta de tu presencia. Sin perturbarla te acurrucaste en un rincón cruzando tus piernecitas. Estuviste allí un buen rato, mirándola, no recuerdas por cuanto tiempo. Ella se fue sin que lo notaras; tan absorto estabas ante su belleza.

Debajo de la ventana, con el contraluz como refugio, pasas desapercibido. ¡Que hermosura! ¿Quien es ella? Todos los días a la misma hora, con puntualidad, allí estas, contemplándola. Ella no se da cuenta de tu presencia. Cada día que pasa te parece mas bella. Puedes pasarte horas y horas sin cansarte. El tiempo no existe. Te enfadas cuando se va, porque tienes que esperar todo un nuevo día para volverla a ver. No sabes su nombre; no puedes, no quieres interrumpir su oración.

Guardas tu secreto con recelo. No quieres compartir tu tesoro por miedo a perderlo. Ahora ya no te sientes huérfano.

Un día, mientras estás allí, aparece en la escena un extraño. Te molesta esa intromisión. En la oscuridad de la habitación no aciertas a reconocer quien es, eso que conoces a todos los habitantes de la aldea. ¿Será un ángel? Se presenta por su nombre, Gabriel. Escuchas su voz, dulce, bien timbrada, al preguntar. La llama por su nombre, María. Ella se turba y tarda unos instantes en contestar. Ambas, pregunta y repuesta, te comprometen. Y allí estás tú, pendiente de los labios de ella. Aguantas la respiración hasta que contesta. Suelta un si sonoro, generoso, que te llena de satisfacción. Tú también quisieras contestar que si a lo que te pregunte el ángel. Hoy estás dispuesto a cualquier pregunta.

 

2. Visitación de Nuestra Señora

Después de la embajada del ángel, María te ha tomado en su custodia. No habías pasado desapercibido ante su mirada. Te ha adoptado como madre. ¿Como lo has conseguido? Quizá sea tu cara de pillo. José no está muy contento con tu presencia. Te ha sorprendido mas de una vez merodeando alrededor de su taller. Una mirada de María calma su sospecha; su sonrisa cariñosa termina por convencerle.

Ahora eres el segundo hombre de la casa. José te da algunos encargos, trabajillos pequeños que te hacen feliz. María también te pide que le eches una mano. Prefieres trabajar cerca de ella. Le cuentas de tu infancia y de tus travesuras. Le pides consejo. Cuando la ocasión se presenta, te sientas en un rincón y la contemplas mientras trabaja. Todavía te queda mucha pereza encima.

María decide ir a visitar a su prima Isabel. De edad avanzada está esperando un niño. Tú ya lo sabías. Le cuentas a José que ya va de seis meses. José decide acompañarla; no quiere dejarla ir sola. Tú vas con ellos. Es la primera vez que sales de Nazaret. Con tus ojos grandes miras todo. Observas todos los detalles del camino. José te dice que haces demasiadas preguntas. Tú vas bien feliz, cogido de la mano de José y de María, caminando entre los dos, balanceándote al compás de sus historias y al ritmo de sus pisadas. En una mano sientes la ternura de tu madre; en la otra la fuerza de José. Tan bien acompañado, el camino se te hace corto. Te hubiera gustado aquel, un viaje sin fin.

Llegáis a la aldea ya de mediodía, con el sol arriba, en lo alto. Cansados, con el polvo de unos días, sois recibidos por Isabel. Ya mayor y embarazada, comienza a exultar ante vuestra presencia. La escena te pilla por sorpresa. Tiras de la mano de María como pidiendo una explicación, pero ella te hace un gesto como diciendo: luego te lo cuento. Y comienza a recitar un himno de alabanza a Dios. Dos mujeres en estado de buena esperanza se alaban mutuamente. Miras a los dos hombres presentes, José y Joaquín. Los dos, con una gran sonrisa, ensimismados, miran cada uno a su esposa.

María permanece contigo en la casa de Isabel por tres meses. José tiene que volver a Nazaret para atender su taller. Le dices que te cuidaras de María. José se sonríe al oírlo; no sabe quien cuidara a quien. Tus abuelos te mimaron esos días como no recuerdas nadie lo había hecho anteriormente.

 

3. Nacimiento de Jesús

Al cabo de unos meses os ponéis otra vez en camino. Hay que ir a Belén a empadronarse. María está muy avanzada en su embarazo. Esta vez cogéis el borrico. Echas de menos el andar de la mano de José y de María. José te deja llevar el ronzal de Mariano, el borrico. Os hacéis amigos en seguida. Tienes una especial habilidad con los animales. Mariano se muestra muy dócil. Tú piensas que es gracias a tus atenciones. La realidad es que el borrico sabe bien quien lo monta.

Al llegar a Belén no encontráis lugar para pasar la noche. Vais de casa en casa, de puerta en puerta. Y María está a punto de dar a luz. Gracias a José no te encaras con ninguno. Al final os dejan una cueva. No es muy confortable pero tiene una buey y una mula. José te pide que vayas a buscar agua. Cuando vuelves el niño ya ha nacido. Te hubiera gustado escuchar su primer llanto.

La presencia del niño llena el espacio. ¡Que niño! Nunca has visto otro igual. Claro que con esa madre... María lo envuelve en unas ropas y lo acuesta en el pesebre. Ahora hay más trabajo en la cueva. María te pide favores y los que más te gustan son los que tienen lugar alrededor del niño. Nunca te han atraído mucho los bebes, pero este es distinto. Tiene algo especial aunque se comporta como un niño normal: come, duerme, llora, y se ensucia.

Si por ti fuera te pasarías todo el día en la cueva. José tiene que echarte de vez en cuando. Te gusta sentarte en un rincón, como en la casa de María, y contemplar ahora al niño y a su madre. Es todo un espectáculo. Sólo el ver como ella cuida al niño te deja sin habla. Si no fuera por María, sentirías celos de él. Te imaginas como te habría cuidado tu madre.

María que te conoce bien, te deja coger al niño. Eres el primero que lo ha tenido en sus brazos después de José. Él no ve con buenos ojos que lo cojas. Tiene miedo de que se te caiga. ¡Que va a saber él acerca de niños, si has vivido con ellos en tu barrio y él es un carpintero! Tú si que sabes como mecer al niño; te has pasado horas meciéndolos. Sabes como besarlo sin que se despierte, cantarle una nana para que se duerma, velar su sueño para que descanse. Lo que no puedes hacer es abrazarlo como lo hace su madre.

 

4. Purificación de la Virgen

Al cabo de cuarenta días de nacer el niño os ponéis de nuevo en camino. Hay que ir Jerusalén a cumplir con las prescripciones de la ley. Ya estas un poco cansado de viajes y te quejas de estos requerimientos legales. Le has preguntado a María si puedes quedarte en casa cuidando al niño pero este también tiene que ir a la ciudad santa.

El niño ha comenzado a abrir los ojos y ya agarra tus dedos. Cada día que pasa está más despierto. Le gusta mirar con sus ojos grandes lo que ocurre a su alrededor. Te reconoce con su mirada e incluso se ríe ante tus payasadas. Nunca has visto otra sonrisa igual; es la misma que asoma en los labios de su madre. El parecido se acrecienta con los días.

Coges las riendas del borrico, esta vez sin pedir permiso a José, como por un derecho adquirido. Mariano se ha tornado más responsable; sabe que lleva una carga más dulce, al niño y a su madre. El viaje es corto. El niño no esta para largos trotes. En una jornada llegáis a Jerusalén. Es la primera vez que visitas la ciudad santa. Contemplas asombrado el ambiente, las calles, la gente y el ruido. El ajetreo aturde al niño y comienza a llorar. María comenta que quizá tenga hambre. José os conduce a buen refugio.

Al día siguiente vais al templo. María lleva al niño en sus brazos. Tú vas cogido de la mano de José. Llevas unas palomas en la otra mano para ser sacrificadas. Te dan pena pues les has cogido cariño. La majestad del templo te deja con la boca abierta; nunca has visto nada igual. Ahora entiendes porque costó tantos años construirlo. En comparación, la sinagoga de tu pueblo, de la cual estas muy orgulloso, te parece vulgar y enana.

Un hombre anciano se os acerca. Es el viejo Simeón. Os ha descubierto entre la muchedumbre. Te admira que os haya reconocido entre la multitud de familias jóvenes que vienen a rescatar a sus hijos. ¿Qué será, la hermosura de María, o la sonrisa del niño? Simeón coge al niño en sus brazos y comienza a alabar a sus padres. A ti te molesta que otra gente tome al niño. Dice algo de corazones y espadas, pero no prestas atención a lo que dice. Andas distraído con las palomas. Con tanto ajetreo han comenzado a volar. En el fondo te alegra que se escapen. José se va a enfadar.

 

5. El Niño perdido

Han pasado unos cuantos años desde la primera vez que fuisteis al templo. El niño ya no es tan niño: ya ha cumplido doce. Ahora parecéis hermanos. Sois de la misma edad. No sabes porqué, pero el ha crecido mas rápido y te ha alcanzado. Poco a poco os habéis hecho grandes amigos, íntimos, el mejor amigo.

Cada año vais de peregrinación a Jerusalén. Guardas buenos recuerdos de esos viajes. Esperas con ilusión su llegada. María va con las mujeres, José con los hombres y vosotros vais con los más jóvenes. Por unos días os movéis libres de la mirada de los mayores. Caminando en grupos, os acercáis hacia la ciudad santa, cantando y charlando, en un ambiente de fiesta y de alegría.

Estos días a Jesús se le ve más callado de lo normal. Se muestra pensativo. No es él de siempre. Le miras de reojo y no le pierdes de vista. El templo le atrae de una manera especial. Cuando la gente comienza a volver a Nazaret, el permanece en Jerusalén. Nunca había hecho nada contra la voluntad de sus padres. No entiendes porque obra de esa manera. Te quedas con él. Le sigues sin preguntar. Él tendrá sus razones.

Al día siguiente vais al templo muy de mañana. El lugar está tranquilo y silencioso, buen momento para rezar. Te pasas el tiempo pensando en la preocupación de María y José ante la ausencia de su hijo. Poco a poco comienza a llenarse de gente. Los rabinos llegan con sus discípulos. Forman un corro en el que los maestros enseñan y los jóvenes preguntan. Os acercáis a uno de esos grupos. A pesar de su juventud Jesús comienza a intervenir. Tiene en su cabeza dudas que quiere aclarar. Por sus preguntas el rabino se sorprende. Te divierte la agudeza de Jesús y el embarazo del rabino que a veces no sabe que decir ante sus comentarios.

Mientras tanto llegan María y José. María viene con los ojos llorosos; José apenas contiene sus lagrimas. Jesús no se da cuenta, tan enfrascado está en su conversación con el rabino. Sus padres miran sin entender. Tú te escondes entre los presentes. Llega un momento en que las miradas de madre e hijo se entrecruzan. María pregunta y Jesús responde. No entiendes la conversación entre madre e hijo. Jesús da un beso a su madre; tú aprovechas para agarrarte de la mano de José. Volvéis a Nazaret despacio. Ves que María está pensativa, ponderando esos sucesos en su corazón. José comenta que tiene trabajo para muchos meses, suficiente para los tres.