MISTERIOS DOLOROSOS

 

1. Oración en el huerto

Jesús se retira al huerto de los olivos para prepararse por su pasión y muerte. Se distancia un poco de los apóstoles y se lleva consigo a sus amigos íntimos, Pedro, Santiago y Juan. También te pide a ti que le acompañes.

Se separa unos cuantos metros de vosotros y comienza a sudar sangre. Le cuesta la vida el seguir la voluntad de su padre. Tú te has dormido en seguida. No has sabido acompañarle. Le has dejado solo. Te excusas de que al ser niño el sueño te vence fácilmente. Te consuela saber que incluso Juan se ha dormido también.

Te despierta el ruido de un grupo de gente que viene hacia vosotros con espadas y palos. Todavía medio dormido, sientes miedo de ese gentío. Te refugias detrás de Jesús. Él los para con su voz fuerte.

Pedro saca su espada y corta una oreja. Piensas que mejor sería que se dedique a pescar. Tú le pegas al que tienes más cerca pero solo le produces un rasguño y te haces daño. Te responde con un buen golpe que te tira al suelo. Jesús para la violencia y se entrega a ellos para que no os hagan daño.

Se llevan a Jesús atado, a empujones. Te sientes culpable de su prendimiento. Sigues a Jesús de lejos, de la mano de Juan. Lloras desconsolado porque no has sabido defender a Jesús.

 

2. Flagelación del Señor

Sigues a Jesús hasta el Pretorio. Allí lo tienen  por custodia. Te cuelas dentro sin ninguna dificultad. Hallas a Jesús atado a una columna. Te sientas en un rincón, en la penumbra. Desde allí contemplas la escena.

Los soldados se ríen de él y le pegan. Comienza el suplicio. Al primer golpe cierras los ojos, pero el estallido del látigo se te clava en los oídos. Te tapas las orejas con las manos. Aun así no puedes silenciar del todo el ruido.

Los soldados cansados de golpear el cuerpo de Jesús se retiran a descansar. Se hace el silencio. Abres los ojos y lo miras despacio, con tus ojos grandes y oscuros. Estas solo, tú y Jesús. Él no mira. Tus ojos forman una mirada que se pregunta el porqué.

Aprovechas el momento y te acercas a Jesús, tumbado en el suelo, todavía atado a la columna. Nadie se fija en ti, que como niño pasas desapercibido. Desatas sus brazos mientras los sujetas evitando que golpeen el suelo.

Limpias la faz de Jesús apoyando su cabeza en tu regazo. Enfrascado en tu tarea no te importa lo que ocurre a tu alrededor. Jesús abriendo sus ojos te dirige una mirada llena de agradecimiento.

 

3. Coronación de espinas

Los soldados te han echado del Pretorio. Merodeas alrededor buscando otra ocasión para colarte dentro. El lugar comienza a llenarse de gente que pregunta por Jesús.

Pilatos sale afuera y se dirige al gentío: ‘¿A quien queréis que os suelte?’ La multitud grita: ‘Barrabas’. Vuelve a preguntar: ‘¿que queréis que haga con Jesús?’ Tú respondes que lo suelten, pero tu voz queda ahogada por el griterío que responde: ‘¡crucifícale!’

Pilatos entonces les presenta a Jesús coronado de espinas: ecce homo! La muchedumbre se calla. Ahora si que se oye tu voz nítida: ‘¡suéltale!’ Cientos de ojos miran a Jesús. Esta tan desfigurado que no pueden aguantar su mirada por mucho tiempo.

Jesús no dice nada pero habla a gritos con sus ojos y con su cuerpo roto. La gente comienza a irse, comenzando por los mas viejos. Solo los fariseos y los hipócritas permanecen allí insultándole.

Devuelven a Jesús al Pretorio. Tú entras con ellos. Cuando nadie te mira le besas su cabeza. Aunque te hieres, arrancas una de las espinas con tu boquita infantil.

 

4. La Cruz a cuestas

Sigues a Jesús con su cruz a cuestas. Le ayudas a llevar los clavos. No pesan mucho. Camino del Calvario la muchedumbre se abre para dejar paso a Jesús. Sientes que la gente te mira. Reconoces algunas caras. Te preguntas porque no hacen nada para parar esta locura.

La multitud curiosa respeta el paso de Jesús. De vez en cuando Jesús se endereza y cruza su mirada con alguno. Son silencios expresivos, que hablan. Con su Madre se detiene por unos instantes. Tú prefieres no levantar la cabeza y miras al suelo. Te da vergüenza el que tu Madre te vea llevando los clavos que van a taladrar los miembros de su Hijo.

La Verónica aprovecha una de las caídas de Jesús para conseguir la faz del Señor impresa en su velo. Su osadía le merece un buen golpe de uno de los soldados. Ayudas a Jesús a levantarse. Al apoyarse en ti deja en tu hombro la marca de su mano ensangrentada.

Jesús anda muy despacio. Tienen que forzar a un hombre para llevar la cruz. Es Simón de Cirene. Lo conoces porque eres amigo de Alejandro y Rufo, sus hijos. Entre los tres ayudáis a Simón con el peso del madero.

Al llegar a la cima del Gólgota intentas aprovechar el desconcierto para desaparecer. No quieres que encuentren los clavos. Una mirada de Jesús te hace desistir. Comprendes que esa es su voluntad.

 

5. Muerte de Jesús

Una vez en el Calvario no sabes que hacer. Te sientes desasosegado, fuera de lugar, inútil. Cuando comienzan a taladrar los miembros de Jesús para insertar los clavos en el madero, sales corriendo en busca de tu Madre. No tienes que ir muy lejos. Allí está contemplando la escena con Juan y algunas mujeres.

Escondes tu cabeza entre los pliegues de las ropas de tu Madre; no quieres escuchar los golpes del martillo. Ella te acaricia y te dice con voz suave que no te preocupes, que todo esta previsto.

Escondido detrás de tu Madre quieres al mismo tiempo mirar y no mirar. Lloras mientras secas tus lagrimas con su manto. Escuchas con esperanza la conversación entre Madre e Hijo. Jesús desde la cruz se acuerda de ti, de tus pecados, y te confía a su Madre.

Jesús da un fuerte grito y expira. Todavía hoy ese grito resuena en tus entrañas. Todo esta consumado. La tensión desaparece. Ya puedes mirar sin sufrir. Ayudas a desclavar el cuerpo de Jesús. Su Madre abraza por última vez el cuerpo de su Hijo todavía caliente.

Recoges los clavos y los limpias uno a uno. Son bien grandes pues sujetaban a Jesús al madero de la cruz. Los miras como una reliquia. Son de color negro, ásperos, de metal bruto, como tú. Representan su amor, agujereado por tus infidelidades.